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domingo, 16 de noviembre de 2025

El Cairo, entre esplendor y sordidez

Me fascinan lo que yo llamo las ciudades monstruo. No porque me gusten, muy al contrario, pero eso no quiere decir que no me interesen. Me interesan la contaminada Teherán, la peligrosa Johannesburgo, la invivible Caracas o la durísima Delhi.

Tenía pendiente en la lista la mayor ciudad de África: El Cairo. No podré contar gran cosa, pero aquí quedan unos flashes.



Meseta de Guiza, las imágenes más típicas de Egipto.

Entre 16 y 25 millones de habitantes, una horquilla que casi parece una broma y es por decir algo porque los cairotas no saben decir cuanta gente vive allí. Ni tampoco el propio estado egipcio, que no parece estar seguro de la población de una ciudad en permanente movimiento.

El Cairo ha crecido y absorbido poblaciones de su entorno y se ha transformado en el monstruo que es ahora. La urbe actual es la suma de lo que fueron varias ciudades (Heliopolis, Fustat, Guiza) y es de un tamaño que marea.

La ciudad del escritor Naguib Mahfuz, que tenía la décima parte de población, ya no existe, porque Cairo, decía el Nobel Egipcio, está en permante mutación. O a lo mejor siempre cambia aunque hay cosas que siguen igual.

Vida cotidiana

La primera impresión, tras el aeropuerto: Llegar muy de noche, tráfico terrible y olor a combustible que me acompañará todos los días. Si El Cairo huele a algo es a gasoil. Cruzar una calle es un deporte de riesgo. Se hace como bien puedes en un entorno sin semáforos ni control alguno, en un permanente slalom de peatones.

Como sucede con muchas otras megaurbes no importa la hora que llegues. Yo me planté a más de medianoche cenando uno de los populares koshari, plato egipcio omnipresente. Por menos de 1 € te llena la tripa a base de lentejas, macarrones y arroz. Suena raro pero está bueno.

Pese a la terrible crisis inmobiliaria casi endémica que padece la ciudad y la inflación galopante, la vida es muy barata para los estándares occidentales. También hay que tener en cuenta que el salario medio en Egipto son 250€ mensuales. Esto los turistas en viaje organizado no lo notarán. Las "clavadas" y el sobreprecio es inmisericorde.

Una Impresión que también te llevas rápido. Es una ciudad en la que tienes rascacielos y edificios inteligentes pero, al mismo tiempo, hay rebaños de cabras o gallinas correteando en el mismo centro urbano.

Puedes encontrarte frente a un solar de varias hectáreas como manzanas en que se apiñan miles de habitantes con cobertizos de varios pisos encima de los edificios que albergan familias enteras.

Viernes, día de boda en la Ciudadela de Saladino

Y sí, hay que ver las pirámides y los museos, pero de eso no hablaré. Hay fotos e información de sobra.

Conviene aclarar de antemano que en el Cairo hay pocos lugares para pasear. En kilómetros a la redonda solo hay un parque, El Azhar, y tampoco es que esté muy limpio.

Pero hay que moverse y la gente tira de Uber, de unos microbuses atestados y de un metro muy eficiente y puntual.

Para las calles estrechas y si te ves valiente puedes probar a dar una vuelta en uno de los motocarros, que conducen como auténticos suicidas y se meten hasta el último rincón.

No es niebla, es contaminación

Si vas en viernes la poli no te dejará pasearte cerca de las mezquitas más populares, como Al Husseyn o El Azhar, bastiones de los Hermanos Musulmanes. No será un policía lo que veas, sino auténticas legiones de antidisturbios armados hasta los dientes. Porque, claro, conviene no olvidar que has aterrizado en una dictadura... Bueno, elecciones hay, pero solo se pueden presentar los partidos del régimen.

Por esas cosas del destino político el único gobierno democrático que ha tenido el país desde el fin de la monarquía fue el de un candidato del Islam político, Mohamed Morsi. Una tendencia política ahora proscrita. 

La dictadura no se ve, pero se siente en una inusitada presencia militar y policial que tiene muy claro que al turista se le aleja del conflicto.



Pero entre todo este caos hay un centro más simbólico que real: la plaza Tahrir, que fue escenario de la Primavera Árabe y que acoge tradicionalmente concentraciones por los más diversos motivos. Y es un buen punto de partida.

En rigor es una plaza moderna, sin nada en especial. Menos aún ahora que cierra el Museo Egipcio por traslado a Guiza. Rodeada de algunos edificios de principios del XX con cierto aire Decó y de hoteles de lujo. 

Tahrir está al lado el Nilo y se cruza desde allí a la isla de Gezira, donde se halla Zamalek, zona de disfrute para pijos con clubes exclusivos, zonas verdes y aire cosmopolita. Más artificial que un peluquín en una ciudad que, no nos engañemos, es pobre.


Desde Tahrir hacia el Este se extiende propiamente el Cairo histórico, empezando por lo que se conoce como el Downtown, un febril barrio lleno de comercios donde se puede comprar de todo y que es un permanente atasco. También es la zona ideal para alojarse porque está la estación de Tren y bus más importante del país, Ramsés, además de los decadentes cabarets que aún sobreviven, los baladi, y cientos de restaurantes, pastelerías y toda una ciudad que pasa por allí.


Pero el Cairo histórico son muchas ciudades. Por un lado lo que se llama El Cairo Islámico, de callecitas estrechas donde bulle la vida. En mitad la calle Al Muizz, una especie de calle-museo donde se agolpan varios monumentos únicos de arte islámico y al lado el Zoco por excelencia: Khan el Khalili. Uno de los más antiguos, del siglo XIV nada menos, y puede que el más famoso del mundo.

Khan el Khalili


Edificio estilo otomano en El Muizz

Una de las paradojas: la zona histórica es a vez una de las más pobres y superpobladas. Un Patrimonio de la Humanidad que mantiene en pie sus monumentos, como las impresionantes mezquitas y madrasas, mientras las casas se caen a pedazos.

Y, con cruzar una gran avenida allí espera Qarafa, o el cementerio septentrional, que es exactamente eso: una inmensa necrópolis convertida en barrio donde se apiñan un millón de personas en tumbas recicladas y edificios precarios. Puede parecer tétrico, pero es un lugar bullicioso y activo, aunque la pobreza más descarnada impera en sus estrechas callejas.


Rincones en Qarafa, Cementerio septentrional

Para alejarse de la permanente ruidera que hiere los oídos habrá que acercarse al Barrio Copto. Otra vez muchísimos polis porque la minoría cristiana en Egipto se halla en constante amenaza. Minoría en una ciudad en la que son más un millón y medio. Casi nada queda ya de la comunidad griega y nada de la judía, que hasta los años 50 eran miles y mantenía abiertas varias sinagogas, ahora cerradas, aunque la de Ben Ezra permite visitas turísticas.

Antiguos pozos de agua potable. Barrio Copto

La estructura del barrio copto recuerda un poco a la ciudad antigua de Jerusalén, con edificios que se apiñan unos sobre otros y, por supuesto, dos grandes cementerios en una ciudad que parece haber destinado grandes extensiones a sus muertos.

Hasta 2016 era ilegal en Egipto construir una iglesia, por un arcaico decreto otomano. Aún así, en un país con un urbanismo totalmente caótico se seguían construyendo y ahora simplemente se están legalizando.


Luego hay toda una maraña de barrios residenciales, torres de apartamentos humildes de los que se aprovecha hasta la azotea (una comunidad dentro de la comunidad de vecinos) y varios suburbios, como Guiza, la orilla oeste del Nilo.

Guiza es un lugar árido y polvoriento al que seguro irás si quieres ver la última de las Siete Maravillas, donde se ha abierto el nuevo Gran Museo Egipcio y tiene el dudoso honor de albergar Sphinx Airport el peor aeropuerto que he conocido. Si podéis evitarlo no vayáis allí.


No me dio para mucho más El Cairo, ciudad aprendida desde libros, novelas, la actualidad en un fanático de las noticias como yo y mi propia imaginación que, como la de todo el mundo, construye lugares y paisajes. Leed a Mahfuz, por favor, y El edificio Yacobian de Al Aswani.


Queda en la lista de las ciudades que yo diría hay que ver por lo menos una vez en la vida. Que fascina, como he dicho, y aterra a un tiempo. 

Aunque no vuelva en persona seguiré aprendiendo de ella.

domingo, 30 de mayo de 2021

Mis recuerdos del Sáhara ocupado

Hace más o menos 12 años, entre junio y julio de 2009, crucé parte del Sáhara Occidental ocupado por Marruecos en bicicleta. Dejé constancia en mi blog de entonces y luego lo trasladé a este en varias entradas. 





En estos días en que el conflicto del Sáhara Occidental vuelve a estar en la palestra, para mal, como casi siempre, son muchos los recuerdos que me vienen. Este será un relato subjetivo, pero algo es algo entre el atronador silencio que rodea a la situación del Sáhara ocupado. 

Empezaré por el final, en mi viaje en bus de vuelta hacia Marrakech. Por la conversación en mi precario francés con un colegial, que hizo una defensa de nacionalismo marroquí y de la pertenencia del Sáhara. Todo esto con escasos 12 años.

Para el marroquí de a pie no hay cuestionamiento posible: el Sáhara es de Marruecos y sus habitantes  bandas de nómadas irrelevantes. Una paradoja en un país en que la mayoría de la población desciende de tribus nómadas.


Campamento nómada.

Tampoco es ninguna novedad para mí. En mis visitas a Marruecos rara vez he encontrado ni un atisbo de la mínima crítica a la realidad existente, con la excepción de una charla bastante productiva con un profesor en la remota Boumalne Dadés en que hablamos directamente de problemas tan reales como el analfabetismo.


El Aaiún/Laayoune

Llegar a el Aaiún, capital del Sáhara ocupado, te da clara idea de que algo no es normal allí. En una ciudad relativamente pequeña ves militares y policías casi en cada esquina. Eso los que se ven, porque la policía secreta está por todas partes y, de vez en cuando, se hacen sentir. Que te hagan una serie de preguntas incómodas una pareja de jóvenes elegantes en un castellano perfecto resulta chocante. 

Un turista llama la atención. No es un destino frecuente y los únicos no africanos que se dejan ver por allí suelen ser miembros de la misión de la ONU en el Sáhara (Minurso) que se suelen alojar en los mejores hoteles y se pasean con sus flamantes 4x4. Lo mismo es válido para Dajla, la ciudad más al Sur del Sáhara y muy cerca ya de Mauritania. 


Vehículos de Minurso y hotelazo

Por aquel entonces aún había quien se aventuraba en un recorrido hacia el Sur, cruzando a Mauritania y aún más allá. Ahora mismo la ruta es muy peligrosa y, con la pandemia, directamente intransitable.

Al poco de salir de el Aaiún se llega al puerto de la ciudad y un poco más allá el pantalán que se adentra tres kilómetros en el mar en el que termina la gigantesca cinta de transporte de los fosfatos de Fos-Boucraa.



Pescadores, al fondo el pantalán de Fos-Boucraa

Cien kilómetros de cinta desde la explotación en el interior del desierto, un negocio redondo del que saca tajada directamente la monarquía alauita y uno de los motivos por los que la tiranía marroquí siempre estuvo tan interesada en ese territorio. Toneladas de fosfatos que suponen millones de euros anuales.

La costa hasta Boujdour, ciudad creada en torno a la antigua base española de Cabo Bojador, es quebrada, llena de acantilados que dan a un Atlántico en el que solo encuentras pequeños asentamientos de pescadores y algunos pastores nómadas.

Los rebaños de camellos son una constante todo el camino. Se comen, son un medio de transporte y se exportan para que los turistas hagan el guiri en las Canarias. 

En cuanto a Boujdour llama la atención cuánta población negra y cuántos militares. Lógico, pues es el último punto de aprovisionamiento para miles de subsaharianos dispuestos a dar el salto a una precaria embarcación y al sueño europeo. 


Boujdour o Cabo Bojador

Con mirar un mapa es fácil ver lo cerca que están las islas Canarias. Toda la costa hacia el Norte es zona de cayucos. Una costa que es imposible de controlar en su totalidad y desde donde salen las frágiles embarcaciones con destino a territorio de la UE... o a la muerte. No hay más que ver las impresionantes olas atlánticas como para ser consciente de la magnitud del riesgo.

El calor aprieta, acaba de empezar el verano. Los mercados descansan a mediodía y siguen hasta altas horas de la noche. Se escuchan lenguas de esas de las que en Europa no sabemos ni el nombre.

De tiempos del colonialismo el faro y, una constante en toda la costa: las instalaciones militares. Abandonadas o en uso. El control de la costa ahí está y la Gendarmería también. 

El paisaje no cambia cuando te diriges hacia el Sur pero se hace más evidente la industria pesquera. 

Aquí y allá aparecen campamentos y pequeños puertos. Rincones de precariedad e infravivienda. Conversaciones y té. El rito del té me ha seguido todo el camino.


Campamento de pescadores y naves conserveras al fondo

Hablo en castellano. Quien más quien menos ha buscado trabajo sobre todo en Andalucía. Pero también en Galicia o Euskalherria. 

En un paso estoy en Dajla.  Las playas que reciben al recién llegado son idílicas pero no tienen turistas. Algún friki haciendo kitesurf y poco más. Más instalaciones abandonadas de la colonia y nuevos barrios en construcción.

Es otra constante. Se ven barriadas y pueblos enteros en construcción durante todo el recorrido. La ocupación marroquí lo es también a base de ladrillos, aunque la carretera sea de segunda y la comunicación con muchos lugares sea una simple pista de tierra.

Dajla es una ciudad de mar, tranquila, bonita y con cafés y restaurantes. Allá va parte de la clase acomodada marroquí que se lo puede permitir. Hay muchos militares también, entre otras varios barcos de guerra.




Dakhla/Dajla

Pero también es una ciudad de naves industriales y barcos que transportan el pescado que se esquilma en las aguas saharauis. No es nada secreto. Están al lado de la ciudad y son fáciles de ver.

Vuelvo al bus del principio. Retorno a Marrakech y recuerdo las conversaciones con las personas que han viajado allí a posteriori. Si algo ha cambiado ha sido para peor. De hecho alguna de esas personas volvieron deportadas por el régimen marroquí. No son bienvenidos los testigos incómodos. Menos aún tras los disturbios de Gdeim Izik en 2010.

El Sáhara es más hermético, es un tema de segunda en las noticias salvo cuando sucede algo especialmente grave. Hace tiempo que ningún conocido recala por allí y no espero que lo hagan pronto.

En estos días ha sido noticia, sí. Pero luego nos olvidaremos. Poca gente pisa esa tierra herida, mejor no hablar de ella.

Ojalá pueda volver pronto. Seguro que tendré algo que contar.



miércoles, 12 de agosto de 2020

Lo que aprendí en Fez. Reencuentro con Marruecos (y IV)

Visitar un enclave muy turístico, como es el caso de la ciudad marroquí de Fez, equivale a ver lo que la avalancha de visitantes te deje, siendo consciente de que uno mismo es parte del problema, pedrusco en la avalancha.
Aún en temporada baja el Casco histórico, una doble medina dividida en el-Bali y el-Jdid, es bastante inabarcable en los 2-3 días que se le suelen dedicar. Por ello solo queda apreciar unos cuantos flashes. De ahí la sensación de dejarse mucho por ver.



La ventaja de ir en invierno es ahorrarte el calor sofocante del verano y parte de la no menos sofocante insistencia de vendedores y guías. También te ahorras unos dirham, que no está mal.
En Fez hay mucho para ver: Una ciudad imperial y decadente, detalles arquitectónicos en los que perderte, la judería mejor conservada de África o un trabajo del estuco y la celosía único en el mundo.
También puedes beber té hasta que te salga por las orejas, consumir otros productos menos legales, encontrar todo tipo de artesanía local (y también Made in China), meterte en un hamán o caminar por el laberinto de la Medina hasta desfallecer.


Lo primero al llegar a la ciudad es su geografía. Los fundadores de Fez la edificaron sobre colinas con finalidad defensiva y por ser una zona más salubre y con disponibilidad de agua. Paradójicamente esta es ahora la zona más pobre de la urbe.
La zona más nueva de la ciudad, Ville Nouvelle, tan apenas se visita. Pero, al mismo tiempo, es bastante más extensa que la muy extensa zona histórica. Se ubica al Sur y en ella viven las clases más acomodadas.


Por ejemplo la comunidad judía, en otro tiempo muy numerosa, se reduce a unas pocas decenas de personas que ya no viven en la judería (Chellah en Marruecos) y que tienen empresas de joyería para las que trabajan sobre todo bereberes.
Una zona central de la ciudad la ocupa el inmenso palacio Real, al que el rey actual no va casi nunca y sus jardines anexos.
Pese a todo Fez tiene grandes plazas abiertas y estupendos parques donde los lugareños hacen vida.



Tras mirar el mapa, e intentar orientarnos en el dédalo de callejuelas, nos tocó una mirada al paisaje humano. 
De Fez me quedé con algunas escenas, atisbo de una realidad más grande, lo que me dio idea de que algo me perdí.


Jóvenes estudiantes en su día de fiesta


Sobre la pobreza y la precariedad de buena parte de la población me vienen imágenes, como la de la típica mochila cutre que abandonamos porque la cremallera no cerraba bien  y que en menos de 10 segundos ya tenía nuevo propietario.
Sí, hay pobreza y es muy evidente. Tampoco hay que buscar mucho para enterarse de que uno de cada tres marroquíes es pobre. Vamos, que vive con 3€ o menos al día.
Muchos ancianos pidiendo limosna y mucho chaval intentando rascar algún dirham a los turistas.
Nuestra hija tirando palomitas a los gatos callejeros y un señor comiéndoselas. Otra imagen. Ese es el Marruecos al otro lado del exotismo.

Muchos puestos callejeros, economía informal (la forma tonta de decir trabajo negro) y salubridad dudosa que viene de tomar algo al lado de un puesto de pollos y palomas hacinados que te matan allí mismo si quieres.
El país tiene un reto con el bienestar animal, pero eso es algo que suena lejano a los oídos de cualquier local.


Pero, luego queda el Marruecos de la gente hospitalaria, especialmente amable con los niños y que, cuando pasa la barrera del intercambio comercial, se revelan como estupendos conversadores.
Una ventaja añadida de la temporada baja, de cara a relacionarse, es que los Diyar y Ryad están mucho más relajados y llenos de la familia media marroquí que los gestiona, aunque no suelen ser los propietarios.  Una familia muy amplia (No es nada raro las familias con 4-5 hijos) que incluye parientes de paso que pueden venir de cualquier parte del país o de Europa.


Un señor muy elegante. 

Pillamos capazo con bastante gente. El más que correcto francés de muchas personas ayuda. Mejor que el nuestro sin duda.
Andamos un poco perdidos. Un señor viene de comprar mandarinas. Nos orienta y nos regala varias.
En el alojamiento conocimos a Sara, encantada de jugar con nuestra hija que nos habló de sus proyectos. Básicamente los de buena parte de la juventud marroquí: pegar el salto a Europa.
Esquivando los temas tabú como la monarquía (la mínima crítica en público a la monarquía es impensable en Marruecos) o la cuestión del Sáhara Occidental se puede hablar con cierto humor de casi todo.


La religión es omnipresente y la separación credo-Estado inexistente. Aún así la religiosidad en Fez es mucho más tranquila que en el Sur del país. Los cementerios son un lugar muy concurrido, casi más que las mezquitas.
El móvil, como en todo el mundo, se ha convertido en el nuevo objeto a venerar y tener uno de alta gama la máxima aspiración.


Teléfono móvil. El nuevo Profeta.

Del islam radical se habla con eufemismos. Son los tradicionales, una palabra un tanto equívoca.
Todo el mundo parece empeñado en alejar esa maldición de sí mismos. En Fez son conscientes de los ingresos que deja el turismo y la sombra del yihadismo está muy presente.



Una conversación curiosa fue en la que hablé sobre la policía. Me decía mi interlocutor que no sabía si la policía marroquí obraba bien, pero que había mucha. Gesto de dedo en los labios.
No es ningún secreto la secreta marroquí. El país está plagado de confidentes y de polis camuflados. 



Visitar un hamán es fácil, los hay a patadas aunque ya han perdido su sentido original: lugar de aseo cuando nadie tenía nada ni parecido a un baño en casa. No son baratos para los fecís, pero sigue siendo una costumbre social ir al hamán de vez en cuando. Mejor preguntar, eso sí. Te pueden dar alguna buena idea.
También hay cuero (al final fue inevitable comprar una preciosa mochila de piel de camello teñida en el zoco de curtidores), especias, instrumentos musicales, muebles...


Vaya, parece que me he ido por las ramas. ¡Ah sí! Sería buena idea que visitarais Fez. 
Y que disfrutéis de las imágenes de esta entrada. Obra, cómo no, de Paloma Marina.



viernes, 31 de julio de 2020

Fuera de las grandes ciudades. Reencuentro con Marruecos (III)


Las estupendas fotos son obra de Paloma Marina

Buena parte de la realidad de nuestro vecino del Sur no son grandes ciudades, mezquitas, zocos y medinas pintorescas.
Marruecos es aún muy rural. Y el salto entre las ciudades y los pueblos es muy grande. De hecho se percibe en un simple vistazo. La comparación con la misma realidad rural en Europa es aún más grande.
El Marruecos más rural tiene un pie puesto en el semi-nomadismo, dado que nómadas en el sentido estricto quedan cada vez menos, y son aún miles de personas las que lo practican. El burro en el Norte del país y el camello en el Sur son el compañero diario y los rebaños son parte del paisaje.



Nómadas amazigh en el Parque Nacional de Ifrane

De esta última visita reseñaré tres pequeñas pinceladas. De otros viajes a la zona me quedan recuerdos de pueblitos en el Atlas, de pastores abrevando rebaños en una mínima charca, de asentamientos en mitad de ninguna parte en el Sáhara ocupado... Ahora me quedaré con tres pequeñas ciudades.




En este viaje recalamos en Moulay Idriss, donde está enterrado uno de los muchos parientes de Mahoma que da nombre a la ciudad (o quizá no porque tumbas de estas hay a patadas por todo el mundo musulmán). Esta es una ciudad de peregrinación, aunque es un Islam muy relajado.
Miles de turistas pasan por aquí, pero a menudo ni pisan el casco urbano, porque acuden directamente a visitar las cercanas ruinas romanas de Volubilis.


Jovencísimo pastor en Moulay Idriss

Nos invitaron a cenar unos peregrinos y pudimos conversar sobre la importancia de estas peregrinaciones vacacionales para muchos musulmanes no especialmente devotos.
Mucha gente toma esta peregrinación como una forma de pasar un puente vacacional y con la excusa comen fuera, se tatúan con henna y quedan con parientes para peregrinar juntos.
El mausoleo, una gran cueva con una terraza a cielo abierto, está vedado a no musulmanes, pero el entorno es bastante ameno y la plaza prinicipal es un bullir de merchandising mahometano.



Entrada al mausoleo de Moulay Idris. La barrera marca el límite a turistas

Respecto al entorno, toda la zona está llena de olivares y la mecanización de la agricultura parece aún lejana. Eso sí el aceite es de calidad superior y acompaña a todos los platos de la zona.





Seguimos camino y recalamos en Azrou, una localidad muy bereber. Un cruce de caminos donde pasamos el fin de año.
Su nombre quiere decir la roca en bereber y es lo que se ve desde todas partes: una formación rocosa que se eleva junto al centro de la ciudad, que consta en realidad de varios núcleos dispersos,
Azrou tiene su interés en el mercado que ocupa prácticamente todo el centro. Desde tenderetes de frutas o todo tipo de cacharrería usada a tiendas de alfombras de bastante calidad. Para interesados en comprar artesanía, sobre todo alfombras, es un buen lugar. Nosotros volvimos con una, cómo no, ese souvenir que, a menudo, terminas sin saber muy bien dónde meter.



En Azrou


Estuvimos allí el último día de 2019. Por ello había a la venta todo un surtido de pasteles de colorines deseando  feliz año en francés, unos cuantos con faltas de ortografía, por cierto. Cumplimos con el fin de año en mangas de camisa (sorprendente pues la ciudad está a más de 1200ms) y con nuestro pastel de rigor.


Coloridos pasteles para celebrar el fin de año

Pero el mayor interés de la zona es el Parque Nacional de Ifrane, una zona montañosa con abundantes cedros y que alberga unos cientos de ejemplares de macacos de Berberia o del Atlas. Este babuino, en peligro de extinción, estaba extendido por buena parte del Magreb, pero su presencia ahora se limita a unas cuantas colonias aisladas en zonas montañosas. 
Aunque se trata de una especie protegida por desgracia es frecuente verlos como animal de feria para tomarse fotos.



Entre los cedros del Parque Nacional Ifrane

Nuestros intentos de ver macacos en libertad fueron un fracaso. Lo que sí nos encontramos fue mucha comunidad bereber y nuestra hija hizo amiguitas.
Respecto a alojarse o comer en la zona del parque es bastante caro, lo que contrasta con las humildes viviendas donde se apiñan las familias locales. Además hay malas comunicaciones. 





Proseguimos viaje hacia Fez en autostop y subimos hasta los 1600m de Ifrán ,una ciudad como caída desde otro lugar. Con una estética alpina que la podría situar en Suiza o el Tirol pero en cutre y decadente. Sorprendente.
Edificada para la élite colonial francesa es ahora un resort de vacaciones donde los marroquíes acaudalados acuden a refrescarse en verano o a esquiar en invierno.
Para un rato nada más.
Cogimos taxi compartido de nuevo y seguimos viaje. Nos esperaba Fez.