lunes, 29 de febrero de 2016

Cicloturismo balcánico. Costa Dálmata. Split-Makarska 70kms

La salida de Split fue por un breve tramo de carril bici para ir a parar a una horrible carretera atestada de tráfico, antes de conseguir encontrar la carretera que discurre por la costa, mucho más recomendable para pedalear y con un tráfico más tranquilo.



Al salir de la ciudad me encontré rápidamente con uno de los males de todo el Mediterráneo: la presión urbanizadora del turismo. Las urbanizaciones crecen como setas, con la consecuencia añadida del consumo de agua y energía. También, no diferente a lo que sucede en la costa levantina o catalana, encuentra uno los esqueletos de los proyectos que fallaron y que ahí quedan como testigos mudos de su propia burbuja inmobiliaria.
A pocos kms de Split, aún así, uno ya va encontrando localidades con cierto encanto. Es el caso de Podstrana, con su puerto pesquero, situada en una bahía de aguas transparentes.
Más adelante Omis, preciosa ciudad situada en la desembocadura del río Cetina.


Antaño puerto de corsarios, Omis es ahora una localidad muy turística, aunque los largos kms de costa permiten disfrutar del centro histórico con relativa tranquilidad.
La ciudad es de estructura medieval, pero tiene detalles renacentistas que demuestran que ya hace unos siglos hubo quien valoró tan privilegiado emplazamiento.
Tomar algo en la zona histórica es especialmente agradable. Los bares cercanos a la iglesia principal ofrecen música, wi-fi y buena cerveza. Comer tampoco es mala opción. En la costa es más caro.
La historia de Omis merece capítulo aparte. Se utilizaba como base para asaltar navíos despistados y como puerto franco. El río era ideal, según parece, para escapar de los eventuales perseguidores.
Por otro lado tiene una huella religiosa plasmada en varias iglesias, alguna de ella especialmente notable.
Para grandes frikis de la lingüística este fue uno de los centros de estudio principales del glagolítico, un alfabeto eslavo antiquísimo.
A lo largo del camino aproveché el tiempo para zambullirme en el Adriático. Hay playas y calas para todos los gustos y en alguna puede uno disfrutar de una relativa soledad. Eso sí, tras descender por senderos de vértigo, con bici y todo.
Un buen sitio para recalar es Mimice. Tranquilo, con una playa de arena limpia y puerto pesquero.




La ruta terminó en Makarska. La ciudad ha sido engullida por los resorts playeros, pero está rodeada de manchas verdes de pinos donde se puede acampar por libre, con el sonido de fondo del mar y una tranquilidad absoluta con vistas a la cercana isla de Brac.
Aún así, tiene un pequeño casco histórico para dar un paseo y beber de su fuente, en teoría santificada.



El tiempo de casi finales de septiembre fue idílico, casi demasiado caluroso y la noche especialmente agradable, con la tienda plantada en el parque forestal de Osejava.





La ruta del día, aproximadamente

sábado, 27 de febrero de 2016

De Spalatum a Split. Muchas ciudades en una

Si bien entrar a Split no difiere de cualquier otra ciudad del otro lado del llamado Telón de Acero, con sus bloques de hormigón y sus avenidas que parecen hechas para un desfile militar, el casco histórico sorprende y encandila al primer golpe de vista.
Para empezar aclarar que Split es una ciudad adecuada para la bicicleta. No hay que desanimarse por la cercana cordillera y los escarpados alrededores.


El clima suele ser benigno, aunque me aseguraron que el verano solía ser tórrido, y hay una modesta red de carriles bici que comunica con los barrios del extrarradio y que permite recorrer parte de la costa y acceder a zonas comerciales más alejadas del centro. Esto, para alguien que llega tras dos semanas de pedaleo balcánico fue una agradable sorpresa.
Frente a los desbocados precios de Dubrovnik, Split presenta alternativas en su hostelería bastante más módicas. De hecho todo el turismo se concentra en una zona relativamente pequeña de la ciudad y el "sabor croata" está a diez minutos en bici.
Para empezar la entrada desde el Noroeste en bicicleta ofrece la posibilidad de hacerlo por la extensa área verde cercana, llena de los nativos haciendo deporte, paseando y haciendo pic-nic.
En esta zona, como en toda la costa dálmata, hay fortificaciones, ruinas romanas y bosque mediterráneo.
Ya en el centro son muchas las atracciones turísticas para recomendar. El carril bici te deja a la entrada de la ciudad antigua por la romana Puerta de Oro y la peculiar estatua del patrón de la ciudad, san Gregorio Ninski.

Lo que sí puede ser un error es introducirse por las intrincadas callejuelas romanas y medievales por algunas de las cuales a duras penas caben dos personas juntas. Las pasé canutas con la bici y alforjas, especialmente cuando me crucé con alguno de los vehículos eléctricos que se utilizan para transportar cargas en la zona.

Desde allí llegué al hostel con facilidad. Recomiendo el Split Backpackers para cicloturistas porque tiene un espacio para atar las bicis en un patio interior donde están seguras y el lugar es limpio y cómodo.
En cuanto a recorrer la ciudad, como digo en el título, Split son muchas ciudades.
Por un lado el impresionante casco antiguo, con su peristilo de columnas y su catedral que deja boquiabierto. Al menos este atractivo turístico merece la pena la entrada. Septiembre, o mejor incluso octubre, son mejores meses que los atestados julio y agosto. Mejor no consumir nada en la zona: los precios son abusivos.



También hay todo un dédalo de callejuelas lleno de pequeñas joyas en las que fijarse. Dinteles, columnas, fachadas blasonadas y detalles que van apareciendo aquí y allá.




Asimismo es esta una ciudad muy, pero que muy católica. Son muchas las iglesias que funcionan en la ciudad y muchas las personas que las llenan. También está el pasado oscuro croata, que vincula catolicismo, fascismo y colaboración con el régimen nazi. Una etapa oscura sobre la que se habla poco.
En la actualidad en Croacia hay un gobierno de coalición en que está presente la extrema derecha. Preocupante.


Hay otra Split marchosa a un paso de bici. Muchos bares con cerveza barata y pequeños snacks.Ninguno en especial que recomendar, aunque en todos ellos te espera una Ozujsko, Lasko o Karlovacko, las marcas más populares del país.



Y también hay una Split gastronómica. Es una ciudad donde se puede comer muy bien por un precio razonable. El barrio pesquero, cerca del puerto, tiene muchos locales y, buscando un poco, se come de miedo y por no mucho dinero.
Comprar comida es otra buena opción. El clima mediterráneo y la cercanía del mar hace que haya de todo: desde estupendas frutas y verduras a pescado fresco o incluso tabaco para liar.



Y hay una ciudad moderna e inquieta, con locales cool, galerías de arte y un espacio dedicado al arte contemporáneo con exposiciones constantes y alguna propuesta muy audaz, como por ejemplo, la ballena que atravesaba una pared a modo de instalación. La comunidad extranjera que se ha establecido tiene un gran peso en esta visión de la ciudad.



Mi tiempo era limitado, pero la verdad es que la ciudad merece mucho más que el par de días que pasé en ella. Mucho para ver y seguro que cosas que se me quedaron pendientes. Otra vez será.





jueves, 14 de enero de 2016

Cicloturismo balcánico. Cruzando la Croacia interior Grude hasta Split 135kms

Hay una Croacia costera y monumental y parece que no haya otra.
Es lo que tiene el turismo masivo: que se centra en unos cuantos highlights e ignora el resto.



Esta Croacia, que atravesé en un par de días, es una región de pueblos apacibles, mayormente rural y que se dedica al cereal, la vid y el olivo, algunas explotaciones madereras y secaderos de tabaco, un sobresueldo que muchos sacan en su patio trasero.

Secadero de tabaco


Todo muy tranquilo, salvo algunos deportistas. Nada que ver con las masas de turistas de Split y no digamos Dubrovnik.
Antes de cruzar la frontera ya daba la sensación de estar en Croacia. Las numerosas iglesias y el escudo ajedrezado croata mostraban que, pese a hallarme aún en territorio herzegovino, culturalmente la realidad es croata.
Crucé la frontera por Gorica, con la intención de ir siguiendo la tranquila carretera 60 y me fueron sorprendiendo varias cosas, alguna para mal.
En primer lugar que el nivel de vida subió ligeramente. Se notaba una economía ligeramente más boyante que en la vecina Bosnia-Herzegovina. Mejores viviendas y vehículos.
Las carreteras de la Croacia interior en general son adecuadas para el cicloturismo, aunque algunas carecen de arcenes ni nada que se le parezca. Compensa un tráfico escaso y una conducción razonable.



La circulación es más tranquila que en la costa y la gente en general muy amable, aunque la barrera del idioma es grande. Realmente no es fácil encontrar a nadie que hable un inglés fluido, pero tiré de mis escasos conocimientos de ruso, lengua similar al croata y que habla la gente más mayor.
En lo malo, la reivindicación del nacionalismo más exacerbado, representado por personajes como Franjo Tudjman, o por toda una serie de militares que tuvieron intervención directa en la guerra de Bosnia a los que se glorifica en murales y monumentos.


Se habla poco de la guerra en Croacia, aunque la gente joven aborda el tema con más calma, supongo que porque no la vivieron. La gente joven con la que tuve ocasión de hablar me llamó la atención en primer lugar por su altura (en general me sentí un enanito en todos los Balcanes) y también por sus ganas de intercambiar impresiones.
Lugares a destacar son los múltiples restos medievales que surgen a los lados de la carretera, así como fortalezas y alguna localidad con encanto.
Me gustó la histórica Sinj, con su centro del XVIII y su bastión. También con virgen milagrosa, algo muy del país.



Y también disfruté Trilj y sus alrededores, en los alrededores del río Cetina, donde se puede comer realmente bien, sobre todo pesca de río y caza.



Aproveché para acampar por libre, dado que existe una cierta tolerancia en todas las repúblicas balcánicas y me sorprendió una cuestión a tener en cuenta para otros cicloturistas: muchas iglesias cuentan con fuente, baños públicos y algunas hasta ducha, todo ello en impecable estado. Todo esto en el medio rural, claro.
Conforme me fui acercando a Split, la antigua Spalatum, el paisaje se volvió industrial, pero la entrada a la ciudad es fácil desde la carretera secundaria que atraviesa Klis y Solin y que permite una hermosa perspectiva de la costa dálmata.


Etapa Dugopolje-Split, 26kms

lunes, 11 de enero de 2016

Cicloturismo balcánico. Mostar-Grude 78kms. Parada en Medugorje. Dios es un buen negocio.

Se acabaron tras Mostar los Balcanes fríos y de ríos impetuosos y, al poco de salir de la ciudad, el paisaje se volvió completamente mediterráneo.
A lo largo de la carretera me crucé con familias vendimiando y el terreno se tornó mucho más seco.
También hubo otros cambios. Por lo pronto desaparecieron las mezquitas y sólo encontré iglesias católicas en mi camino: había entrado en la zona croata. Todos los carteles indicativos tenían tachadas las indicaciones en cirílico y los cementerios eran muy similares a los que uno puede encontrarse en la Península Ibérica.
Una muestra más de la división étnica existente en el país: no daba la sensación de existir convivencia entre comunidades. Donde había una iglesia nunca encontraba una mezquita. Junto a un cementerio cristiano, nunca uno musulmán.
Unas cuantas cuestas, un calor intenso y me planté en lo que para mí es un auténtico esperpento de lo que debe ser la espiritualidad, pero para muchas personas es un lugar de devoción: Medugorje, lugar de supuestas apariciones de la Virgen María.



Medugorje era, hasta el momento de las apariciones, un pueblito en mitad de la antigua Yugoslavia. Un puñado de casas dedicadas al cereal, la vid y el pastoreo.
Desde entonces se ha edificado todo un emporio dedicado al boyante negocio de Dios. En el negocio se incluye desde un tramo de autopista que penetra en Bosnia-Hercegovina desde Croacia para llegar hasta la localidad, hoteles de todo tipo, cafeterías, tiendas, restaurantes...
También se ha construido un inmenso complejo mariano que incluye un auditorio al aire libre para miles de personas y una gran iglesia, además de unas instalaciones muy peculiares como un confesionódromo con 50 espacios para confesarse en diferentes idiomas.



Pero la atracción estrella, a la que acudí por supuesto, es el lugar de las apariciones en sí: el monte Podbrdo. Una temible cuesta llena de pedruscos puntiagudos que muchas personas hacen descalzas en medio de un sincero fervor, flanqueada de varios pasos de Via Crucis y que concluye en una cruz donde la gente se arrodilla a rezar y pedir favores a la Virgen.


No dudo que habrá a quien inspire todo el ambiente, pero a mí se me antojó un punto entre lo grotesco y lo fanático. Demasiada dosis de catolicismo en mi infancia me ha conducido a este escepticismo.


Comí por un precio muy razonable, eso sí, departí amablemente con unas ancianitas irlandesas (había decenas de católicos de la Green Eire) y tomé de nuevo la bici con un sol inclemente, aunque la carretera resultó muy tranquila y poco transitada. Así sería hasta la frontera croata.
Y en una jornada tan llena de religiosidad no encontré alojamiento, pero unas personas me indicaron amablemente dónde plantar mi tienda junto a una iglesia, con baños y agua corriente.
No faltan los buenos samaritanos con el cicloturismo.








sábado, 26 de diciembre de 2015

Cicloturismo balcánico. Jablanica a Mostar 47kms. El río que parte la vida

Hace 20 años los habitantes de Mostar se dedicaron a matarse entre sí, de una orilla a otra de un río, con el mayor descaro.
La muy católica y racista población croata, imbuida del espíritu de los nefastos ustachas, también muy católicos y exterminadores de judíos, gitanos y serbios, bombardeó a sus vecinos musulmanes de la otra orilla del Neretva. Una paradoja que sea un río, un elemento de la naturaleza que generalmente une, lo que sirviera de separación entre dos comunidades.
La artillería destruyó mezquitas y patrimonio de la Humanidad como el célebre puente de Mostar (hoy reconstruido idéntico y con los materiales del puente original) además de someter a un bloqueo feroz a la población bosnia que aguantó como pudo.
Del otro bando también las iglesias padecieron el rigor de la artillería y prácticamente no quedan iglesias católicas anteriores a la guerra.




Llegué a Mostar tras una corta y cómoda etapa en la que solo tuve que dejarme caer a lo largo de la ribera del río por una carretera que se me hizo muy cómoda. Muchas curvas y alguna pequeña subida, pero antes del mediodía estaba allí.
La primera impresión de la ciudad da una idea clara de la crudeza de la guerra. Mostar aparece mucho más machacada que Sarajevo. Son muchos los edificios dañados aún 20 años después del conflicto.







Entrar por la carretera que conduce desde la capital rebela una gran extensión de solares y fábricas en ruinas. La carretera de acceso tiene un aire de provisionalidad y evidencia la falta de medios de la República Bosnia.
Hasta en las calles antes del centro histórico, Patrimonio de la Humanidad, fui encontrando huellas de la guerra y lo que luego me explicarían era la marca de la ciudad: las obras de reconstrucción.
Me alojé, como todos los viajeros de poco presupuesto, en la orilla musulmana del río.
El hostel (Backpackers en Barce Fejica 67) me iba a servir de excelente referencia para ilustrarme de lo que fue el sitio de la ciudad, que duró tres años, así como los motivos de la guerra y la pos-guerra, que es en realidad una tensa paz armada.



En el hostel, Netsir me cuenta que durante el sitio, en Mostar, era difícil ver cualquier ave: gorriones, palomas y hasta cigüeñas eran una fuente de proteínas extra. Una garrafa de lejía era un bien muy preciado, pues con ella se podía beber el agua del río.
Todo el mundo caminaba pegado a las paredes, nunca había luz eléctrica más de unas horas seguidas y no había amiguismo posible entre croatas y bosnios, pese a que, tradicionalmente, había habido parejas mixtas y el número de ateos era y es considerable.
Por otro lado la religión es bastante relajada. De hecho es frecuente que muchos musulmanes beban alcohol y las mezquitas no parecen tener muchos fieles. El enfrentamiento partió más bien de intereses territoriales cruzados y fue alimentado por un profundo desprecio étnico de algunos croatas hacia los bosnios, heredado de otros tiempos oscuros.


Aún así la religiosidad está muy presente en Mostar. En todo el casco histórico hay una notable cantidad de mezquitas, alguna de ellas realmente interesante, como la de Koski Mehed Pasa.
Las iglesias, excepción de una de las ortodoxas, no tienen mayor interés y también sufrieron los embates de la guerra. La más importante catedral católica es un feo armatoste de hormigón. No lejos de allí se encuentra la Pza de España, en homenaje a varios cascos azules españoles muertos durante la guerra.


Pero, sin duda, lo más interesante de Mostar pasa por su arquitectura civil. Por un lado sus puentes, el primero y pequeño Kriva Curpija y el archiconocido Stari Most, volado por los croatas en 1993. Precioso puente del s. XVI flanqueado por dos torres y que es mejor visitar a primera hora de la mañana, antes de las hordas de turistas.
También interesante es el bazar y las pocas casas de los ricos comerciantes otomanos que aún siguen, muy restauradas, en pie.


Un paseo tranquilo, cuando la masa turista se retira a otros lugares, acompañado de un café (bosnio, que no turco, aunque sea casi idéntico) y algunas compras es el mejor modo de terminar el día.
El final del día invita a penar en la gran lástima de Mostar que no es lo que estás viendo, sino en todo el inmenso patrimonio que se ha perdido.
Pero mucho más dura fue la pérdida de vidas humanas y la herida que parece se quiere cerrar reunificando la ciudad y los dos grupos étnicos que la componen. Ojalá sea pronto.





lunes, 21 de diciembre de 2015

Cicloturismo balcánico. Sarajevo-Jablanica 92kms

Del encauzado Miljacka que atraviesa Sarajevo pasé a descender a orillas del impetuoso río Neretva.
Un río de aguas gélidas, que nace en los Alpes Dináricos y que discurre por estrechos cañones hasta desembocar en una peculiar albufera.
Salí de Sarajevo con una parada en la estatua más representada de Josip Broz, Tito. En la misma, Tito camina pensativo con la mirada baja. Una escultura peculiar para un personaje tan importante en la historia de la ex-Yugoslavia y que aún sigue contando con un número considerable de admiradores.
A lo largo del día la figura del mariscal y las andanzas de sus partisanos me acompañarían.


La salida de Sarajevo fue, como suele pasar con las grandes ciudades, un asco. Aún así pronto me dirigí a otra carretera mucho más interesante, como es la E73. Tanto si se hace pedaleando como en vehículo a motor es la ruta que recomiendo.
Aunque la carretera pasa por ser nacional, lo cierto es que no es especialmente transitada, ni especialmente buena tampoco, algo perfectamente lógico en la precaria economía bosnia.
Una ruta ideal para cicloturismo, con un paisaje arbolado y rodeada de pequeñas poblaciones en las que predominaba la artesanía en cuero y cacharrería de cobre al borde de la ruta.




Por otro lado, a lo largo de la misma se hizo patente la misma realidad de todo el país como es la separación por credos religiosos.
En unos pueblos mezquita, en otros iglesia ortodoxa, pero rara vez las dos cosas en una misma localidad, excepción hecha de una ciudad que me encantó: Konjic.





Konjic es una pequeña y tranquila localidad a orillas del Neretva. Aunque es de mayoría musulmana  también alberga dos importantes iglesias y es, al mismo tiempo, un imporante enclave de deportes de aventura, además de encrucijada histórica. En su entorno se desarrolló la batalla del Neretva, en la Segunda Guerra Mundial, además de numerosos episodios de la guerra de guerrillas de Tito y de la cruenta guerra de Bosnia. De todos estos hechos quedan memoriales, aunque impresiona más, por su cercanía, el de los caídos de la zona en la guerra más reciente.



Aparte de algún pequeño museo, un casco histórico pequeño y muy agradable, merece la pena echarle valor y meter los pies en el agua del Neretva con vistas al histórico puente (reconstruido), del siglo XVII o  incluso darse un baño.
Seguí camino y me crucé con uno de esos museos curiosos, como es el de la Batalla del río Neretva  en Jablanica. No tanto    por el contenido, un tanto cutre y algo deteriorado, como por  el  puente cercano, volado durante la batalla  y que quedó tal cual sobre el río.



Jablanica es otra ciudad tranquila, pequeña y sin grandes atractivos. Rodeada de bosques, es una de las paradas de una línea de ferrocarril que resulta totalmente recomendable para quien no se anime a pedalear: la línea Mostar-Sarajevo. Lenta, económica, por supuesto, pero evocadora. Uno de esos trenes condenados a desaparecer, así que es cuestión de animarse a recorrerlo antes de su más que probable desaparición.
Terminé la jornada en el lago cercano a la ciudad, en la pequeña localidad de Donja Jablanica, donde fui acogido por Kenan, al que encontré en la imprescindible web cicloturista warmshowers.
Una noche preciosa tras una cervecita con la familia de Kenan y acampada junto al lago.
Cámara sin batería... En fin.


La ruta del día, aproximadamente

sábado, 5 de diciembre de 2015

Cicloturismo balcánico: Hasta Sarajevo 72Kms, una ciudad de post-guerra.

Puede que haya a quien le sorprenda leer el término post-guerra en un lugar donde terminó hace 20 años. Si uno pasea por el precioso centro histórico de Sarajevo, o por las renovadísimas avenidas con sus centros comerciales, rascacielos o las flamantes mezquitas pagadas con dinero saudí.
Pero las huellas de la anterior guerra, y hasta de las guerras mundiales, se pueden seguir claramente en Sarajevo.
Llegué a la ciudad pedaleando todo el día entre una molesta luvia que variaba de intensidad e iba acompañada de viento. Por supuesto terminé calado hasta los huesos, pero por el camino encontré una cuadrilla de leñadores que me invitaron a café y que me preguntaron si iba en busca de sexo a Sarajevo, dicho de una forma menos fina.
A lo largo del camino me chocaban las figuras de las mezquitas en un paisaje que bien podría encontrarse en Galicia. Todo ello, de todas formas, representando un Islam poco estricto, en que normas como el hijab eran de lo más relajado, según fui observando en mi estancia en Bosnia.


Llegar a Sarajevo por el camino del aeropuerto te hace dar un salto atrás al cerco de la ciudad.
Durante casi tres años sitiada, las comunicaciones con el exterior de la población dependían de un túnel que comunicaba con el aeropuerto, única vía segura para esquivar los disparos de los francotiradores. El túnel se ha convertido en museo y ahora mismo se puede visitar una parte del mismo, básicamente reconstruida, pues era una estructura un tanto endeble.








Tras la visita al túnel tuve que afrontar una larguísima avenida, el Bulevar Selimovica que te transporta hasta el interesante centro histórico de la que en otro tiempo llamaron la Jerusalén de Europa, ciudad multicultural que ahora no lo es tanto, en un país donde la segregación es evidente.
A lo largo de la avenida se combinaban edificios en un estado casi ruinoso con flamantes centros comerciales y las clásicas moles que uno puede encontrar en todos los países del Este. Cajas de hormigón iguales unas a otras y vetustos edificios oficiales.



Pero todo cambia al llegar al restaurado centro histórico de la ciudad, aunque sea enfrentándote al tráfico atascado y caótico, montado en mi bici con alforjas y viendo como los coches adelantaban a los tranvías usando la zona de los raíles como un carril más.
El centro de Sarajevo es una zona que rezuma historia por los cuatro costados. Donde se aproxima uno al Puente Latino en el que el nacionalista Gavrilo Princip disparó al Archiduque de Austria, provocando la Iª Guerra Mundial.



Un final de avenida en el que giré hacia el hostel por la recién restaurada biblioteca Vijecnica que fue arrasada por las tropas serbobosnias del infausto general Mladic.



Inevitable pensar que el esquema nacionalista que provocó la Iª Guerra Mundial resulta válido un siglo después para entender la realidad de los países de la antigua Yugoslavia.
A lo largo del camino me di perfecta cuenta que, excepción hecha de unas pocas localidades, la segregación entre comunidades es total. Precisamente una de las excepciones es Sarajevo, donde se respira una cierta tolerancia y multiculturalidad. De hecho penetrar en el casco histórico da idea de hasta qué punto existió convivencia entre las diferentes comunidades hace poco más de un siglo.



Sinagogas, mezquitas, iglesias tanto ortodoxas como católicas. Unas calles empedradas por las que resulta casi imposible meter un vehículo a motor y que confluyen en la fuente pública de Sebilj, centro neurálgico del bazar del siglo XV.



La acumulación de monumentos en un solo barrio es impresionante, aunque mejor que contarlo es verlo en persona, más aún cuando no se es un experto en arte otomano, como es mi caso.
Personalmente creo que conviene no perderse la herencia judía, comunidad que resultó exterminada a manos de los ustasha croatas mano a mano con los nazis alemanes.



Y fuera de la zona de Bascarsija el museo donde se repasa el sitio de la ciudad es imprescindible, aunque se queda un tanto pobre de fondos. El edificio en sí mismo es una buena muestra de la dureza del bloqueo, pero las huellas de la guerra se ven por todas partes. Otras no se ven, pero ahí siguen.
Nadie ha olvidado en Sarajevo, ni en Mostar, ni en tantos otros lugares.



Hay monumentos que recuerdan una realidad atroz, como el dedicado a los niños muertos en la ciudad durante la guerra, o los improvisados cementerios en parques o cruces de calles.
Todo es demasiado reciente, aunque no es menos cierto que la gente habla de ello sin tapujos. Más que nada porque fueron en este caso fueron más víctimas que verdugos.


Si Sarajevo podrá realmente pasar página, en una paz cogida con alfileres y donde los conflictos territoriales y étnicos siguen latentes, la historia lo dirá. De momento es una ciudad totalmente recomendable en la que respirar historia contemporánea en cada rincón.