miércoles, 24 de junio de 2020

Rabat-Salé. Dos ciudades, varios mundos. Reencuentro con Marruecos (I)

Con Marruecos siempre me reencuentro, creo que hasta la primera vez que fui, pues partía de un Marruecos leído y escuchado. Desde la literatura a las noticias, que rara vez suelen muy alentadoras desde el vecino del Sur.
Esta vez viajamos en familia. Un destino fácil para hacer con niños. Más allá de unas precauciones básicas, como el agua del grifo y los alimentos crudos, es un destino seguro en general. Ahora bien, el miedo es gratis. Sobre Marruecos existen muchísimos prejuicios, como sobre tantos otros destinos turísticos, así que es mejor quitárselos de primeras
Esta vez tocó empezar por Rabat, la moderna capital del país, que es uno de los muchos Marruecos que habitan en su territorio.



Rabat y Salé son dos ciudades, a dos lados de la desembocadura del río Bu Regreg. La moderna Rabat-Ville, con bares donde tomar una cerveza, mujeres sin velo e instituciones. Al otro lado la pariente pobre, Salé. Feudo del movimiento islamista Justicia y Caridad, con mercados pobres y calles descuidadas.


Kasba de los Udayas vista desde Salé


Entre las dos un flamante tranvía que ha venido a aliviar un poco el tráfico de la congestionada ciudad. Si no quieres andar, a tiro de tranvía está todo lo que es algo en ambas ciudades.
Rabat es una ciudad muy dinámica y muy francófona. Junto con Meknés, probablemente la que más del país. Es tan europea que los monumentos históricos parecen hasta fuera de lugar. Pero son espléndidos, no hay que perdérselos.
Por supuesto hay que visitar la ciudad antigua de Chellah, la Qasbah de los Udayas y la Torre Hassan.
Eso en la ciudad antigua y medieval. Pero también hay una ciudad colonial de edificios modernistas, plazas decó y algo de arquitectura contemporánea con sus luces y sus sombras, como suele ser habitual en estos tiempos de mucho dispendio con escasa gracia.



Tampoco quiero detenerme mucho en ello, hay muchas formas de verlos. Hay mucho donde elegir. La forma más divertida de recorrerlos probablemente sea con los bici-taxi eléctricos.
Pese a estar a orillas del Atlántico toda la zona es muy mediterránea. Tiene un toque que lleva a Marsella, o a lo mejor Marsella se parece ya mucho al Magreb.
También sorprende por los precios. Rabat es cara, sobre todo si se tienen en cuenta los 375€ mensuales de media que gana un marroquí según las estadísticas.


Eso sí, es una ciudad donde las desigualdades sociales son muy patentes. Del barrio Embajadores, donde se enclavan las sedes diplomáticas, o los edificios decó cercanos a la catedral católica de Saint Pierre a los barrios que rodean las ramblas del río van miles de dirhams de distancia.
Pero más allá de las construcciones flamantes y el ambiente un poco pijo es buena idea empezar por Salé, la ciudad pescadora, antiguo baluarte pirata, que  mira al mar.



Salé huele a pescado y es más bien sucia. Es otro mundo. Una ciudad en la que vive el rey, donde se encuentra el aeropuerto al tiempo que la pobreza más cruel se ensaña en parte de su población.
Las miradas en algunas calles son más de sorpresa que de hostilidad ¿Se habrán perdido estos guiris?
Todo está hecho polvo. Los parques infantiles, las aceras cuando las hay, el pavimento o los mercados tienen un aspecto decadente.



Sin embargo la muralla y toda la parte de Salé que mira al exterior, sobre todo el entorno del tranvía, lo que ven los turistas, ha sido restaurada a conciencia.
También su madrassa, la verdadera joya de Salé, está muy restaurada. Y entre lo más interesante, aunque muchos están vedados a no musulmanes, sus cementerios.
Junto al mar la Marina de Salé, una especie de Marbella aún más kitsch que la original y los barcos lujosos de quien se lo puede permitir.



Desde allí se puede ver el puente Hassan II, que conecta las dos ciudades. Por el precio de un billete de tranvía tienes todo un tour panorámico al cruzarlo.
Al otro lado Rabat.
En fin de semana el zoco y toda la zona de la Medina se abarrota. El ambiente es marroquí por el bullicio, pero las heladerías son típicamente italianas, las cafeterías muy francesas y las tiendas son el paraíso del Made in China.


Catedral católica de Rabat


Antigua ciudad de Chellah

Estuvimos en navidades, cuando vuelve buena parte de la emigración marroquí a sus lugares de origen, con lo que todo bulle de familias.
Hay que entender que el concepto fin de semana en un país como Marruecos es muy peculiar. El viernes es el día de oración, en que cierran muchos comercios y las mezquitas se llenan. Pero hay un fin de semana como lo entendemos cualquier europeo para ocio y compras.
Los porches de la Avda Mohamed V se llenan de músicos que tocan desde rock a música bereber y, si sale buen día, la gente se acerca a las playas o las teterías. La más turística sin duda la que mira desde los jardines andaluces al mar.


La ciudad también madruga, la vida nocturna es una cosa reservada a unos pocos extravagantes, aunque nos aseguran que hay discotecas.
Que se vende y consume alcohol es evidente, hace tiempo que no se esconde. Por la noche el aire atlántico sopla frío, para la última oración casi todo el mundo está en casa. En verano el fenómeno es el contrario en esta ciudad lejos del riguroso clima del interior.
Es tiempo de desayunar. Al punto de la mañana ya hay cus-cus y se puede coger un tren. Conducir en Marruecos es para valientes y el tren es barato y sorprende por su comodidad.
Seguimos viaje.



lunes, 13 de enero de 2020

Pedaleando Cuenca en Otoño

Para mi vergüenza, pese a estar a un paso, Cuenca es una provincia que tan apenas conozco, así que me propuse en el puente de Todos los Santos poner remedio a esta carencia. Y adelanto que fue una estupenda idea.



En una cueva junto al Júcar

La primera cuestión fue logística: llegar a la provincia de Cuenca en transporte público desde Aragón.
Cuenca tiene hasta AVE pero la provincia no tiene comunicación directa con Aragón, pese a ser limítrofe. Tocó pues coger furgoneta y plantarme en uno de los pueblos que forman parte del Parque Natural Serranía de Cuenca. Una  joya de parque y una lástima no haberlo recorrido antes.





La zona de la Serranía de Cuenca combina actividad ganadera tradicional, sobre todo cabras y ovejas, con un paisaje geológico alucinante y una masa forestal considerable.
Otoño es una época estupenda para visitarla. Todo el entorno del Júcar está en plena caída de la hoja con todo un abanico de colores.
Yo no elegí muy bien los días, pero no tenía otros, pues me recibió un tiempo bastante desapacible que combinó lluvia con viento persistente a ratos y bastante frío.



Trashumancia desde los puertos de Teruel

Empecé desde el pueblo de Huélamo, no de los más conocidos de la zona, pero muy cerca de la carretera principal y mirador natural sobre el Júcar.
Desde Huélamo parte la llamada Ruta de la Lana, que recorre varios pueblos relacionados con la esquila y el traslado de la lana, que enlaza con el Camino de Santiago del mismo nombre.




En un corto paseo se llega a Uña, pueblo pegado a una laguna artificial que se ha naturalizado y es un enclave de pesca donde es fácil avistar aves y también tiene muchas posibilidades de paseos por la naturaleza.
Hay que aprovechar si se quiere hacer alguna compra, pues tiene la única tienda en muchos kilómetros.



Laguna de Uña

Desde Uña sale la carretera a Cuenca capital, pero unos pocos kilómetros más adelante se coge la CM-2104 que nos lleva a la Ciudad Encantada.
Fue una subida incómoda porque la carretera llevaba bastante tráfico durante el puente.
Para colmo de males llegué a la hora del cierre y tan apenas pude disfrutar de las formaciones geológicas únicas de la Ciudad Encantada. En realidad a paso de bici tampoco es un gran problema puesto que todos los alrededores están sembrados de fenómenos similares. Formas caprichosas fruto de lo que se llama erosión diferencial.



Haciendo el tonto en la Ciudad Encantada

Se me fue echando la noche encima y en una pedalada, de nuevo lloviendo, fui a parar a una cueva que hace de abrigo al poco de pasar el pueblo de Valdecabras, junto al Júcar. Toda la zona está sembrada de estas oquedades naturales y esta, que está a un paso de la capital, es muy frecuentada por excursionistas.



Camino de san Isidro, cerca de Cuenca capital

Para llegar a Cuenca, personalmente, creo que es mucho más recomendable la ruta por el Camino de san Isidro, que gana altura, ofreciendo una estupenda vista panorámica y entra en la ciudad por el arco de Bezudo.
Sobre la ciudad, pues mejor verla. Una estupenda elección. Patrimonio de la Humanidad, muy bien conservada... Solo un defecto: ni un puñetero aparcabicis en todo la zona histórica de la ciudad.






Saliendo de Cuenca opté por volver por otro camino al punto de partida. Otra vez subida hasta Buenache de la Sierra, un pueblo que lucha por no desaparecer y al que ha dado mucha vida el artista local Fernando, con su bar-museo y sus troncosaurios a la salida del pueblo. Land art para pasar un buen rato.





El paisaje cambió de nuevo. A los 1300-1400m de altura en que transcurre el recorrido prácticamente solo hay pino negro y sabinas. La despoblación es tremenda, no hay un alma en kilómetros. La zona tampoco tiene cultivos y una escasa ganadería, además de algunas zonas acotadas para la caza.



Fuente de las Tablas

Dormí en la Fuente de las Tablas, donde está situado un albergue que no está abierto al público salvo reserva para grupos. De todas formas plantar una tienda de forma discreta o buscar algún techado donde instalarse a salvo de la lluvia tampoco es un gran problema. Aún así hay una pequeña oferta de casas rurales y apartamentos turísticos en toda la zona.



Desde allí hay otra corta tirada hasta Beamud, donde me pilló otro chaparrón y un viento racheado típico del alto de sierra en que se halla la zona.

La pista entre Buenache y Beamud

Para variar no había nada abierto hasta llegar a Huélamo de nuevo, donde me pude tomar un café. 
De camino, eso sí, hay unas cuantas zonas donde parar e incluso hacer fuego en temporada, alguna tan interesante como el ahora derruido molino de Juan Romero, a la orilla del Júcar. 
Visita fugaz a Cuenca, ganas de volver, espero que con mejor tiempo. Y una recomendación: si no conocéis la provincia hacedlo. Y si es en bici, mucho mejor.



Ficha técnica
Recorrido circular Huélamo-Ciudad Encantada-Cuenca-Buenache-Huélamo
Del 1 al 3 de Noviembre 2019
Kilómetros recorridos 136
Temporada recomendada: de mayo a noviembre







miércoles, 6 de noviembre de 2019

Georgia y Armenia en cicloturismo. Frontera armenia a Tiflis y fin de trayecto

No había electricidad en la frontera. Cambié los últimos dram armenios y me encontré de nuevo en Georgia.
No tenía tiempo de visitar Azerbaiyán, pero la zona fronteriza con Georgia me contaron que era un paseo por un mundo entre azerí y turco.



Uno de los muchos monumentos a los caídos de la Segunda Guerra Mundial

Tomates es la palabra. Era tiempo de cosecha y un guiri en bici era el objetivo perfecto para regalar el excedente. Terminé con varios kilos en las alforjas y unas cuantas conversaciones con personas de evidente origen azerí.
El Islam chiita es la religión en esta zona georgiana y la mayoría de la población habla azerbaiyano entre ellos, una lengua de origen túrquico que comparte con el turco un 80% de palabras.



Muerta en el Islam, muerto en la llamada Gran Guerra Patria




Candidatura de la minoría azerbaiyana en Georgia

Por el camino me crucé con varias mezquitas y cementerios musulmanes. También con una zona que vive de la huerta y los frutales, muy tranquila, salvo la carretera que conduce a la frontera con Azerbaiyán, por la que circulan bastantes camiones. Hay varias alternativas por carreteras secundarias pero no siempre bien señalizadas, así que lo mejor es preguntar. De todas formas ahí queda esta ruta, que más o menos es la que hice.

De la frontera con Armenia a la frontera con Azerbaiyán




Tuve suerte pues me pilló la lluvia en varias ocasiones y siempre pude ponerme a cubierto.
Cuando ya andaba un poco preocupado por el lugar para dormir recalé en una gasolinera y hotel en obras y los trabajadores que estaban construyendo el hotel me alojaron amablemente, me dieron de cenar y de beber. 



A altas horas de la noche con Mahmud

Desde entonces tenía aún unos días para disfrutar de otras zonas de Georgia, así que aproveché para visitar la ciudad más musulmana de Georgia, Marneuli, con un 80% de población azerbaiyana. Las mezquitas son de libre acceso para no musulmanes pero no tienen gran interés.



Mezquita chií en Marneuli

Desde allí me planteé conocer otro aspecto de la cultura georgiana que había dejado de lado: el vino.
Para ello tomé dirección noroeste hacia el pueblo de Asureti/Elisabethtal, sin saber gran cosa, más allá de que era una de las zonas vinateras no tan turísticas y que allí se había establecido una minoría alemana, procedente de Suabia, de la que aún quedan descendientes.

Frontera de Azerbaiyán a Asureti




Asureti/Elizabethtal

Otra vez con lluvia llegué a ese peculiar rincón de Georgia en que los rótulos están en alemán y las casas podrían estar en cualquier punto de Europa central. 
Para alojarse en Asureti solo hay un sitio que es la casa de Manfred Tikhonov, un germano-ruso que hace vino y coñac y que me ofreció una visita única a sus viñedos, aparte de buena comida y mejor bebida.



Una bodega en Asureti


Manfred Tikhonov, mi guía en Asureti

Es una lástima, pero la industria tradicional del vino está en plena decadencia en la zona. Así como las viejas casas de vigas de madera, una parte de las cuales están prácticamente en ruinas.
La visita es fácil incluso en transporte público y no pilla lejos de la capital. 
En bici es algo más complicado por el maldito viento del Noroeste que en Georgia, ya lo comenté en una entrada anterior, es un verdadero problema.
Pude visitar una bodega de 200 años de antigüedad y pillar una cama, que no me vino mal.




Antigua embotelladora, hoy en ruinas, de 200 años de antigüedad


Tras tan buen trato me quedaba terminar mi viaje. Una corta tirada hasta Tiflis y el último día por la ciudad que aproveché para hacer compras y conocer un poco más una urbe de lo más estimulante y que se va poniendo de moda. Ya comenté algo sobre esta ciudad en una entrada anterior.

Asureti a Tiflis

Quedaba otro agónico recorrido hasta el aeropuerto, gracias al infernal tráfico de Tiflis, sin duda lo peor de esta ciudad. Allí desmonté la bici como bien pude y la envolví. Gracias al amable pasajero que me echó una mano ahorré bastante tiempo.



Adiós Georgia

Partir es morir un poco dicen. El Caúcaso me enganchó y me han quedado ganas de repetir.
En todo caso, seguro que, una vez más, los pedales me llevarán siempre un poco más lejos...

lunes, 14 de octubre de 2019

Georgia y Armenia en cicloturismo. Del lago Sevan a la frontera con Georgia

Salí del lago Sevan por la carretera sobre la ruta de la Seda. La Ruta de la Seda fue una vía comercial que tuvo muchas ramificaciones, una de las cuales discurría en parte por las actuales Armenia y Georgia.



Está indicada y es una forma de recorrer el país que yo no seguí, pero que es una buena alternativa.
Desde el lago Sevan es importante esquivar la carretera principal para evitar un túnel de varios kilómetros lleno de tráfico.
La  carretera gana altura y del paisaje bastante seco del resto de Armenia pasé a todo lo contrario en el Parque Nacional de Dilijan. Una zona de bosques húmedos muy densos llena de especies como el oso pardo, ciervos, lobos, linces, con lagos y varios puntos de interés histórico.
En la carretera me encontré a Grigory, un feliz encuentro con otro ciclista que, además, hablaba inglés y me sirvió de guía en el pueblo que da nombre al parque Nacional, Dilijan.
El pueblo ofrece una curiosa combinación de viviendas tradicionales, edificios destartalados en pleno centro y hoteles bastante lujosos.
En primavera, tras la hibernación, es fácil que los osos se acerquen a la carretera y al mismo pueblo. Me enseñaron fotos de ello.



El concepto de parque Nacional cambia radicalmente de esa especie de santuario que concebimos por aquí.
Hay bastante tráfico y, por desgracia, mucha basura que afea zonas preciosas de hayedo o robledal.



Restos de basura en pleno parque nacional





Parque Nacional de Dilijan

Me animé a subir hasta el Monasterio de Hagartshin, otra agrupación de iglesias medievales típicamente armenia, aunque en este caso mucho mejor conservada que otras con las que me encontré (o mejor restaurada).
Coincidí con una boda y todo su ritual ¡Maldito mi pudor para no ejercer de guiri y sacar alguna foto!
El entorno es lo mejor de este monasterio. Enclavado en pleno bosque y rodeado por un río. La zona tiene varias posibles excursiones a pie por el entorno.






Monasterio de Hagartshin

La bajada fue fácil y, justo mientras comía a cubierto, cayó una tromba de agua que inundó parte de la carretera, por lo que tuve que desistir de visitar el monasterio de  Goshavank, otra de las joyas de la zona.
Seguí con precaución hasta Ijevan, cruce de caminos y mercadeo de toda la provincia.



Ese día necesitaba un afeitado

Aproveché para dormir en una cómoda pensión con vistas al parque Nacional y también para hacer compras. Me agradó el paso por la ciudad, no tan bonita como su entorno, por callejear, hacer compras y regatear con mis balbuceos rusos.
Se nota que la zona es pobre y la economía básicamente agrícola. El lujo más común es el café y, como no, el vodka de diferentes calidades abunda.





Vida cotidiana en Ijevan

Desde Iljevan sale la carretera hacia la frontera georgiana que va en paralelo a Azerbaiyán, país en conflicto permanente con Armenia.
La zona está militarizada y hay controles de carretera, aunque en mi caso los militares más bien se dedicaban a saludar con curiosidad al cicloturista.



En toda la carretera se circula por zonas desde las que se divisa el país vecino y toda la margen derecha, mientras pedaleaba, era un páramo sin construcciones, como mucho alguna casa abandonada.
Llamativo también el silencio y la recomendación de no circular en coche para los extranjeros.



Pese a lo que ponga GoogleMaps en ningún momento entras en territorio azerbaiyano. Eso sí, ves claramente a los soldados del otro lado. Esto está rigurosamente prohibido y avisado.
También me encontré carteles alabando a los héroes militares armenios como el polémico Monte Melkonian, artífice de la independencia u ocupación (según la versión armenia o azerí) de Nagorno Karabaj.


Cartel de Monte Melkonian

El paisaje en la zona se vuelve algo más seco, similar al clima mediterráneo. Hay muy poca población y por eso paré en Noyemberyan para encontrar algo de comida y un poco más adelante un campo donde plantar la tienda. La etapa fue larga y dura, con constantes sube-bajas del 9% y mucho calor.



Mirando hacia Azerbaiyán

Dormí como un tronco y acompañé al río Debed por tierra de frutales, sobre todo melocotones e higos, que me recordó a algunas partes de Aragón.



En un llano paseo me planté en la ajetreada y llena de camiones frontera con Georgia.
Con pena me despedí de Armenia, un país que disfruté mucho, aunque no sea precisamente fácil por su perfil tan montañoso. Todo lo contrario que su gente, fácil de palabra y amable.




Nota: Las rutas a pie son las mismas a seguir en bicicleta. Google Maps no es fiable en estas rutas por carretera