miércoles, 12 de agosto de 2020

Lo que aprendí en Fez. Reencuentro con Marruecos (y IV)

Visitar un enclave muy turístico, como es el caso de la ciudad marroquí de Fez, equivale a ver lo que la avalancha de visitantes te deje, siendo consciente de que uno mismo es parte del problema, pedrusco en la avalancha.
Aún en temporada baja el Casco histórico, una doble medina dividida en el-Bali y el-Jdid, es bastante inabarcable en los 2-3 días que se le suelen dedicar. Por ello solo queda apreciar unos cuantos flashes. De ahí la sensación de dejarse mucho por ver.



La ventaja de ir en invierno es ahorrarte el calor sofocante del verano y parte de la no menos sofocante insistencia de vendedores y guías. También te ahorras unos dirham, que no está mal.
En Fez hay mucho para ver: Una ciudad imperial y decadente, detalles arquitectónicos en los que perderte, la judería mejor conservada de África o un trabajo del estuco y la celosía único en el mundo.
También puedes beber té hasta que te salga por las orejas, consumir otros productos menos legales, encontrar todo tipo de artesanía local (y también Made in China), meterte en un hamán o caminar por el laberinto de la Medina hasta desfallecer.


Lo primero al llegar a la ciudad es su geografía. Los fundadores de Fez la edificaron sobre colinas con finalidad defensiva y por ser una zona más salubre y con disponibilidad de agua. Paradójicamente esta es ahora la zona más pobre de la urbe.
La zona más nueva de la ciudad, Ville Nouvelle, tan apenas se visita. Pero, al mismo tiempo, es bastante más extensa que la muy extensa zona histórica. Se ubica al Sur y en ella viven las clases más acomodadas.


Por ejemplo la comunidad judía, en otro tiempo muy numerosa, se reduce a unas pocas decenas de personas que ya no viven en la judería (Chellah en Marruecos) y que tienen empresas de joyería para las que trabajan sobre todo bereberes.
Una zona central de la ciudad la ocupa el inmenso palacio Real, al que el rey actual no va casi nunca y sus jardines anexos.
Pese a todo Fez tiene grandes plazas abiertas y estupendos parques donde los lugareños hacen vida.



Tras mirar el mapa, e intentar orientarnos en el dédalo de callejuelas, nos tocó una mirada al paisaje humano. 
De Fez me quedé con algunas escenas, atisbo de una realidad más grande, lo que me dio idea de que algo me perdí.


Jóvenes estudiantes en su día de fiesta


Sobre la pobreza y la precariedad de buena parte de la población me vienen imágenes, como la de la típica mochila cutre que abandonamos porque la cremallera no cerraba bien  y que en menos de 10 segundos ya tenía nuevo propietario.
Sí, hay pobreza y es muy evidente. Tampoco hay que buscar mucho para enterarse de que uno de cada tres marroquíes es pobre. Vamos, que vive con 3€ o menos al día.
Muchos ancianos pidiendo limosna y mucho chaval intentando rascar algún dirham a los turistas.
Nuestra hija tirando palomitas a los gatos callejeros y un señor comiéndoselas. Otra imagen. Ese es el Marruecos al otro lado del exotismo.

Muchos puestos callejeros, economía informal (la forma tonta de decir trabajo negro) y salubridad dudosa que viene de tomar algo al lado de un puesto de pollos y palomas hacinados que te matan allí mismo si quieres.
El país tiene un reto con el bienestar animal, pero eso es algo que suena lejano a los oídos de cualquier local.


Pero, luego queda el Marruecos de la gente hospitalaria, especialmente amable con los niños y que, cuando pasa la barrera del intercambio comercial, se revelan como estupendos conversadores.
Una ventaja añadida de la temporada baja, de cara a relacionarse, es que los Diyar y Ryad están mucho más relajados y llenos de la familia media marroquí que los gestiona, aunque no suelen ser los propietarios.  Una familia muy amplia (No es nada raro las familias con 4-5 hijos) que incluye parientes de paso que pueden venir de cualquier parte del país o de Europa.


Un señor muy elegante. 

Pillamos capazo con bastante gente. El más que correcto francés de muchas personas ayuda. Mejor que el nuestro sin duda.
Andamos un poco perdidos. Un señor viene de comprar mandarinas. Nos orienta y nos regala varias.
En el alojamiento conocimos a Sara, encantada de jugar con nuestra hija que nos habló de sus proyectos. Básicamente los de buena parte de la juventud marroquí: pegar el salto a Europa.
Esquivando los temas tabú como la monarquía (la mínima crítica en público a la monarquía es impensable en Marruecos) o la cuestión del Sáhara Occidental se puede hablar con cierto humor de casi todo.


La religión es omnipresente y la separación credo-Estado inexistente. Aún así la religiosidad en Fez es mucho más tranquila que en el Sur del país. Los cementerios son un lugar muy concurrido, casi más que las mezquitas.
El móvil, como en todo el mundo, se ha convertido en el nuevo objeto a venerar y tener uno de alta gama la máxima aspiración.


Teléfono móvil. El nuevo Profeta.

Del islam radical se habla con eufemismos. Son los tradicionales, una palabra un tanto equívoca.
Todo el mundo parece empeñado en alejar esa maldición de sí mismos. En Fez son conscientes de los ingresos que deja el turismo y la sombra del yihadismo está muy presente.



Una conversación curiosa fue en la que hablé sobre la policía. Me decía mi interlocutor que no sabía si la policía marroquí obraba bien, pero que había mucha. Gesto de dedo en los labios.
No es ningún secreto la secreta marroquí. El país está plagado de confidentes y de polis camuflados. 



Visitar un hamán es fácil, los hay a patadas aunque ya han perdido su sentido original: lugar de aseo cuando nadie tenía nada ni parecido a un baño en casa. No son baratos para los fecís, pero sigue siendo una costumbre social ir al hamán de vez en cuando. Mejor preguntar, eso sí. Te pueden dar alguna buena idea.
También hay cuero (al final fue inevitable comprar una preciosa mochila de piel de camello teñida en el zoco de curtidores), especias, instrumentos musicales, muebles...


Vaya, parece que me he ido por las ramas. ¡Ah sí! Sería buena idea que visitarais Fez. 
Y que disfrutéis de las imágenes de esta entrada. Obra, cómo no, de Paloma Marina.



viernes, 31 de julio de 2020

Fuera de las grandes ciudades. Reencuentro con Marruecos (III)


Las estupendas fotos son obra de Paloma Marina

Buena parte de la realidad de nuestro vecino del Sur no son grandes ciudades, mezquitas, zocos y medinas pintorescas.
Marruecos es aún muy rural. Y el salto entre las ciudades y los pueblos es muy grande. De hecho se percibe en un simple vistazo. La comparación con la misma realidad rural en Europa es aún más grande.
El Marruecos más rural tiene un pie puesto en el semi-nomadismo, dado que nómadas en el sentido estricto quedan cada vez menos, y son aún miles de personas las que lo practican. El burro en el Norte del país y el camello en el Sur son el compañero diario y los rebaños son parte del paisaje.



Nómadas amazigh en el Parque Nacional de Ifrane

De esta última visita reseñaré tres pequeñas pinceladas. De otros viajes a la zona me quedan recuerdos de pueblitos en el Atlas, de pastores abrevando rebaños en una mínima charca, de asentamientos en mitad de ninguna parte en el Sáhara ocupado... Ahora me quedaré con tres pequeñas ciudades.




En este viaje recalamos en Moulay Idriss, donde está enterrado uno de los muchos parientes de Mahoma que da nombre a la ciudad (o quizá no porque tumbas de estas hay a patadas por todo el mundo musulmán). Esta es una ciudad de peregrinación, aunque es un Islam muy relajado.
Miles de turistas pasan por aquí, pero a menudo ni pisan el casco urbano, porque acuden directamente a visitar las cercanas ruinas romanas de Volubilis.


Jovencísimo pastor en Moulay Idriss

Nos invitaron a cenar unos peregrinos y pudimos conversar sobre la importancia de estas peregrinaciones vacacionales para muchos musulmanes no especialmente devotos.
Mucha gente toma esta peregrinación como una forma de pasar un puente vacacional y con la excusa comen fuera, se tatúan con henna y quedan con parientes para peregrinar juntos.
El mausoleo, una gran cueva con una terraza a cielo abierto, está vedado a no musulmanes, pero el entorno es bastante ameno y la plaza prinicipal es un bullir de merchandising mahometano.



Entrada al mausoleo de Moulay Idris. La barrera marca el límite a turistas

Respecto al entorno, toda la zona está llena de olivares y la mecanización de la agricultura parece aún lejana. Eso sí el aceite es de calidad superior y acompaña a todos los platos de la zona.





Seguimos camino y recalamos en Azrou, una localidad muy bereber. Un cruce de caminos donde pasamos el fin de año.
Su nombre quiere decir la roca en bereber y es lo que se ve desde todas partes: una formación rocosa que se eleva junto al centro de la ciudad, que consta en realidad de varios núcleos dispersos,
Azrou tiene su interés en el mercado que ocupa prácticamente todo el centro. Desde tenderetes de frutas o todo tipo de cacharrería usada a tiendas de alfombras de bastante calidad. Para interesados en comprar artesanía, sobre todo alfombras, es un buen lugar. Nosotros volvimos con una, cómo no, ese souvenir que, a menudo, terminas sin saber muy bien dónde meter.



En Azrou


Estuvimos allí el último día de 2019. Por ello había a la venta todo un surtido de pasteles de colorines deseando  feliz año en francés, unos cuantos con faltas de ortografía, por cierto. Cumplimos con el fin de año en mangas de camisa (sorprendente pues la ciudad está a más de 1200ms) y con nuestro pastel de rigor.


Coloridos pasteles para celebrar el fin de año

Pero el mayor interés de la zona es el Parque Nacional de Ifrane, una zona montañosa con abundantes cedros y que alberga unos cientos de ejemplares de macacos de Berberia o del Atlas. Este babuino, en peligro de extinción, estaba extendido por buena parte del Magreb, pero su presencia ahora se limita a unas cuantas colonias aisladas en zonas montañosas. 
Aunque se trata de una especie protegida por desgracia es frecuente verlos como animal de feria para tomarse fotos.



Entre los cedros del Parque Nacional Ifrane

Nuestros intentos de ver macacos en libertad fueron un fracaso. Lo que sí nos encontramos fue mucha comunidad bereber y nuestra hija hizo amiguitas.
Respecto a alojarse o comer en la zona del parque es bastante caro, lo que contrasta con las humildes viviendas donde se apiñan las familias locales. Además hay malas comunicaciones. 





Proseguimos viaje hacia Fez en autostop y subimos hasta los 1600m de Ifrán ,una ciudad como caída desde otro lugar. Con una estética alpina que la podría situar en Suiza o el Tirol pero en cutre y decadente. Sorprendente.
Edificada para la élite colonial francesa es ahora un resort de vacaciones donde los marroquíes acaudalados acuden a refrescarse en verano o a esquiar en invierno.
Para un rato nada más.
Cogimos taxi compartido de nuevo y seguimos viaje. Nos esperaba Fez.


viernes, 24 de julio de 2020

De Meknès a Volubilis. Decadencia imperial. Reencuentro con Marruecos (II)

Las mejores fotos de esta entrada, como siempre, obra de Paloma Marina

En el llamado circuito de las ciudades imperiales Meknès (O Mequínez, pero me hace más gracia el nombre francés) puede que sea a la que menos atención se le presta en comparación con las saturadas Fez y Marrakech. Por ello es una ciudad mucho más tranquila que las anteriores y más amable para el turista. También más económica.
Meknès es el sueño imperial de un tirano, Mulay Ismail, que trasladó la capital a esta ciudad y la construyó a su capricho. Aunque tirano y esclavista entre otras lindezas fue un exitoso líder militar y su tumba sigue siendo visitada con una cierta veneración.
Ismail construyó unas instalaciones militares enormes y una ciudad palaciega en la que sentó sus reales y que es lo más visitado de la ciudad, por supuesto, junto con el mausoleo del propio Ismail, que va a pasar buena parte de 2020 en obras. Con el asunto del coronavirus, además, a saber cuando será visitable de nuevo.




Plaza Lahdim, Meknès.


Cuando uno llega a la estación se encuentra otra Meknès. Muy afrancesada con sus cafetines y sus pastelerías de estilo europeo. Incluso muchos letreros prescinden del árabe. Esta zona es más cómoda para alojarse pero mucho menos interesante.
También abundan las tiendas de telefonía y las de moda local. Llamarla hortera es quedarse muy corto.


Pret-a-porter marroquí

En invierno la zona turística se vuelve relajada. Todo está como a medio gas y pensado para los propios marroquíes o para la numerosa comunidad migrante desplazada a Francia o España. Como Ismail (no el sultán), natural de la ciudad que me ayudó a buscar una farmacia y que reside en Nimes.
Me explica que la ciudad es bastante tolerante.  Que todo su entorno, gente más o menos joven, está o ha estado en Europa y eso ayuda a la economía local.



Aclarar que en Marruecos todas las fábricas están concentradas en la costa entre Casablanca. Rabat y Tánger, por lo que la economía de esta parte del país es agrícola y de pequeño comercio y mucha de su prosperidad depende de las remesas de euros de los emigrados.
El paseo por la ciudad se puede hacer en un día y tranquilamente a pie. Eso sí, queda la posibilidad de hacerlo en calesa para quien se anime.
Otra ventaja es que, frente a la desvencijada y caótica Fez, por ejemplo, Meknès es bastante ordenada y da una idea de decadencia imperial muy estimulante.


Tatuajes de henna. Hasta en la sopa.


El epicentro de la vida en Meknès está en la plaza Lahdim, similar a la célebre Djema-el-Fnaa de Marrakech, aunque mucho más pequeña y relajada. No es una caza del turista ni los precios son abusivos.
La plaza está presidida por la enorme puerta de Mansour, que se divisa desde cualquier punto. Y está muy próxima a los jardines de las murallas.
Es el sitio ideal para echar el rato y un té o cenar. Por mi parte siempre recomiendo no dar dinero a los que exhiben animales como los desdichados macacos del Atlas o serpientes a las que se les suele coser la boca.




Distintos momentos en la plaza Lahdim

Tras la visita a la imperial Meknès cambiamos a otros aires imperiales, nada menos que a Roma, en concreto Volubilis, el yacimiento mejor preservado de Marruecos.
Hay muchas formas de visitar Volubilis desde Fez o Meknès. Incluso viajes en el día que incluyen algún almuerzo. Optamos por el método más tranquilo, que es tomar un taxi compartido a la pequeña ciudad de Moulay Idriss por 2€ el trayecto. Los taxis se toman en la parada junto al Instituto Francés y salen cuando se llenan.
Moulay Idriss es una ciudad de peregrinación, pero nada que ver con fanáticos Corán en mano. Es una ciudad tranquila e incluso festiva, pero le dedicaré una entrada aparte.
El alojamiento más aconsejable por su relación calidad-precio es el Diyar Timnay. Hasta hace poco era además prácticamente el único alojamiento al uso.


La vista desde el alojamiento en Moulay Idriss

Desde Mulay Idriss llegar a Volubilis es un paseo por el campo bastante agradable, aunque en verano es mejor evitar las horas del mediodía. Buena parte de la zona vive del olivo y el pastoreo y cuando estuvimos nosotros estaban en plena recolección de las olivas.


Camino a Volubilis

Volubilis es un yacimiento bastante impresionante, sobre todo porque fue abandonado totalmente hace bastantes siglos, tras la decadencia del Imperio Romano, lo que hizo que se preservaran buena parte de sus mosaicos y de la estructura de sus calles.



Era una urbe acomodada y grande para la época. También tiene explicaciones bastante decentes de las edificaciones y el entorno es muy agradable. En pleno campo, alejado del mundanal ruido y, fuera de temporada, de lo más tranquilo.





Sin duda sus mosaicos son la atracción estrella y dedicarles un buen rato la mejor idea.
Pero, como de costumbre, mejor ir y verlo. Todo un paseo de las glorias imperiales pasadas a un presente bastante más prosaico.



miércoles, 24 de junio de 2020

Rabat-Salé. Dos ciudades, varios mundos. Reencuentro con Marruecos (I)

Con Marruecos siempre me reencuentro, creo que hasta la primera vez que fui, pues partía de un Marruecos leído y escuchado. Desde la literatura a las noticias, que rara vez suelen muy alentadoras desde el vecino del Sur.
Esta vez viajamos en familia. Un destino fácil para hacer con niños. Más allá de unas precauciones básicas, como el agua del grifo y los alimentos crudos, es un destino seguro en general. Ahora bien, el miedo es gratis. Sobre Marruecos existen muchísimos prejuicios, como sobre tantos otros destinos turísticos, así que es mejor quitárselos de primeras
Esta vez tocó empezar por Rabat, la moderna capital del país, que es uno de los muchos Marruecos que habitan en su territorio.



Rabat y Salé son dos ciudades, a dos lados de la desembocadura del río Bu Regreg. La moderna Rabat-Ville, con bares donde tomar una cerveza, mujeres sin velo e instituciones. Al otro lado la pariente pobre, Salé. Feudo del movimiento islamista Justicia y Caridad, con mercados pobres y calles descuidadas.


Kasba de los Udayas vista desde Salé


Entre las dos un flamante tranvía que ha venido a aliviar un poco el tráfico de la congestionada ciudad. Si no quieres andar, a tiro de tranvía está todo lo que es algo en ambas ciudades.
Rabat es una ciudad muy dinámica y muy francófona. Junto con Meknés, probablemente la que más del país. Es tan europea que los monumentos históricos parecen hasta fuera de lugar. Pero son espléndidos, no hay que perdérselos.
Por supuesto hay que visitar la ciudad antigua de Chellah, la Qasbah de los Udayas y la Torre Hassan.
Eso en la ciudad antigua y medieval. Pero también hay una ciudad colonial de edificios modernistas, plazas decó y algo de arquitectura contemporánea con sus luces y sus sombras, como suele ser habitual en estos tiempos de mucho dispendio con escasa gracia.



Tampoco quiero detenerme mucho en ello, hay muchas formas de verlos. Hay mucho donde elegir. La forma más divertida de recorrerlos probablemente sea con los bici-taxi eléctricos.
Pese a estar a orillas del Atlántico toda la zona es muy mediterránea. Tiene un toque que lleva a Marsella, o a lo mejor Marsella se parece ya mucho al Magreb.
También sorprende por los precios. Rabat es cara, sobre todo si se tienen en cuenta los 375€ mensuales de media que gana un marroquí según las estadísticas.


Eso sí, es una ciudad donde las desigualdades sociales son muy patentes. Del barrio Embajadores, donde se enclavan las sedes diplomáticas, o los edificios decó cercanos a la catedral católica de Saint Pierre a los barrios que rodean las ramblas del río van miles de dirhams de distancia.
Pero más allá de las construcciones flamantes y el ambiente un poco pijo es buena idea empezar por Salé, la ciudad pescadora, antiguo baluarte pirata, que  mira al mar.



Salé huele a pescado y es más bien sucia. Es otro mundo. Una ciudad en la que vive el rey, donde se encuentra el aeropuerto al tiempo que la pobreza más cruel se ensaña en parte de su población.
Las miradas en algunas calles son más de sorpresa que de hostilidad ¿Se habrán perdido estos guiris?
Todo está hecho polvo. Los parques infantiles, las aceras cuando las hay, el pavimento o los mercados tienen un aspecto decadente.



Sin embargo la muralla y toda la parte de Salé que mira al exterior, sobre todo el entorno del tranvía, lo que ven los turistas, ha sido restaurada a conciencia.
También su madrassa, la verdadera joya de Salé, está muy restaurada. Y entre lo más interesante, aunque muchos están vedados a no musulmanes, sus cementerios.
Junto al mar la Marina de Salé, una especie de Marbella aún más kitsch que la original y los barcos lujosos de quien se lo puede permitir.



Desde allí se puede ver el puente Hassan II, que conecta las dos ciudades. Por el precio de un billete de tranvía tienes todo un tour panorámico al cruzarlo.
Al otro lado Rabat.
En fin de semana el zoco y toda la zona de la Medina se abarrota. El ambiente es marroquí por el bullicio, pero las heladerías son típicamente italianas, las cafeterías muy francesas y las tiendas son el paraíso del Made in China.


Catedral católica de Rabat


Antigua ciudad de Chellah

Estuvimos en navidades, cuando vuelve buena parte de la emigración marroquí a sus lugares de origen, con lo que todo bulle de familias.
Hay que entender que el concepto fin de semana en un país como Marruecos es muy peculiar. El viernes es el día de oración, en que cierran muchos comercios y las mezquitas se llenan. Pero hay un fin de semana como lo entendemos cualquier europeo para ocio y compras.
Los porches de la Avda Mohamed V se llenan de músicos que tocan desde rock a música bereber y, si sale buen día, la gente se acerca a las playas o las teterías. La más turística sin duda la que mira desde los jardines andaluces al mar.


La ciudad también madruga, la vida nocturna es una cosa reservada a unos pocos extravagantes, aunque nos aseguran que hay discotecas.
Que se vende y consume alcohol es evidente, hace tiempo que no se esconde. Por la noche el aire atlántico sopla frío, para la última oración casi todo el mundo está en casa. En verano el fenómeno es el contrario en esta ciudad lejos del riguroso clima del interior.
Es tiempo de desayunar. Al punto de la mañana ya hay cus-cus y se puede coger un tren. Conducir en Marruecos es para valientes y el tren es barato y sorprende por su comodidad.
Seguimos viaje.