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sábado, 18 de noviembre de 2023

Jordania o las jordanias

Cuando te planteas un viaje turístico sueles plantear el país como un pack, un todo simplificado basado en cuatro postales (highlights que dicen los gringos) sin plantearte a menudo si detrás de los tópicos hay algo más. Si esperas una lista de sitios a visitar puedes dejar de leer.

Hacer el viaje en bicicleta, como suele ser mi caso, ayuda a entender un poquito más y el ritmo lento, a digerir mejor el país. 


Este ha sido el caso de mi reciente viaje a Jordania, 800 kilómetros de pedales y reaprender un país que ya había visitado y que va más allá de Petra, la agobiante Amán, las joyas romanas de Jerash o el paisaje de otro mundo del Mar Muerto. Tampoco fue un viaje que preparara al detalle, más allá de lo físico, por lo que los apuntes que lance aquí serán un ir y venir de ideas, conversaciones y flashes.

Por lo pronto confirmar un par de tópicos muy reales: la gente es hospitalaria, mucho. Hasta el extremo de invitarte a comer (me sucedió) y, además, imbuida por su curiosidad, alargan la conversación en la medida que permiten las barreras idiomáticas. 



Otro tópico universal es el sistema de doble precio local vs turista. Solo que en Jordania el sistema es incentivado desde el propio Estado con precios como el de Petra, que multiplica hasta 50 veces el precio de la entrada con respecto al de los jordanos.

Pero hay una Jordania hablada y contada. La que empieza con imperios de los que ignoraba mucho. La de los nabateos, más conocidos por haber edificado esa maravilla de la Humanidad que es Petra, arrancando de la piedra una ciudad con palacios y templos imponentes. Pero también los moabitas, los amonitas, los arameos... Pueblos que se movieron por una ruta histórica que yo recorrí en bici: la conocida como camino o ruta del Rey. Hoy en día una tranquila carretera secundaria que estaba allí, más o menos, hace 3000 años y que sigue siendo, básicamente, la forma de moverse por la orilla Este del río Jordán y el Mar Muerto hasta el Golfo de Aqaba en el Mar Rojo.

Recorrer esta ruta en bici, si quieres ver los puntos de interés, no es fácil ni cómodo. Aparte del efecto sartén de ese lago salino que es el Mar Muerto los desniveles pueden ser de hasta 1700 m de diferencia, como me sucedió para llegar a Al Karak, en la ruta de los castillos. La misma que hizo Saladino expulsando a los cruzados (los francos como les llaman los árabes).


Por otro lado el recorrido por el Mar Muerto, empezando por el  presunto lugar de bautismo de Jesús, enseña una Jordania escrita en la Biblia, con la histórica Madaba, un auténtico museo del mosaico bizantino con piezas únicas en el mundo. Madaba agrupa a la práctica totalidad de la comunidad cristiana de Jordania, parte de ellos palestinos o libaneses refugiados tras la aparición de Israel en escena.

Puedes seguir historias contadas en la Biblia en el Monte Nebo, desde donde a Moisés le fue permitido ver la Tierra Prometida que nunca pisaría, las comunidades monásticas cercanas a Jerash, el lugar de nacimiento del profeta Isaías, la ira de Dios contra Sodoma o el propio lugar del bautismo, una especie de parque de atracciones cristiano con vistas a los soldados israelíes armados hasta los dientes del otro lado del Jordán. 

Israel es el "fucking neighbor" como me dijo Musa. Un vecino presente y odiado que acompaña como una sombra buena parte del recorrido que discurre, a menudo, a un paso de la frontera que el despliegue militar deja bien claro que está ahí. Frontera que ni unos ni otros cruzan. Solo los turistas y con un visado turístico. Ironías de la vida. El turismo se permite, la convivencia está vetada. Los palestinos ni cuentan, aunque, básicamente, palestinos y jordanos son el mismo pueblo con distinto nombre.

Quién iba a pensar que, tan apenas unos días después de mi vuelta, estallaría el conflicto en Gaza de la forma en que lo ha hecho. Aunque la guerra es parte del día a día de esa zona.

El abuelo de Fadi era de Ramala, ahora en Cisjordania. Fadi es un musulmán progresista. De los que ven con preocupación como se polariza el país entre laicos y musulmanes moderados frente a la corriente más islamista tradicional y el Islam político (no me detendré en los matices porque es muy largo de explicar) de mujeres tapadas hasta los ojos, barbudos y contenidos educativos totalmente lastrados por la religión. 

El Islam penetra la vida, aunque los no musulmanes no podemos penetrar en las mezquitas. También es una realidad ceñida al idioma árabe, con lo cual queda lejos de los occidentales. 

Mi árabe es paupérrimo y me permite conversaciones banales, divertidos regateos, decir mi edad, agradecer o quejarme un poco. Siempre con hombres, claro. Las mujeres son el otro mundo en un país musulmán y a mí me está vetado.

El viaje enseña cosas. El silencio también. Silencio como el de las mujeres jordanas. En 15 días de viaje a duras penas intercambio unas pocas frases con alguna camarera o guía. No es que no hablen inglés, es que no hablan con desconocidos del sexo opuesto. Es lo que hay.

Es bueno cambiar el chip. Para mucha población occidental Sadam Hussein solo fue un tirano. Para mucha gente en Jordania es una especie de héroe.

A poco más de mitad de camino me encuentro con Petra. Es mi segunda visita y he de reconocer que la encuentro más descuidada. El afán por sacar un dinero extra ha sembrado de chiringuitos las ruinas milenarias. Hay más basura y un turismo masivo que padece los rigores de las polvorientas ruinas (de punta a punta son casi 7km que incluyen escaleras interminables) para las que más vale ir bien provisto de agua. 






Petra es difícil de describir. No es una sola ciudad sino una acumulación de culturas una sobre otra. Un mosaico a cielo abierto de imperios que dejaron su huella en lo que empezó siendo una ciudad única arrancada a la piedra. Por allí pasaron griegos, romanos, construyeron iglesias los cristianos bizantinos, establecieron su hogar los beduinos...

Solo el paraje, con su célebre entrada por el Siq, ya merecería una visita en sí. Lo que no merece tanto la pena es la ciudad anexa. Un lugar sin gracia ninguna pensado para el turista y donde los precios son un escándalo y la calidad de la comida amerita una diarrea, como me sucedió a mí mismo.

El camino sigue hacia el desierto, la vegetación va desapareciendo paulatinamente a partir de Wadi Musa, el estrecho valle que encierra a Petra.

El camino hacia el Sur deja en Wadi Rum, probablemente una de las áreas desérticas más populares del Mundo. 

Wadi Rum es el decorado de la película de Lawrence de Arabia y es sinónimo de un paraje en el que solo el camello o el 4x4 te pueden transportar. La bici descansó, yo no.

Dicen que es el desierto más bello y lo cierto es que el tiempo se hace corto recorriendo las formaciones geológicas, el cañón donde culturas milenarias dejaron petroglifos, viendo los cambios de color con la luz, escuchando el silencio... Y eso pese al calor inclemente y una arena que se cuela hasta el último rincón del cuerpo.

Me alojo en casa de la familia de Yusuf. Beduino y descendiente de beduinos. 


Hace un siglo más de la mitad de la población jordana era nómada o seminómada. Ahora esa mitad de la población vive en Amán y su área metropolitana.

Las formas de vida tradicionales, con excepción de parte de la gastronomía, han quedado para el folklore y poco más.

La Jordania rural se está despoblando y la población se concentra en núcleos urbanos. Además el país padece una gran dependencia alimentaria e importa mucha de la comida que consume.

Más al sur el país termina en el Mar Rojo. Llego de la única manera posible: por una atestada carretera en la que mi bicicleta parece una pulga entre cientos de camiones que se dirigen al único puerto del país en Aqaba.



De la antigua Ayla, puerto histórico que se situaba en la zona donde ahora se encuentran los hoteles más lujosos de la ciudad, poco queda.

Aqaba es una ciudad moderna donde lo que es una rareza en el resto de Jordania aquí es normal: alcohol, guiris en bikini, garitos con música moderna y una vía de escape para los vecinos de la cercana Arabia Saudí, fronteriza a escasos 30km.

También es un lugar especialmente caluroso y donde el calor de la tensión política se mastica. En un puñado de kilómetros se apiñan las fronteras israelí, jordana, saudí y la convulsa frontera egipcia en la península del Sinaí.




Vuelvo a Amán en autobús. Los buses de Jett son cómodos, baratos y rápidos, un buen motivo para no necesitar tours organizados. Además el país es muy seguro.

Amán, a pesar de su tráfico infernal y su capa de contaminación, me gusta. 

La población local va más a su rollo y no te suelen dar la murga, aunque muchos hablan un excelente inglés. Es un lugar febril, de compras y paso obligado, uno de cuyos mayores atractivos es lo que queda de la antigua ciudad romana (Filadelfia se llamaba) y la variedad gastronómica a precio razonable.

Es ciudad además de contrastes. Con arrabales pobres que se extienden muchos kilómetros al tiempo que urbanizaciones de lujo o colegios privados muy exclusivos. 



También concentra mucha población flotante porque los mejores hospitales, las universidades y las instituciones están aquí.

Llego al aeropuerto. Muchos miran como un marciano al calvo en bici.

Dejo Jordania, empieza una guerra a un paso pero siempre quiero volver a esta zona del planeta.

viernes, 28 de agosto de 2020

Remontando el río Ariège.

El río Ariège es un afluente del Garona que desemboca junto a Toulouse. No es muy conocido como ruta ciclable, pero es una ruta muy estimulante que añade a su atractivo tener varias vías verdes muy cercanas.

Es un río montañoso de recorrido mayormente rural pero que atraviesa varios enclaves monumentales, el más conocido la ciudad de Foix.

Comencé el recorrido desde Toulouse, a donde había llegado siguiendo el Garona. Desde allí fue un paseo llegar al Parc du Confluent, reserva natural donde desemboca el Ariège junto a la localidad de Portet-sur-Garonne. La primera parte del camino es carril-bici y luego se toma la D4 para evitar el tráfico intenso.


De las varias formas de seguir el río opté por ir lo más pegado posible al cauce. Eso hizo que me metiera en más de un camino estrecho e inapropiado para bici con alforjas. Es frecuente que el río cambie de caudal y hay mucha zona de regadío, por lo que los senderos de tierra pueden ser un barrizal.

Mejor fiarse del instinto que de Google Maps, eso para empezar. Como no pude encontrar camping dormí por libre en el pueblo de Cintegabelle, junto a su zona deportiva. Me llevó allí Esteban, un joven del pueblo que encima hablaba castellano.


 

Al poco de arrancar al día siguiente llegué al memorial del campo de concentración de Vernet, una visita no agradable pero sí necesaria. Miles de españoles pasaron por allí. El más conocido el escritor Max Aub que dejó escrita su experiencia allí en el libro Manuscrito cuervo. Queda en pie la estación desde donde se deportaba a los infortunados presos y parte del cementerio.


Memorial campo de concentración de Vernet

Desde allí una corta tirada me dejó en la histórica Pamiers. Una ciudad pequeña y tranquila de la que me gustó especialmente su sistema de canales, en uso desde la Edad Media. Pamiers es una especie de réplica en pequeño de Toulouse y es un buen lugar para dedicar un rato.




Pamiers

El mismo día llegué a Foix, otra villa histórica dominada por el imponente castillo condal. Foix, pero también todos sus alrededores, tienen historia de sobra. Desde los cercanos abrigos prehistóricos que se pueden visitar a los restos medievales, edificios modernistas y toda la herencia de los cátaros.



Foix, villa señorial


Desde Foix la la carretera empieza a ascender. Primero poco a poco y luego en fuertes pendientes. También muy cerca de Foix podemos tomar una interesante vía verde de la que hablaré en otra entrada.

Tarascon-sur-Ariège


En unos kilómetros llegué a Tarascon-sur-Ariège, un pueblo partido en dos por el río desde el que se divisan ya varias cumbres pirenaicas. Aunque es inevitable a ratos tomar carreteras transitadas la idea es coger siempre la margen derecha del río, que va por pueblos pequeños y tomar la carretera D719 que se llama Route d'Espagne. A mi lado el Ariège fue transformándose en un río de montaña abundante en rápidos y con torrentes y cascadas que desembocan en él.


El río llega a Ax les Thermes, balneario y estación de esquí. Desde allí no queda otra que tomar la carretera N20 que es en algunos tramos un poco pesada porque coincide con bastante tráfico. Al mismo tiempo alguna rampa empieza a ser especialmente inclinada. Un buen sitio para hacer noche es el camping de Mérens.


Aguas termales en Ax-les-Thermes

Llegué hasta un poco más allá de la localidad de L'Hospitalet-près-l'Andorre, fronteriza con Andorra, hasta la cota de 1500. Me quedé a 8km del nacimiento, por eso de evitar el engorroso paso de la Aduana. Otra vez será.



RECORRIDO CICLOTURISTA POR EL RÍO ARIEGE

Desde Toulouse a L'Hospitalet-près-l'Andorre

7 al 9 de Julio 2020

178km de carreteras secundarias y pistas de tierra.

Varios campings por todo el camino, posibilidad pernocta libre




jueves, 16 de mayo de 2019

Un recorrido natural y preocupado por el Jalón

Gracias a la gente de arainfo que me publicó este artículo

El río Jalón es el afluente más caudaloso de la margen derecha del Ebro.

Es un río que riega miles de hectáreas de cultivos, que alimenta industrias, que da de beber a poblaciones. Un río muy vivo y muy aprovechado. A veces más que aprovechado explotado hasta la última gota.
En sus orillas crecen proyectos absurdos como el embalse de Mularroya, uno de esos despropósitos en forma de obra hidráulica tan típicos de España, otros de industria ‘sucia’ como la cementera de Morata, pero también es fuente de vida para miles de familias de la agricultura aragonesa.
Y ahora llega a Épila el complejo industrial de Guissona, dispuesto a beber y verter al río.
Un río de ríos, con multitud de cursos que caen en él desde las sierras que atraviesa. Desde caudales constantes como el Jiloca a pequeños barrancos sin nombre.
Este artículo no es una visión fría. Es el resultado de un recorrido ciclista, tranquilo, que salió de la llamada Serranía Celtibérica en la provincia de Soria.
Le llaman la Laponia del Sur, víctima de la despoblación y el abandono institucional. La otra cara de la moneda son los últimos kilómetros del río, hasta casi la entrada de Zaragoza, territorio de fábricas y unifamiliares.
Tradicionalmente el Jalón ha sido aprovechado desde tiempos de los celtíberos. Los romanos construyeron su calzada XXV tomándolo como referencia y en la época moderna ha sido sendero natural entre Aragón y Castilla.
Hace siglos se extraía ya sal de cerca del nacimiento. Vino la minería, la agricultura y ganadería, primero de autosuficiencia, luego feudal, de señoríos y, con la mecanización, la agricultura extensiva y, casi al mismo tiempo, la despoblación.
Para verlo todo, o al menos una parte, una recomendación: coge el tren y remonta el río. Uno de esos trenes regionales como de otro tiempo que todavía cruzan el interior de la península.
Paso lento y un paisaje para tomar con tiempo y un libro. Los lugares en los que para el tren tienen suerte. Muchos otros pueblos languidecen a falta de transporte decente.
Porque el entorno del Jalón se revela como territorio de contrastes. Una flamante autovía junto al cauce comunica Zaragoza y Madrid. También una línea del AVE con sus viaductos, auténticos monstruos de hormigón.
Al lado mismo carreteras secundarias, la antigua N-II, convertida en una pista parcheada y unas vías de ferrocarril con un trazado del XIX.
El río se encañona en sus primeros kilómetros y muestra su patrimonio natural. Varios hitos que se encuentran junto a todo el recorrido hasta Ricla: Buitreras, relieve abrupto, antiguos azudes y molinos en ruinas.
El Jalón es tierra de frutales, pero con ellos vienen los agroquímicos. Aunque la claridad de sus aguas en algunos tramos puede llamar a engaño, los índices de contaminación son altos.
Tampoco es ajeno a la invasión de granjas. Pollos y cerdos se hacen evidentes hasta para la nariz menos sensible. Sus purines se han convertido en un problema y filtrado a los acuíferos. Algunos pueblos, como Cetina, tienen problemas con su agua de boca.
El cauce se esconde en los pliegues del terreno al acercarse a Alhama de Aragón, pueblo balneario con un toque decadente y nos deja en Calatayud tras pasar por la industriosa Ateca. Aquí es la industria la que empieza a beber del río y sus afluentes.

El Jalón a su paso por Alhama de Aragón.
Y desde Calatayud una de esas carreteras perdidas que son una joya para recorrer en bici, la Ronda Campieles, que nos lleva hasta Embid de la Ribera y Sabiñán por un paisaje deshabitado. Ha terminado el invierno, nadie se ha molestado en recoger los caquis que sirven de comida para pájaros. Almendreras y olivares abandonados rodean la carretera.
Avanzando junto al cauce te encuentras con los aportes de agua de varios ríos: Piedra, Manubles, Aranda, Grío… Y pasando Morata las obras del pantano de Mularroya.

Cementera de Morata de Jalón. 
A saber a quién se le ocurrió un despropósito como Mularroya, que puede secar al mismo tiempo el Jalón y el Grío, intentando represar un río con un caudal muy escaso y un estiaje muy fuerte.
Como solución se va a construir un túnel para trasvasar el agua desde el Jalón, obra muy costosa que detraerá caudales y a la que se oponen parte de los habitantes de la zona.
Ironías del regadío: Se acumula agua para regar más, lo que hace que la mayor producción tire los precios y, al final, parte de la producción se queda en el árbol.
Cuando el Jalón se acerca a la llanura es territorio de cultivo extensivo. Los migrantes de varias nacionalidades trabajan en las grandes explotaciones y mantienen las naves donde se congela la fruta para la exportación. Los polígonos frutícolas se suceden. Se escucha hablar en árabe o rumano más que en castellano. El envejecimiento cada vez más acusado de la población local obliga a que acudan nuevas manos a ayudar.
Por el camino se cruzan conejos, muchos, casi una plaga. Parece ser que su introducción artificial en cotos de caza ha hecho que se reproduzcan por miles a falta de depredadores.
También la población humana empieza a crecer ostensiblemente. Muchas naves y la industria necesita agua. Por suerte las carreteras secundarias y los caminos agrícolas evitan el tráfico enloquecido de la zona.
Cualquiera puede ver un segundo impacto ecológico como es la contaminación dispersa por sólidos. Desde envoltorios de todo tipo, cajas, envases, hasta vehículos abandonados.

Vehículo abandonado junto al cauce del Jalón.
Muy cerca del polígono industrial de Épila las ruinas de un antiguo molino recuerdan a otros usos. En los llanos más frutales y cereal, el paisaje combina la fábrica de Opel PSA con el Moncayo al fondo.
Es el bajo Jalón y aquí los polígonos han proliferado y piden más y más agua. Las exigencias de Guissona son claras: necesitan una concesión de agua de al menos 5,5Hm3 anuales. Como un pantano pequeño para ellos solitos. Y el gobierno aragonés ha dicho sí. Eso sin tener en cuenta el vertido que llevará aparejado.
El río se encuentra con el Canal Imperial y la que, para sus tiempos, fue un reto de la ingeniería: la muralla de Grisén, en realidad un acueducto,  construido en 1780 que salva el cauce por encima.
En el recorrido nos cruzamos con el Camino de Santiago del Ebro, con la ruta Cervantina y con cientos de personas que hacen BTT, corren, pasean. Deporte junto a la actividad febril de los cientos de camiones que circulan por Alagón.
La industria se sucede, el tráfico es intenso y Zaragoza ciudad casi llega hasta allí con sus urbanizaciones dormitorio.
La extracción de áridos ensancha el cauce. Graveras en desuso y el paraje de la Virgen del Castellar donde el río se funde en un caudaloso Ebro, junto a la barca de Torres de Berrellén, que ya solo funciona unos días al año.

Desembocadura del Jalón en el Ebro.
En Alhama de Aragón, cerca del Jalón, José Luis Sampedro pasó días tranquilos y nos dejó un libro delicioso: El río que nos lleva. Aunque la historia transcurre en el Tajo, el libro en sí es una metáfora de la vida misma, como lo es cualquier río, símbolo de la cotidianidad.
En este caso el Jalón no puede ser más ilustrativo de la realidad aragonesa: despoblación, agricultura intensiva, granjas factoría pero también pastoreo tradicional. Industria en torno a las cabeceras de comarca, contaminación de las aguas y a veces sobreexplotación.
Río vivido, explotado, pendiente de conocer y, ya de paso, de respetar.

martes, 14 de mayo de 2019

Rodear la Laguna de Gallocanta, mejor en primavera

Si hay un momento para visitar la laguna de Gallocanta, a caballo entre Zaragoza y Teruel, es sin duda cuando miles de grullas acuden a ella a pasar el invierno. Eso sí, prepárate para pasar frío del bueno en ese altiplano inclemente.
Ahora bien, si lo que quieres es rodearla en bicicleta sin duda lo mejor es la primavera.
Existen varios senderos que circundan la laguna casi en su totalidad, salvo un pequeño tramo de carretera que nos lleva hasta Bello. También hay escapes en todo momento que nos permiten volver a la carretera, muy cómoda y poco transitada.
No es necesaria una bici de BTT, ni siquiera suspensión. Nos podemos arreglar con unas ruedas sin mucho taco, aunque no nos servirá una de carretera, desde luego. No hay muchas piedras y tan apenas cuestas, pero si ha llovido el terreno sí que puede volverse problemático.


No asustarse, fue solo un mal momento

Optamos por principios de mayo, con una temperatura diurna agradable por regla general y heladora por la noche, como fue nuestro caso, en que llegó a los -2ºC. Otra vez cicloturismo en familia con nuestra hija que cumplirá 3 años, osea que la ruta es fácil (o no tanto).
Un buen consejo es que estés preparado para cualquier tiempo y cambio de clima. Suele hacer un viento incómodo y el clima en verano es tórrido y en invierno es para valientes. Son frecuentes las tormentas y los cambios bruscos de temperatura.
Un problema es llegar en transporte público. Te puedes acercar en bus hasta Daroca o en el único bus diario que te deja en la parada de empalme de Gallocanta, la siguiente al pueblo de Santed si no tienes problema por cargar la bici en él. Algo más cómodo es tomar el tren hasta Calamocha y desde allí unos 20km de leve cuesta arriba.


Vista parcial de la laguna desde el castillo de Berrueco

Finalmente cargamos las bicis en furgoneta y paramos en el aparcamiento del centro de interpretación junto al pueblo de Gallocanta. Es el mejor punto de partida y se puede hacer en dos sentidos.
En el recorrido en torno a la laguna hay varios pueblos, todos ellos con bares donde tomar un café o comer y se puede comprar pan y algunas cosas básicas. Pero la tienda más cercana está en Used, así que mejor ir pertrechados de lo que haga falta.
Por lo demás el recorrido fue cómodo, prácticamente llano y en él nos encontramos con muchas aves, el mayor patrimonio de Gallocanta. Desde alondras, escribanos o carriceros a, en las mismas aguas de la laguna zarapitos, fochas, ánades y un aguilucho lagunero de caza.



Primavera también es la mejor estación porque es cuando los arroyos y acuíferos de los alrededores están vertiendo a la laguna y es fácil encontrar ranas, cangrejos de río, algunos peces e incluso, con suerte, pequeños mamíferos que acuden a beber. Hay corzos, zorros y jabalíes, aunque no son fáciles de ver. En esta ocasión la bulliciosa presencia de nuestra hija no ayudó a ello.


Paramos en varios de los observatorios de la laguna, todos en excelente estado de conservación.
Es un espacio protegido y es prioritario no molestar a la fauna, así que hay que respetar las indicaciones de prohibido el paso, incluso a pie.
Todo el entorno es también tierra de cereal y ganadería. De hecho los excesos de la agricultura hicieron que Gallocanta estuviera a punto de desaparecer al no recibir aportes de agua de los acuíferos del entorno.
También se encuentran en las orillas los chopos cabeceros, muy típicos del Sur de Aragón, de los que se iban talando sus ramas periódicamente para aprovechamiento desde forraje a vigas de casa.


Chopos cabeceros


Una pequeña crítica es la falta de recogida de basuras. Encontramos muchas papeleras y algunos contenedores a rebosar.


Llegando a Bello comenzó viento de frente y racheado. Desde allí parte una pista que rodea la laguna y que es una opción más larga que tomar la carretera. Eso sí, te perderás los llamados ojos. Pequeños círculos de agua llenos de vida y los carrizales que los rodean.



Se puede seguir por carretera hasta las Cuerlas y de allí tomar de nuevo la pista de tierra que remonta levemente hasta la ermita del Buen Acuerdo, con un merendero, baños (no siempre abiertos) y a cubierto del incómodo vientecillo.
Eso sí, una vez allí es importante seguir la señalización. Hay caminos más cortos, es cierto, pero te conducen primero a una empinadísima cuesta y luego, en temporada de lluvias, a varios pasos inundados, dos de los cuales se pueden sortear con puentes precarios y un tercero que cubre hasta más arriba de la rodilla, con suerte.
No siempre el camino más corto es el más breve.


Hay quien pasa más fácil

Desde este punto ya es un cómodo último kilómetro hasta el pueblo de Gallocanta y su albergue Allucant, un lugar amable que lleva funcionando casi 25 años y que es totalmente recomendable.
En resumen, si no conoces Gallocanta ya es tiempo de hacerlo. Y si ya la conoces, vuelve en primavera y disfruta del paseo.



Ficha técnica


4 de mayo 2019
Distancia total: 34 kms pistas agrícolas, camino y carretera.
Bicicletas VSF Manufaktur Deore T-300 con asiento infantil y Orbea Travel ambas con neumáticos Schwalbe Marathon Plus anti pinchazos.
Transporte: Un bus diario Zaragoza-Molina de Aragón que deja en el cruce de Gallocanta o tren hasta Calamocha (4 al día desde Zaragoza y Teruel, dos desde Valencia)



Fuente: PRAMES