jueves, 8 de agosto de 2019

Erevan y Tiflis, dos capitales del Cáucaso


Dos ciudades no son dos países, pero cuando agrupan a más de la mitad de la población de sus estados, bien pueden ser un espejo donde se refleje la realidad social de los mismos.
Es más, a lo mejor hasta en un breve paseo, una mirada atenta y unas pocas conversaciones (si consigues hacerte entender) te puedes dar idea de lo que está sucediendo en Armenia o Georgia.



Narikala, fortaleza de Tiflis

Un paseo, por ejemplo, por la avenida Rustaveli, donde se ubica el parlamento georgiano, en manifestación permanente contra un inestable gobierno que acaba de cambiar de presidente y con un líder de la oposición que ha eludido la cárcel gracias a una fianza millonaria.



Acampada de protesta frente al Parlamento de Georgia

Una mirada incluso breve revela una más que evidente animadversión hacia Rusia y la presencia de una de las vías de negocio del país: el juego.
Porque en Tiflis hay casinos. Muchos y muy variados. Desde el lujo desmedido hasta el cutrerío más infame mezclado con la prostitución.



Uno de los muchísimos casinos que hay en Georgia

O qué decir de una vueltecita por el ordenado centro de Ereván con su aire retro que trae un regusto soviético. No solo por los uniformes de la policía o por sus monumentos (en Georgia los han quitado casi todos) sino por cuestiones mayores como el urbanismo que reproduce fielmente el sistema de anillos y avenidas transversales de Moscú.
Por contra el casco histórico de Tiflis ha conservado el encanto medieval, muy al contrario que muchas otras ciudades de la antigua URSS, que sufrieron demoliciones de edificios singulares a mayor gloria del hormigón.





Tiflis es una ciudad de gran patrimonio arquitectónico en que lo mismo puedes encontrar desvencijados edificios Art decó, incluidos en la lista de patrimonio amenazado de la ciudad, que casas otomanas mejor conservadas que en la propia Turquía o extravagantes edificios del modernismo soviético. Y, como no, sus ejemplos de arquitectura contemporánea, algunos más afortunados que otros, como el puente de la Paz, y otros perfectamente olvidables.



Puente de la Paz

Por supuesto iglesias, de las que tanto Georgia como Armenia están sembradas, aunque para los acostumbrados a las fastuosas construcciones del Sur de Europa estos templos se antojan modestos. También tiene su mezquita, sinagoga y hasta un templo del fuego zoroastriano del siglo V en el barrio de Betlemi, encerrado entre patios de vecinos.



Barrio de Betlemi, Tiflis

El río Kura, en otro tiempo límite de la ciudad, ahora se ha transformado en una suerte de arteria central, bastante contaminada, que sirve para definir una ciudad que ha ido creciendo por los cerros que la rodean. Puedes estar a 300 metros de altura o a 800 sin dejar de pisar calles habitadas.



Vista del río Kura. Iglesia de la Asunción y estatua del rey Vakhtang

Y si algo caracteriza a Tiflis también es un tráfico ensordecedor y caótico que parece querer expulsar al peatón de la calle. El coche es el absoluto protagonista y su ruido acompaña al visitante a cada rincón. Con todo lo que significa en países donde puede circular lo mismo un vetusto Lada de los 80, que un autobús propulsado por bombonas de gas en el techo o un híbrido último modelo.



Uno de los muchos vehículos destartalados que puedes encontrar (y este está casi bien)

Frente a la caótica Tiflis la propuesta de Ereván es la de una ciudad totalmente cartesiana y que ha sabido combinar espacios peatonales, parques, grandes avenidas y un tráfico denso pero que se mueve por cuatro arterias principales.




Ereván desde el Complejo Cascada


También la idea de ciudad más occidental con sus barrios residenciales en el extrarradio y viviendas de alto standing. La comunidad armenia en diáspora es muy grande y, en algunos casos, acaudalada.



Duduk, instrumento tradicional armenio

Ereván es moderna, muy moderna. De hecho, revisando un poco su historia reciente, se descubre una ciudad interesada por las vanguardias y que ha hecho de un espacio de arte contemporáneo uno de sus mayores atractivos turísticos. El llamado Complejo Cascada alberga un parque de esculturas de algunos de los referentes contemporáneos y un espacio expositivo dividido en varias terrazas que trepa por una colina y en su interior alberga el Centro de Arte Cafesjian. Este magnate neoyorquino aprovechó el mamotreto de 300m de altura para llenarlo de sus pasiones personales por el arte de vanguardia y el resultado es muy estimulante.



Complejo Cascada y parque de esculturas, Ereván


Por otro lado, dentro del nacionalismo furibundo del que hacen gala todos los pueblos del Caúcaso, los armenios han construido mucho mejor el relato. Es por ello que han sabido cuidar su herencia histórica más allá de glorias militares y han creado instituciones como el impresionante Matenadaran, uno de los más importantes depósitos de manuscritos del mundo.



Matenadaran

No falta el museo sobre el Genocidio Armenio, en el extrarradio. Y una multitud de pequeñas casas-museo dedicadas a todos los personajes de la cultura armenia, además de la tradicional agrupación de edificios típica de las grandes ciudades rusas: auditorio, teatro, teatro de marionetas y compañía de danza. Todos ellos con temporada estable.



Teatro de la Ópera de Ereván

Pero si prescindimos de la mirada a lo más turístico la compleja política local y hasta la geopolítica, como ya he dicho, se ve por todos los rincones.
A veces hay que mirar al cielo y, a lo mejor, sorprendes un caza ruso de la base de Giumry, situada en el Noroeste armenio. Los rótulos en cirílico también señalan que el aliado ruso está muy presente. Aunque la relación armenia sea más de vasallaje que de alianza.



Manifestación patriótica de colegiales en Ereván


Es en la cesta de la compra donde más se nota el peso del gigante del Norte. Desde las conservas al papel higiénico casi todo viene del poderoso vecino y este patrón se repite en Tiflis. No se puede entender la historia del Transcaúcaso sin la de Rusia y la URSS. Son inseparables.
Pero volviendo a la actulidad, en Georgia se habla de corrupción y del peso de la mafia con la mayor tranquilidad. Es parte del paisaje cotidiano y a lo mejor es por ello que hay cierta añoranza mal disimulada de un personaje como Stalin y su mano dura.



Antiguallas soviéticas en el rastro de Tiflis

Aún así los tiempos de la criminalidad desbocada han pasado y las dos ciudades son ideales para recorrer a pie. Las distancias entre los atractivos turísticos no son muy grandes y ello permite parar en cualquiera de los locales a tomar algo. Puede ser lo mismo vino que cerveza, el omnipresente vodka o los licores locales como la chacha, una especie de orujo georgiano. Si bebes con un local, hacerlo solo una vez es de mala educación, así que prepárate para la segunda copa.



Porque el alcohol va paralelo a la vida, aunque sea un vicio casi exclusivamente masculino. Se bebe mucho y por cualquier motivo y el alcoholismo es una discreta enfermedad social.
Pero mejor seguir caminando. Si las copas te dejan, podrás leer la historia que cuentan las miles de banderitas de la UE que se ven en las calles. En tiempos de Brexit y anti-europeísmo georgianos y armenios quieren ser los más europeos de todos. La UE se deja querer y suelta dinero.



No hay que escatimar ninguna posibilidad de negocio y la geopolítica juega a a favor de países situados en un territorio de fronteras que se parte entre musulmanes y cristianos, chíitas y sunitas, pro-USA y pro-rusos. Y que reparte alianzas o enemistades con Turquía, con Irán o con Ucrania.
Toda esta ensalada política y de intereses atrae una mezcla curiosa de minorías en la que puedes encontrar azeríes, tártaros, iraníes, árabes del Golfo con mujeres enlutadas, rusos y turistas, una minoría que va creciendo.
Para relajarse, no es mala idea una visita a Abanotubani, el barrio de aguas termales de Tiflis o, para fumadores, una pipa de agua en algún local de Ereván. Mejor no decirlo en el lugar, pero los armenios conservan costumbres con paralelismos muy evidentes con Turquía.
Dos ciudades, muchas historias que cuentan el Caúcaso sur y que comparten cierta obsesión por parecerse a Occidente. En un salto de tren puedes conocer las dos, antes de que la globalización las termine de uniformizar.
Mejor ahora que más tarde. En el Caúcaso la historia corre más rápido que las personas.

















jueves, 16 de mayo de 2019

Un recorrido natural y preocupado por el Jalón

Gracias a la gente de arainfo que me publicó este artículo

El río Jalón es el afluente más caudaloso de la margen derecha del Ebro.

Es un río que riega miles de hectáreas de cultivos, que alimenta industrias, que da de beber a poblaciones. Un río muy vivo y muy aprovechado. A veces más que aprovechado explotado hasta la última gota.
En sus orillas crecen proyectos absurdos como el embalse de Mularroya, uno de esos despropósitos en forma de obra hidráulica tan típicos de España, otros de industria ‘sucia’ como la cementera de Morata, pero también es fuente de vida para miles de familias de la agricultura aragonesa.
Y ahora llega a Épila el complejo industrial de Guissona, dispuesto a beber y verter al río.
Un río de ríos, con multitud de cursos que caen en él desde las sierras que atraviesa. Desde caudales constantes como el Jiloca a pequeños barrancos sin nombre.
Este artículo no es una visión fría. Es el resultado de un recorrido ciclista, tranquilo, que salió de la llamada Serranía Celtibérica en la provincia de Soria.
Le llaman la Laponia del Sur, víctima de la despoblación y el abandono institucional. La otra cara de la moneda son los últimos kilómetros del río, hasta casi la entrada de Zaragoza, territorio de fábricas y unifamiliares.
Tradicionalmente el Jalón ha sido aprovechado desde tiempos de los celtíberos. Los romanos construyeron su calzada XXV tomándolo como referencia y en la época moderna ha sido sendero natural entre Aragón y Castilla.
Hace siglos se extraía ya sal de cerca del nacimiento. Vino la minería, la agricultura y ganadería, primero de autosuficiencia, luego feudal, de señoríos y, con la mecanización, la agricultura extensiva y, casi al mismo tiempo, la despoblación.
Para verlo todo, o al menos una parte, una recomendación: coge el tren y remonta el río. Uno de esos trenes regionales como de otro tiempo que todavía cruzan el interior de la península.
Paso lento y un paisaje para tomar con tiempo y un libro. Los lugares en los que para el tren tienen suerte. Muchos otros pueblos languidecen a falta de transporte decente.
Porque el entorno del Jalón se revela como territorio de contrastes. Una flamante autovía junto al cauce comunica Zaragoza y Madrid. También una línea del AVE con sus viaductos, auténticos monstruos de hormigón.
Al lado mismo carreteras secundarias, la antigua N-II, convertida en una pista parcheada y unas vías de ferrocarril con un trazado del XIX.
El río se encañona en sus primeros kilómetros y muestra su patrimonio natural. Varios hitos que se encuentran junto a todo el recorrido hasta Ricla: Buitreras, relieve abrupto, antiguos azudes y molinos en ruinas.
El Jalón es tierra de frutales, pero con ellos vienen los agroquímicos. Aunque la claridad de sus aguas en algunos tramos puede llamar a engaño, los índices de contaminación son altos.
Tampoco es ajeno a la invasión de granjas. Pollos y cerdos se hacen evidentes hasta para la nariz menos sensible. Sus purines se han convertido en un problema y filtrado a los acuíferos. Algunos pueblos, como Cetina, tienen problemas con su agua de boca.
El cauce se esconde en los pliegues del terreno al acercarse a Alhama de Aragón, pueblo balneario con un toque decadente y nos deja en Calatayud tras pasar por la industriosa Ateca. Aquí es la industria la que empieza a beber del río y sus afluentes.

El Jalón a su paso por Alhama de Aragón.
Y desde Calatayud una de esas carreteras perdidas que son una joya para recorrer en bici, la Ronda Campieles, que nos lleva hasta Embid de la Ribera y Sabiñán por un paisaje deshabitado. Ha terminado el invierno, nadie se ha molestado en recoger los caquis que sirven de comida para pájaros. Almendreras y olivares abandonados rodean la carretera.
Avanzando junto al cauce te encuentras con los aportes de agua de varios ríos: Piedra, Manubles, Aranda, Grío… Y pasando Morata las obras del pantano de Mularroya.

Cementera de Morata de Jalón. 
A saber a quién se le ocurrió un despropósito como Mularroya, que puede secar al mismo tiempo el Jalón y el Grío, intentando represar un río con un caudal muy escaso y un estiaje muy fuerte.
Como solución se va a construir un túnel para trasvasar el agua desde el Jalón, obra muy costosa que detraerá caudales y a la que se oponen parte de los habitantes de la zona.
Ironías del regadío: Se acumula agua para regar más, lo que hace que la mayor producción tire los precios y, al final, parte de la producción se queda en el árbol.
Cuando el Jalón se acerca a la llanura es territorio de cultivo extensivo. Los migrantes de varias nacionalidades trabajan en las grandes explotaciones y mantienen las naves donde se congela la fruta para la exportación. Los polígonos frutícolas se suceden. Se escucha hablar en árabe o rumano más que en castellano. El envejecimiento cada vez más acusado de la población local obliga a que acudan nuevas manos a ayudar.
Por el camino se cruzan conejos, muchos, casi una plaga. Parece ser que su introducción artificial en cotos de caza ha hecho que se reproduzcan por miles a falta de depredadores.
También la población humana empieza a crecer ostensiblemente. Muchas naves y la industria necesita agua. Por suerte las carreteras secundarias y los caminos agrícolas evitan el tráfico enloquecido de la zona.
Cualquiera puede ver un segundo impacto ecológico como es la contaminación dispersa por sólidos. Desde envoltorios de todo tipo, cajas, envases, hasta vehículos abandonados.

Vehículo abandonado junto al cauce del Jalón.
Muy cerca del polígono industrial de Épila las ruinas de un antiguo molino recuerdan a otros usos. En los llanos más frutales y cereal, el paisaje combina la fábrica de Opel PSA con el Moncayo al fondo.
Es el bajo Jalón y aquí los polígonos han proliferado y piden más y más agua. Las exigencias de Guissona son claras: necesitan una concesión de agua de al menos 5,5Hm3 anuales. Como un pantano pequeño para ellos solitos. Y el gobierno aragonés ha dicho sí. Eso sin tener en cuenta el vertido que llevará aparejado.
El río se encuentra con el Canal Imperial y la que, para sus tiempos, fue un reto de la ingeniería: la muralla de Grisén, en realidad un acueducto,  construido en 1780 que salva el cauce por encima.
En el recorrido nos cruzamos con el Camino de Santiago del Ebro, con la ruta Cervantina y con cientos de personas que hacen BTT, corren, pasean. Deporte junto a la actividad febril de los cientos de camiones que circulan por Alagón.
La industria se sucede, el tráfico es intenso y Zaragoza ciudad casi llega hasta allí con sus urbanizaciones dormitorio.
La extracción de áridos ensancha el cauce. Graveras en desuso y el paraje de la Virgen del Castellar donde el río se funde en un caudaloso Ebro, junto a la barca de Torres de Berrellén, que ya solo funciona unos días al año.

Desembocadura del Jalón en el Ebro.
En Alhama de Aragón, cerca del Jalón, José Luis Sampedro pasó días tranquilos y nos dejó un libro delicioso: El río que nos lleva. Aunque la historia transcurre en el Tajo, el libro en sí es una metáfora de la vida misma, como lo es cualquier río, símbolo de la cotidianidad.
En este caso el Jalón no puede ser más ilustrativo de la realidad aragonesa: despoblación, agricultura intensiva, granjas factoría pero también pastoreo tradicional. Industria en torno a las cabeceras de comarca, contaminación de las aguas y a veces sobreexplotación.
Río vivido, explotado, pendiente de conocer y, ya de paso, de respetar.

martes, 14 de mayo de 2019

Rodear la Laguna de Gallocanta, mejor en primavera

Si hay un momento para visitar la laguna de Gallocanta, a caballo entre Zaragoza y Teruel, es sin duda cuando miles de grullas acuden a ella a pasar el invierno. Eso sí, prepárate para pasar frío del bueno en ese altiplano inclemente.
Ahora bien, si lo que quieres es rodearla en bicicleta sin duda lo mejor es la primavera.
Existen varios senderos que circundan la laguna casi en su totalidad, salvo un pequeño tramo de carretera que nos lleva hasta Bello. También hay escapes en todo momento que nos permiten volver a la carretera, muy cómoda y poco transitada.
No es necesaria una bici de BTT, ni siquiera suspensión. Nos podemos arreglar con unas ruedas sin mucho taco, aunque no nos servirá una de carretera, desde luego. No hay muchas piedras y tan apenas cuestas, pero si ha llovido el terreno sí que puede volverse problemático.


No asustarse, fue solo un mal momento

Optamos por principios de mayo, con una temperatura diurna agradable por regla general y heladora por la noche, como fue nuestro caso, en que llegó a los -2ºC. Otra vez cicloturismo en familia con nuestra hija que cumplirá 3 años, osea que la ruta es fácil (o no tanto).
Un buen consejo es que estés preparado para cualquier tiempo y cambio de clima. Suele hacer un viento incómodo y el clima en verano es tórrido y en invierno es para valientes. Son frecuentes las tormentas y los cambios bruscos de temperatura.
Un problema es llegar en transporte público. Te puedes acercar en bus hasta Daroca o en el único bus diario que te deja en la parada de empalme de Gallocanta, la siguiente al pueblo de Santed si no tienes problema por cargar la bici en él. Algo más cómodo es tomar el tren hasta Calamocha y desde allí unos 20km de leve cuesta arriba.


Vista parcial de la laguna desde el castillo de Berrueco

Finalmente cargamos las bicis en furgoneta y paramos en el aparcamiento del centro de interpretación junto al pueblo de Gallocanta. Es el mejor punto de partida y se puede hacer en dos sentidos.
En el recorrido en torno a la laguna hay varios pueblos, todos ellos con bares donde tomar un café o comer y se puede comprar pan y algunas cosas básicas. Pero la tienda más cercana está en Used, así que mejor ir pertrechados de lo que haga falta.
Por lo demás el recorrido fue cómodo, prácticamente llano y en él nos encontramos con muchas aves, el mayor patrimonio de Gallocanta. Desde alondras, escribanos o carriceros a, en las mismas aguas de la laguna zarapitos, fochas, ánades y un aguilucho lagunero de caza.



Primavera también es la mejor estación porque es cuando los arroyos y acuíferos de los alrededores están vertiendo a la laguna y es fácil encontrar ranas, cangrejos de río, algunos peces e incluso, con suerte, pequeños mamíferos que acuden a beber. Hay corzos, zorros y jabalíes, aunque no son fáciles de ver. En esta ocasión la bulliciosa presencia de nuestra hija no ayudó a ello.


Paramos en varios de los observatorios de la laguna, todos en excelente estado de conservación.
Es un espacio protegido y es prioritario no molestar a la fauna, así que hay que respetar las indicaciones de prohibido el paso, incluso a pie.
Todo el entorno es también tierra de cereal y ganadería. De hecho los excesos de la agricultura hicieron que Gallocanta estuviera a punto de desaparecer al no recibir aportes de agua de los acuíferos del entorno.
También se encuentran en las orillas los chopos cabeceros, muy típicos del Sur de Aragón, de los que se iban talando sus ramas periódicamente para aprovechamiento desde forraje a vigas de casa.


Chopos cabeceros


Una pequeña crítica es la falta de recogida de basuras. Encontramos muchas papeleras y algunos contenedores a rebosar.


Llegando a Bello comenzó viento de frente y racheado. Desde allí parte una pista que rodea la laguna y que es una opción más larga que tomar la carretera. Eso sí, te perderás los llamados ojos. Pequeños círculos de agua llenos de vida y los carrizales que los rodean.



Se puede seguir por carretera hasta las Cuerlas y de allí tomar de nuevo la pista de tierra que remonta levemente hasta la ermita del Buen Acuerdo, con un merendero, baños (no siempre abiertos) y a cubierto del incómodo vientecillo.
Eso sí, una vez allí es importante seguir la señalización. Hay caminos más cortos, es cierto, pero te conducen primero a una empinadísima cuesta y luego, en temporada de lluvias, a varios pasos inundados, dos de los cuales se pueden sortear con puentes precarios y un tercero que cubre hasta más arriba de la rodilla, con suerte.
No siempre el camino más corto es el más breve.


Hay quien pasa más fácil

Desde este punto ya es un cómodo último kilómetro hasta el pueblo de Gallocanta y su albergue Allucant, un lugar amable que lleva funcionando casi 25 años y que es totalmente recomendable.
En resumen, si no conoces Gallocanta ya es tiempo de hacerlo. Y si ya la conoces, vuelve en primavera y disfruta del paseo.



Ficha técnica


4 de mayo 2019
Distancia total: 34 kms pistas agrícolas, camino y carretera.
Bicicletas VSF Manufaktur Deore T-300 con asiento infantil y Orbea Travel ambas con neumáticos Schwalbe Marathon Plus anti pinchazos.
Transporte: Un bus diario Zaragoza-Molina de Aragón que deja en el cruce de Gallocanta o tren hasta Calamocha (4 al día desde Zaragoza y Teruel, dos desde Valencia)



Fuente: PRAMES








lunes, 25 de febrero de 2019

Sta María de Huerta-Tudela. Cruzando la Soria despoblada

Mi planteamiento para este fin de semana, invernal pero con sol, fue simple: cruzar el Este de la provincia de Soria por su parte más despoblada. Lo conseguí y encontré rutas tranquilas, fáciles y gente amable.
Arranqué desde Santa María de Huerta, primer pueblo de Soria saliendo desde Aragón, donde se toma el Sendero Ibérico soriano, GR-86, una ruta bien señalizada por pistas agrícolas sin grandes subidas ni bajadas en este tramo. Hasta Torlengua no hay que dejar las marcas rojas y blancas.
Una nota interesante. Lo que tengas que comprar que sea en Sta María, porque, siguiendo la ruta que propongo, no encontrarás otra tienda en 60km.
Se llega allí con tren regional, un trayecto bonito que solemos llenar los ciclistas.



Monteagudo de las Vicarías es uno de los muchos pueblos con castillo de la zona. De hecho encontré castillos en ruinas por todo el recorrido. Fue tierra de frontera entre Castilla y Aragón en conflicto permanente. Un paseo con sol a mediodía, parada en la plaza y algún turista.



Desde Monteagudo a Torlengua y el camino se vuelve totalmente solitario. Parada y comida en Torlengua y de allí se toma de nuevo la GR-86 aunque el sendero se abandona para llegar a Mazaterón. Conveniente guiarse con el amigo Google Maps.


Desde Mazaterón, siguiendo el río Henar por carreteras más que secundarias y alguna pista agrícola, me fui acercando hacia el Moncayo, del que se tiene una vista privilegiada buena parte del camino.
Todos los pueblos que encontré por el camino tienen de 5 a 20 habitantes en invierno. No esperes poder tomar un café porque no hay bares abiertos salvo en Cardejón.
Pasé un rato agradable en el establecimiento de la señora Rosa junto a la carretera N-234. Es un bar tan pequeño que es fácil pasarse de largo.
Intencionadamente esquivé las poblaciones más grandes como Gómara.




Aún así la despoblación da imagen de una realidad acuciante: Soria languidece. Ya ni cereales se ven en muchos tramos y sí campos abandonados, algo de ganadería y poco más.
Mucho tiene que cambiar el rumbo de la historia para que llegue a repuntar la provincia, como tantas otras de la España interior atrapadas por una demografía en descenso.

En Cardejón planté la tienda en el viejo lavadero (tampoco es fácil encontrar alojamientos) y amanecí a -3ºC. Cosa habitual en esta época del año. Así apetece pedalear con más brío.
Desde Cardejón un tramo de camino y luego una confusión que me hizo tomar la C-101 hasta Noviercas, aunque hay otra posibilidad más tranquila pero más incómoda de ir por camino hasta Ólvega.


Noviercas obliga a coger un camino paralelo a la carretera y llega un momento en que hay que tomar la CL-101 que sube hacia el puerto de Carrascal. Desde allí es una cómoda bajada y por fin una localidad de cierto tamaño, Ólvega. Termina la zona más despoblada y tímidamente va apareciendo algo de industria y dos localidades muy animadas: Ólvega y Ágreda.



Ágreda tiene un casco histórico bastante grande que da idea de su pasado señorial. También algunos bares no menos interesantes y asequibles.
En esta localidad, como a lo largo del camino, te encuentras con restos de la desaparecida línea de ferrocarril que permitía conectar con Zaragoza.
Puede que no sea el medio más usado, pero de donde desaparecen las vías a veces termina desapareciendo la gente.




Desde Ágreda hay pocas alternativas ciclables, así que lo mejor es coger la carretera a Tarazona, que incluye meterse dos kilómetros por un feo final de autovía y tener la privilegiada vista del Moncayo a la espalda y de frente el Pirineo. La carretera se calma un poco al desviarse hacia Tarazona, eso sí.



No me detuve mucho en Tarazona, pues la conozco de sobra, pero es una ciudad que ha enfrentado una intensa restauración y que es imprescindible visitar. Su empinado casco histórico es imponente.






Desde Tarazona a Tudela es una bajada fácil por la Vía Verde del Tarazonica, sobre el antiguo trazado del ferrocarril.
Por desgracia no tiene fuentes disponibles, pero todo lo demás está habilitado perfectamente: merenderos, aparcabicis, zonas de sombra y accesos fáciles a varios pueblos.
Es muy fácil detenerse en pueblos que están junto a la vía como Malón, Tulebras o Cascante.
22km y en Tudela. Tren a Zaragoza y un trayecto que recomiendo para quienes gusten de los parajes solitarios, algo de patrimonio y algo de fauna silvestre.





Ficha técnica


Ruta Santa María de Huerta-Tudela de Navarra 144km en total.
Pistas de tierra y carreteras secundarias.
Tren hasta Santa María de Huerta 15,30€ desde Zaragoza bici incluida
Tren Tudela-Zaragoza 6,30€
Varias combinaciones de trenes a Zaragoza, Madrid, Logroño y Pamplona.
Gasto total en los dos días 30€

Bicicleta VSF con alforjas Ortlieb y bolsa delantera Norco