viernes, 21 de abril de 2017

De Fisterra a Muxía. Un extra del Camino de Santiago, bebé incluida

En el sentido estricto del Camino de Santiago la ruta costera que discurre de Fisterra a Muxía no parece tener mucho que ver con la ruta original.
Aunque la leyenda sitúa la llegada del cuerpo de Santiago para ser enterrado hasta el final de la tierra, Finisterrae, en gallego Fisterra, la ruta costera no deja de ser un interesante trekking de paisajes que van del sempiterno pino gallego a una costa atlántica de mar embravecido.
Para empezar, si no se llega a pie a Fisterra, prolongación natural de la Ruta Jacobea, conviene tomar el autobús correcto. De Santiago a Fisterra hay 80km pero el trayecto puede llegar a desesperar pues toma tres horas hacerlo. Mejor tomarlo como una excursión con vistas.



En Fisterra encontramos cama y, casi acto seguido, nos cayó una tromba de agua como no habíamos conocido en todo el Camino de Santiago. Nos consolamos con un poco de gastronomía local y albariño.
Fisterra es una localidad por encima de todo pesquera, lo que justifica una parada gastronómica.
Tiene su lonja, su paseo que termina en un pequeño bastión reconvertido en museo de la pesca y unas cuantas callejuelas estrechas que aún conservan alguna casa tradicional, aunque la mayor parte del pueblo se reformó en los 60-70.
Aunque sin duda el plato fuerte de Fisterra es animarse a llegar hasta lo que, en otro tiempo, fue el fin del mundo. En un cabo apartado, junto a un faro y con unas estupendas vistas sobre el Océano se encuentra el km 0. Allí, a falta de mejor ofrenda, dejé un pimiento de Padrón que llevaba en el bolsillo y un saludo de nuestra pequeña familia que se disponía a volver a caminar.



Este punto es patrimonio europeo y en su entorno hay muestras de cultos tanto ancestrales como cristianos. Eso sí, tampoco hay tanto que ver, sobre todo pudiendo acercarse a alguna de las impresionantes playas cercanas, como la de Mar de Fora.
Y ya que estamos allí, se puede empezar a caminar, aunque en nuestro caso un amable paisano nos acercó en coche hasta el comienzo de la andada a Muxía.



A estas alturas del Camino se plantea hacer la ruta, de unos 30km, en un día. El terreno pedregoso y la subida al llamado Facho de Lourido, 9km de subida constante, aconseja tomarlo con calma y dedicar dos días a la caminata.


Así hicimos con nuestra bebé, que había cumplido tres meses en el camino, pernoctando en Lires, casi en la mitad exacta del recorrido y único punto intermedio donde sellar la credencial.
El camino empieza entre urbanizaciones pero enseguida se interna en pequeñas aldeas y el paisaje se vuelve muy gallego.
Cambian los hórreos, que en esta zona son completamente de piedra y la afluencia turística baja en picado. Si en todo el Camino lo normal es ir viendo un peregrino tras otro ahora puede pasar largo rato sin encontrar un sólo caminante.


Si lo que te planteas es hacerlo en bicicleta (alguno encontramos) hay que aclarar que necesitarás rueda con buenos tacos y mejor forma física. El recorrido relativamente cómodo de casi toda Galicia se convierte aquí en, mayormente, abruptas pistas forestales que se encharcan con mucha facilidad.
Atención al agua, hay largos tramos de camino sin una fuente. Tampoco hay apenas ningún bar, tienda o albergue, así que hay que ser previsor.
Las localidades con las que se cruza el recorrido no tienen grandes atractivos, son mayormente pequeñas aldeas con iglesias humildes (y cerradas) entre las que destaca Morquintián y Lires, donde se hallan casi todos los alojamientos del camino.
Por contra los espacios naturales y las vistas sobre el Atlántico, que se escucha en buena parte de la caminata, son muy recomendables y transmiten una sensación de paz y soledad muy reconfortante.
En cuanto a alojarse, volviendo a las poblaciones, Lires tiene varias posibilidades, aunque la que personalmente recomendamos es Casa Luz, un caserón de más de 200 años reconvertido con mucho gusto y por un precio razonable. También está el único restaurante en largo trecho, con unas raciones casi interminables, así que mejor aprovechar.
En todo el camino mucho ganado y mucha explotación maderera. Pinos y más pinos y de vez en cuando los dichosos eucaliptos.
De las playas poco probamos. Lo cierto es que hay oferta como para perderse y disfrutar de costa para ti solito. El inconveniente: agua fría, mareas fuertes y olas traicioneras en algunos casos. Muchas zonas son impracticables para el baño.
Aún así la industria del ladrillo ha alcanzado a la zona y eso incluye alguna urbanización horrenda y un complejo hotelero a la entrada de Muxía.
Una vez en Muxía es inevitable conversar sobre la catástrofe del Prestige en 2003. A día de hoy aún aparecen pequeñas manchas de chapapote del petrolero hundido frente a la Costa da Morte.



Pero Muxía es mucho más. Es ante todo villa pesquera y de ello vive su población. Pero también está avanzando el turismo con una activa concejalía que se inventó la muxiana, documento que, en honor a la Virgen de Barca, perdona los pecados.
La leyenda de la Virgen de la Barca dice que se le apareció flotando en una barca de piedra nada menos, a Santiago que pasaba por allí (pero cuanto se movió este hombre) para infundirle ánimos.
Y terminar la peregrinación en el santuario de la Virgen, frente a un espectacular rompeolas, es una buena idea. Será milagro (quizá de la Virgen) encontrar buen tiempo, nosotros no lo tuvimos.



Una vez allí toca cumplir con un ritual que parece más pagano que otra cosa, pasando nueve veces por debajo de la piedra os Cadrís, que cura los males de espalda y luego subirse a la piedra de abalar, que tiene propiedades adivinatorias. Mi pareja e hija se limitaron a mirar.



Yo lo hice, no adiviné nada y me dolieron los riñones de pasar por el angosto espacio bajo el pedrusco. También eché mi deseo al mar pero llegar allí ya era un deseo cumplido.
Ya en el pueblo bien está probar las xoubas (sardinillas) y otra especialidad de la zona: el congrio seco.
Sellamos la credencial y obtuvimos la muxiana. Nuestra hija, Goya, fue la peregrina más joven que la conseguía hasta el momento, a sus tiernos tres meses de edad.



Sin ganas de volver tuvimos que hacerlo. Galicia engancha, el Camino de Santiago también y siempre se vuelve de una u otra manera. Son tantas las rutas por las que discurre.
Frente al Atlántico de una u otra manera te reafirmas en la promesa de volver y así lo haremos.

lunes, 3 de abril de 2017

Una peregrina de menos de tres meses en la Ruta Jacobea


Goya nació en junio de 2016. Con ella empezó un viaje que nos sobrevivirá y que pasa por ser la mayor de mis aventuras.
Los papás, pero sobre todo las mamás, caminan mucho. Caminar es lo que más hace una madre con una criatura que va creciendo y pesando más, durante meses y años.
Por otro lado el vínculo paterno cuesta más, es más tiempo el que se necesita pues la gran teta, la necesidad de mamar del bebé, lo domina todo en los primeros tiempos de vida.


Así pues no nos pareció mala idea coger los bártulos y plantearnos hacer lo que más se hace con un bebé, caminar y cargarlo, pero con un destino: Santiago.
Allí que nos fuimos, Paloma, Goya y yo, a tan turístico y masificado recorrido, pero en una época más suave que el duro verano, en septiembre, ya terminando la estación.
Aclarar que, viendo que el Camino entero se nos hacía inviable, cosa de las vacaciones, optamos por el tramo gallego partiendo de Sarria, donde llega el cómodo tren nocturno que sale desde Zaragoza. Es la distancia mínima que se requiere para obtener la Compostela, poco más de 100km.
Si se quiere llegar a Galicia desde Zaragoza el TrenHotel 00922 es totalmente recomendable como medio de transporte. Tiene una ventaja añadida y es que también se pueden transportar bicicletas en el coche cama y te pones en Sarria a primera hora de la mañana, ideal para arrancar tras un buen desayuno.
Fue casi el único día en que veríamos la lluvia, algo insólito en Galicia, como insólito ha sido todo este otoño e invierno, secos como no se recordaba en años.
Para caminar con un bebé en el Camino el llevar un carrito se nos antojaba labor titánica, aunque no falta quien lo haya hecho. Mucho más práctico, habida cuenta de que nuestra hija tenía dos meses y medio en aquel momento y era un ser muy delicado, llevarla pegada al cuerpo en una mochila. La senda está pensada para hacerse a pie y, de hecho, en todo el recorrido se aclaran los tramos que no son ciclables, como para pensar en hacerlos con un cochecito.



Desde el primer momento te das cuenta de lo que ya te habían contado: el camino se ha convertido en un destino turístico de primer orden. En el recorrido se puede escuchar hablar más inglés o alemán que gallego y esa afluencia "guiri" ha repercutido en lo que eran unos precios más que modestos hace unos años, cuando Paloma empezó este camino.
Unos datos. En 1990 hubo apenas 5000 peregrinos. En 2016 la cifra oficial fue de 278.041 de los que 150.000 eran internacionales. La ruta jacobea ha sido protagonista en películas, como la infumable The Way de Emilio Estévez. Fue recomendada como antidepresivo por un humorista alemán y hasta escenario para un reality coreano. Esto ha disparado el número de peregrinos exponencialmente y son de lo más variopintos los motivos para peregrinar, aunque esta caminata tenga más que ver con un trekking que con el concepto de peregrinaje religioso.

El camino desde Sarria empieza fácil. Soutos galegos, castaños y carballos que nos acompañarán todo el camino y un clima en general benigno. Por nuestra parte recomendamos no seguir a pies juntillas las etapas que recomiendan las diversas guías, especialmente si se va cargado con una bebé extra, y parar cuando realmente se necesite. Eso sí, ello obliga a cargar con todas las pertenencias y no a enviarlas mediante empresas, una práctica muy extendida entre los peregrinos.
El camino desciende al valle a orillas del Miño y cruza el pueblo nuevo de Portomarín, movido tras anegar la preciosa villa medieval el embalse franquista de Belesar. Tras ello empezará el continuo sube-baja que nos acompañará hasta Santiago. No hay grandes cotas en altura, pero sí algunas subidas molestas.


La cuestión de dormir cuando se va con niñas de corta edad restringe los lugares. Una habitación común puede ser un incordio para los demás durmientes y nada cómoda para la mamá sobre todo.
Así pues hay que buscar los albergues que tienen alguna habitación para discapacitados que no se use o bien tirar de habitaciones individuales y pensiones que, por desgracia, suelen tener precios a veces abusivos para lo que ofrecen. Pernoctar al raso no es una opción, aunque muchos peregrinos tienen que hacerlo en temporada alta.
En el top de los albergues señalar el reconvertido pajar de Mercadoiro por su encanto y por instalaciones el Albergue Pereiro en Melide.
Sigue el camino atravesando Galicia y la conversación con los gallegos habla de un mal repetido y que de sobra conocemos en Aragón: la despoblación. Galicia languidece en localidades cada vez más envejecidas y los recursos tradicionales como la ganadería o la explotación maderera dan para mantener a muy pocos.




Al mismo tiempo lo más interesante que uno encuentra en la caminata son las pequeñas aldeas. Furelos, Ribadiso o Astrar son lugares que cuesta encontrar en un mapa, pero, al mismo tiempo, prados y casitas de piedra desde las que ver pasar el tiempo... o las vacas.
Van apareciendo los hórreos, algunos de ellos espectaculares e incluso catalogados. Por desgracia su función agrícola tradicional, nos cuenta un paisano, ha pasado a decorativa.
En la parte gallega de la ruta, hasta llegar a Santiago, no hay grandes iglesias ni catedrales espectaculares, pero sí pequeños templos, muchos cerrados, generalmente de origen románico o gótico. Algunos monasterios y los pazos de la baja nobleza que luego han terminado en manos de la gente con posibles.




Conforme fuimos avanzando nos encontramos con la curiosidad natural que hacía que en alguno de los lugares donde se sella la credencial del peregrino ya esperaban a la bebé de Zaragoza. También hubo detalles simpáticos, como los regalitos que Goya recibió: una flecha de peregrino, una medallita de María Magdalena o un banderín de Puerto Rico.
Cuanto más se acerca el camino al destino final da la sensación de que más personas viven de la ruta en sí. Esa sensación me asaltó en pueblos como Arzua y conforme aumentaban los puestos de souvenirs. A falta de una economía más sólida el fluir de caminantes puede ser un estupendo negocio.
También, sin darse uno apenas cuenta hacen su aparición, por miles, los eucaliptos. Son inmensos, pues crecen rápido y, aunque han desplazado a los tradicionales robles gallegos, hay que reconocer que proporcionan un intenso aroma y son muy estéticos, con sus capas de corteza de colores variados.
Y a lo largo de toda la ruta nos permitimos unas cuantas experiencias gastronómicas. Galicia es tierra de temporadas. En invierno y comienzo de la primavera pote y grelos, comida fuerte y calurosa. Pescado para todo el año y pulpo en todas partes. Septiembre es un mes para el pimiento de padrón. Y siempre vino de ribeiro, albariño y algunas cervezas artesanas de nuevo cuño.








Terminando casi Santiago nos recibe con el Monte do Gozo y su monumento estrambótico donde rezó Juan Pablo II. Barriadas de cemento, el aeropuerto y carreteras hacen que la llegada no sea especialmente bonita. La ilusión amortigua esa fealdad y el casco histórico de la ciudad compensa de sobra.





Por otro lado Santiago es una ciudad activa y moderna. Hay que aprovechar su oferta cultural además de cumplir con el abrazo al santo o visitar sus monumentos. También es un buen punto para acercarse a todo Galicia, especialmente a la Costa da Morte como hicimos, aunque eso dará para otra historia.
Y, terminando, ya se habrá dado cuenta el lector que esto no es una guía de viaje. Tampoco es la intención, pues la idea del peregrinaje, del movimiento, incluso de una cierta espiritualidad es lo que convierte una experiencia tan trillada en algo muy personal, con la ilusión de único. Paloma terminó una ruta empezada nada menos que 15 años atrás. Mi experiencia fue un primer acercamiento. A Goya se lo contaremos más adelante.
Merece la pena recorrer la Ruta Jacobea, no importa si es sólo, acompañado o con una vida que recién empieza y camina contigo.

domingo, 26 de junio de 2016

Cicloturismo balcánico. Ficha técnica

Recorrido en bici con alforjas del 3 al 23 de Septiembre de 2015, atravesando Montenegro, Bosnia-Hercegovina y Croacia.

Todo el recorrido sin usar transporte público. Aún así es susceptible el uso de tren+bici y se puede pedir permiso para subir la bicicleta en algunos buses.



Distancia total: 1104Kms


Bicicleta Orbea Aran con múltiples añadidos.
Cubiertas anti pinchazos Schwalbe Marathon Plus. Alforjas Ortlieb y Bolsa delantera Norco.
Bici y materiales de Recicleta


Clima: seco y caluroso, sin llegar a calor extremo. Más fresco en el interior de Montenegro y Bosnia. Recomendable evitar julio y agosto.

Condiciones del tráfico: ideal para cicloturismo en carreteras secundarias. Hay bastantes tramos con pavimento deficiente y vías señaladas como pavimentadas que no siempre lo son.
Atención a los alrededores de las grandes ciudades. Las carreteras no tienen arcén y el tráfico está muy saturado.




Carril-bici: el único realmente funcional en Sarajevo, atraviesa toda la ciudad y conduce al centro histórico. Algunos tramos útiles en Split.

Alojamiento: acampada libre, tolerada en los tres países y permitida en zonas de Montenegro. Prohibida en playas. Hay campings, aunque no muy abundantes y de calidad cuestionable. 
Albergues relativamente económicos, salvo en la costa croata, donde son prohibitivos y de poca calidad.
Red warmshowers para cicloturistas. Pocas posibilidades pero las que hay son gente muy amable.




Avión: Lo más fácil es lo que yo hice, volar a Dubrovnik. Hay decenas de vuelos a este enclave turístico por precios económicos, sobre todo si se vuela fuera de temporada y/o se reserva con tiempo.

Coste: con billete de avión i/v a Dubrovnik más alojamiento, comida y cervezas 500 euros aprox.







viernes, 6 de mayo de 2016

Cicloturismo balcánico. Dubrovnik y fin de trayecto

Dubrovnik es un escaparate, un escenario, un producto si quieres y luego también hay una ciudad, más o menos cercana al centro histórico, donde viven los ragusinos.
Es la maldición de las ciudades pequeñas con atractivo turístico: terminar siendo víctimas de su propia belleza.





Dubrovnik es una ciudad de belleza florentina o veneciana, no en vano tuvo mucha relación con las ciudades-estado italianas y ella misma lo fue. También tiene el toque mediterráneo, de ciudad mercante y penetrada por muchas culturas. Tiene su propia personalidad croata y unos precios en la zona turística que te trasladan a parámetros suizos o noruegos. Aún con esos inconvenientes, o con el hecho de que una ciudad del tamaño de Huesca sea asaltada por hordas de 25.000 turistas al día en verano la parada es necesaria.



No suelo hacerlo, pero voy a denostar el lugar donde pasé una noche, el Hostel and Rooms Anna. Un lugar donde me atendieron una australiana con un resacón del quince, absolutamente dejado, sucio y, para colmo, caro. El mundo mochilero está lleno de estos negocios que sacan unos pingües beneficios: mínima inversión, máximo beneficio y, con demasiada frecuencia, salarios míseros. Por desgracia, conversando a posteriori con otras personas, me comentaron que la calidad-precio de los alojamientos dejaba mucho que desear para los viajeros de poco presupuesto.
Aún sin desanimarme, teniendo en cuenta que la noche anterior la había pasado al raso en un pinar, aproveché para desayunar fuerte a cuenta de la casa esquivando las botellas de vodka barato y cerveza.
Lo de tomar fuerzas es fundamental. Ya en un primer vistazo se da uno cuenta que Dubrovnik es una ciudad que requiere de buenas piernas. No hay más que ver a las legiones de cruceristas echando el bofe por las interminables escaleras que hacen las veces de calle y natural defensa de la ciudad.
Ragusa fue construida como alternativa segura al antiguo puerto de Epidauro, encaramada a la parte más escarpada de los alrededores y rodeada de un robledal (dubrava quiere decir robledal, de ahí el nombre de la ciudad) del que no queda ni rastro. El emplazamiento de la ciudad es lo que limitó la extensión de la misma por un lado y la convirtió en bastión seguro y una suerte de paraíso fiscal.
La centenaria Ragusa fue una ciudad libre que ejerció las veces de ciudad-estado al más puro estilo de las polis griegas, lo que le valió el sobrenombre de la Atenas dálmata. Nombre que hace también referencia a su apoyo a las artes que llevó consigo la construcción de impresionantes palacios, edificios civiles o iglesias.





Desde el punto de vista defensivo, por otro lado, la ciudad se dotó de un recinto amurallado que la convirtió en plaza fuerte, lo que no fue óbice para que los venecianos la ocuparan dos siglos.
En las banderolas de la ciudad reza la palabra Libertas, que la ha definido históricamente como consigna. La palabra hace referencia a la independencia que ha ostentado siempre negociando ya fuera con corsarios como con monarcas o con el sultán otomano, que respetó la ciudad a cambio de un tributo y que permitió el comercio con Asia, lo que enriqueció aún más el patrimonio
Ahora el negocio va por otro sitio. De hecho ha llegado al punto que se confunde la ciudad con el mero proyecto turístico y ello lleva a encontrarse con mensajes en la puerta de las casas recordando que, pese a todo, allí aún vive gente que merece un respeto.









Se entiende hasta qué punto puede ser una molestia la presencia de turistas en calles donde casi puedes tocar los dos lados con extender los brazos.
Por otro lado hay muchas formas de recorrer la ciudad y diversas épocas del año, en que se puede disfrutar de la misma con relativa tranquilidad. Yo estuve a finales de septiembre y aún se podía transitar con calma. En cuanto llega el otoño Dubrovnik se adormila y algún lugareño me dijo que era la época ideal para disfrutarla.
Madrugar es fundamental, sobre todo si es en verano cuando el sol cae a plomo. Evitar la hostelería local también es un gesto de inteligencia. En cualquier caso preguntar no es un delito y siempre es mejor que pagar tres euros por un café o más de cinco por un helado. Las alternativas extramuros son las mejores.




En cuanto a atractivos turísticos poco hay que decir. Lo más fácil es dejarse llevar, pasar de la inmensa horterada de Juego de Tronos y fijarse en el audaz diseño de las murallas, en la riqueza increíble de palacios e iglesias y hacerse una idea de cómo fue la vida en los tiempos de esplendor de la ciudad.
Las playas de Dubrovnik son perfectamente prescindibles. En cualquier caso hay un paseo tanto en bus como en coche o bici hacia mejores alternativas.
Pero todo lo bueno llega a su fin, así que me tocó terminar periplo cicloturista. Me despedí de la vieja Ragusa en un día de sol espléndido tras un agradable paseo matutino por la ciudad.
Una vista al extrarradio de Dubrovnik me enseñó otra ciudad. No diferente a cualquier otra: centros comerciales, talleres, fábricas...
Y al poco una parada en la antigua Epidauro, ahora llamada Catvat, del mismo nombre que la ciudad griega del Peloponeso, aunque no tan esplendorosa.
Puerto de mar a un paso de Dubrovnik es un buen lugar donde tomar algo, comer estupendamente y relajarse. Tiene sitios para visitar, aunque sus ruinas más antiguas necesitan mucha imaginación.
Vi atardecer degustando unos mejillones y un buen vino croata. Dormí en un pinar y empezó mi vuelta.









sábado, 23 de abril de 2016

Cicloturismo balcánico. Costa dálmata Neum-Dubrovnik 84kms

Casi llegando al final de mi recorrido con un tiempo estupendo salí hacia la brillante Dubrovnik, antigua ciudad-estado de Ragusa. Ciudad-decorado sobre la que tengo mis reservas que expondré en otra entrada.



La etapa, en un primer momento, fue un rápido paso de la frontera bosnia para llegar a Croacia en una carretera que fue aumentando en tránsito. La prudencia es fundamental en esta parte del recorrido. La que, por desgracia, no tienen muchos conductores en una carretera especialmente sinuosa.
La costa siguió siendo accidentada y de aguas cristalinas. Aumentaron los resorts de lujo, más cuando se aproximaba la ruta a Dubrovnik.Tomarse un simple café puede ser prohibitivo, pero no dejan de aparecer pueblos donde viven croatas de verdad, no sólo orondos turistas alemanes o nórdicos.
La actividad pesquera sigue estando presente en bastantes localidades y eso garantiza un suministro más que aceptable de buen pescado fresco.



Las vistas a pequeñas islas como Lopud o Sipan son realmente imponentes y siguen apareciendo, aquí y allá, restos históricos, bastiones defensivos y huellas de lo que fue la gran prosperidad de la zona en siglos pasados. La actividad corsaria y las ciudades-estado tuvieron sus luces y sus sombras, pero generaron una costa llena de lugares interesantes.



El calor se hizo fuerte durante el día y provocó una pequeña tormenta que me pilló a cubierto, por fortuna.
Antes de entrar a Dubrovnik el puente sobre la bahía es un punto impresionante para tener una gran panorámica. En una costa tan irregular y quebrada, que se da un aire a los fiordos noruegos, se ha optado por esta solución de ingeniería civil para ahorrar kms.


La llegada a Dubrovnik, sin tener reserva de habitación, fue complicada y finalmente terminé dando muchas vueltas, pero durmiendo con unas estupendas vistas sobre la ciudad. Eso sí, en un pequeño pinar al que se accede siguiendo la calle Frana Supila. Se puede preguntar por la ermita de Sveti Orsula (Santa Úrsula) en el parque del mismo nombre.
Una noche preciosa y llena de estrellas. Merecido descanso, pues al día siguiente tendría que cambiar la bici por el pateo constante entre hordas de turistas.


miércoles, 6 de abril de 2016

Cicloturismo balcánico. Costa dálmata. Makarska-Neum 99kms.

Un comienzo de día realmente idílico, con un sol estupendo, sonido de mar y ardillas correteando en el pinar donde desperté.
Luego toda una maratón ciclista de 99kms, aunque con el viento levemente a favor y un perfil plano tampoco es de extrañar.







El primer punto de parada y desayuno con palacinke (versión eslava de los pancakes) fue en Tucepi. Baño en la playa, normalmente saturada, aunque si se acude a una hora temprana se puede estar bastante tranquilo.
Conviene recordar aquí que en Croacia no están permitidas las playas privadas, por mucho que lo intenten los resorts hoteleros, así que viene bien aprovechar para bañarse en las claras aguas del Adriático, siempre accesibles en bicicleta.



La costa tiene unas vistas impresionantes en todo momento: La isla de Hvar, la península donde se encuentra Trpanj y Loviste. También algunos lagos más hacia el interior y bastantes aves.
Pese a la abundancia de residencias turísticas, apartmani y hoteles entre medio sobreviven iglesias medievales, monasterios o restos de fortaleza.





Y especialmente agradable la zona de la desembocadura del Neretva, donde se atraviesa una fértil albufera típicamente mediterránea con cultivos de cítricos, huertas y miel. En la zona sorprende un pequeño puerto con unas pronunciadas cuestas que me hicieron sudar. Fue de agradecer el zumo natural al terminar la cuesta.




Por contra al bajar el puerto me encontré con la fea e industrial bahía de Ploce. Una zona portuaria donde termina la línea del ferrocarril croata. En el breve descanso se me comieron los mosquitos.
El atardecer me pilló justo cruzando la frontera con Bosnia-Herzegovina.
Así pues, mi largo recorrido terminó en territorio Bosnio, pues Neum es la única salida al mar de Bosnia-Hercegovina, aunque el lugar no tiene ningún interés.
Una larga hilera de edificios turísticos apelotonados junto al mar y un camping caro y que no recomiendo al que llegué de noche. El señor que lo atendía, muy amable, no hablaba inglés pero sí un curioso francés de academia.



La ruta del día, aproximadamente