viernes, 6 de septiembre de 2019

Georgia y Armenia en Cicloturismo. De Tiflis a la frontera armenia

Cumplir 50 añitos es un motivo de celebración bastante bueno como para regalarme este viaje cicloturista en solitario, que recorrió un poco más de 1000km por el Caúcaso sur o Transcaucasia. Una zona de grandes convulsiones políticas y conflictos bélicos recientes que está llena de tranquilas carreteras secundarias, gente majísima y paisajes que merecen de sobra el gasto en avión.
Al final de esta entrada adjunto ficha técnica que repetiré en la última de este viaje. Espero que os sea de utilidad.
Para empezar, algo práctico, el vuelo a Tiflis. No hay vuelos directos a la zona. Está la posibilidad de volar con Turkish Airlines a Georgia y Azerbaiyán o con Aeroflot a Armenia como las dos opciones más económicas haciendo transbordo en Estambul o Moscú. Ninguna de las opciones es cómoda e implica llegar a horarios que pueden ser horribles, como en mi caso que llegué a Tiflis a las 4,30 de la mañana.
Tiflis puede ser la peor pesadilla de un ciclista y hay que tomarlo con calma. Conducción muy agresiva, coches muy contaminantes, ruido infernal... Como muestra sirven los 16km hasta el Casco Histórico desde el aeropuerto.
El peatón ha sido totalmente expulsado de la ciudad por el coche y a nadie parece importarle. Se ven pocos ciclistas y con el único que hablé lo tomaba con resignación.
Lo positivo es que desde un principio encontré gente dispuesta a ayudar. Gracias Bacho por tus orientaciones en la ciudad.
Me alojé en un hostel en el casco histórico, la parte que más merece la pena de la ciudad y donde se concentra la mayor parte de los alojamientos y cometí el error de intentar hacer turismo en bici. Sinceramente es mejor a pie.
Para referencia sobre turisteo en la capital georgiana puede servir lo que escribí en la entrada anterior.
Opté por seguir una ruta hacia el Oeste para luego tomar dirección Sur hasta cruzar la frontera armenia.

Ruta aproximada de estas cuatro etapas

La salida de Tiflis mejora las cosas en cuanto al tráfico. Si bien los primeros kilómetros es un infierno parecido a la capital, en cuanto se deja la carretera principal, parecida a la autopista, espera una secundaria de la que sale a su vez una pequeña carretera que nos lleva al Monasterio de Jvari.



Monasterio de Jvari

Este monasterio es un mirador imprescindible sobre el cruce de dos ríos, Kura y Aragvi y el meandro en que se encuentra Mtskheta, siguiente parada de la ruta y lugar más sagrado para la religión ortodoxa georgiana, además de patrimonio de la Humanidad.






Mtskheta desde el Monasterio y Catedral

Mtskheta es un no parar de misas, bodas y bastante turismo. Aquí se nota que Georgia y Armenia se están poniendo de moda.
Pero también es una auténtica joya, ahora en proceso de restauración, sobre todo de sus delicados frescos medievales.




Desde Mtskheta (pronúnciese jeta) lo mejor es tomar la carretera secundaria que nos lleva a Gori a través de una serie de pequeños pueblos donde se puede empezar a tomar contacto con la Georgia rural. Interesante evitar Kaspi y sus alrededores, una zona industrial muy contaminada y sin nada que ver. Hay que seguir siempre la ribera sur del río Kura y todo será más fácil y cómodo.






Eso sí, no hace falta fijarse mucho para darse cuenta que Georgia es Europa pero está muy lejos aún de los estándares de calidad de vida de la otra Europa, en la que vivo yo.
Hay aún agricultura y ganadería de subsistencia y solo encontré asfalto en las carreteras principales en esa parte del país. El resto son, básicamente, pistas de tierra y no andan sobradas de indicaciones, así que mejor llevar mapa propio o preguntar.

Tiflis-Monasterio de Jvari
Mtskheta-Grakali

Para dormir opté por acampar por libre junto al río en la localidad de Grakali. La acampada libre está totalmente aceptada y ni tan siquiera la policía te dirá nada.
Comencé el día siguiente en la pequeña ciudad de Gori.
Esta ciudad es la cuna del georgiano más famoso de todos los tiempos: Iósif Dzhugashvili, más conocido como Stalin.
Si esperas encontrar la mínima crítica a semejante personaje Gori no es el lugar. El museo es totalmente laudatorio y hasta se conserva su casa natal como si fuera una especie de portal de Belén.


La ciudad, por lo demás, no tiene gran cosa que ver. La fortaleza está prácticamente en ruinas (como la mayoría en Georgia, por otro lado) y es una ciudad pequeña que muestra cierta añoranza por el abyecto personaje que la puso en el mapa.



Fortaleza de Gori

Desde Gori empezó, eso sí, algo de lo que ya me habían avisado: un viento terrible que sopla desde el Oeste, similar al cierzo aragonés y que es especialmente frío hasta en verano. Un verdadero suplicio al que se añade que tuve que recorrer por una autovía llena de tráfico 25km hasta Kareli.
Desde Kareli la mejor opción es tomar la carretera secundaria que va por pueblos pequeños y que te deja en Khasuri, una localidad que no tiene nada de especial, pero que es un nudo de comunicaciones ideal para descansar y hacer pequeñas excursiones.



Uno de los muchos monasterios fortificados

En Khasuri me alojé en el mejor establecimiento del viaje el Rest Camp Georgia, en el que se puede también acampar y donde los cicloturistas son especialmente bienvenidos. Allí coincidí con otros dos ciclistas: un suizo que iba de vuelta y un alemán que intentaba la vuelta al mundo.



Lo más interesante que encontré en Khasuri: agricultura local 

Con mucho menos viento el día siguiente fue mucho más agradable pedaleando por una carretera en leve pendiente hasta Borjomi o Borshomi (transcribir el georgiano no es fácil y puedes encontrar varias interpretaciones) una ciudad balneario célebre por su agua mineral.





Dos muestras de edificios de Borjomi. Casa tradicional y bloque soviético


Borjomi en sí es mucho menos interesante que su entorno, con el parque Nacional Borjomi-Karaughli, el más grande de Georgia y visita obligada para amantes de la naturaleza.




Ya lo había recorrido un poco en una visita anterior desde Turquía, así que me tome un descanso y empecé a subir hasta la estación de esquí de Bakuriani.

La tumba de un soldado georgiano víctima de una de las guerras contra Rusia

La subida hasta Bakuriani es muy agradable y no especialmente dura (sobre todo comparado por lo que me esperaba al día siguiente).
En todo momento vas paralelo a ríos y torrentes y remontas un puerto con mucho arbolado y poco tráfico. De camino hay pequeños pueblos y balnearios.



De camino a Bakuriani

Dormí en Bakuriani en un pequeño hotel, Edelweiss, por un precio muy económico con cena y desayuno para campeones.
Desde Bakuriani tomé el camino más recto por un puerto de nombre impronunciable: Tskhaskaros. Una agotadora subida de casi 20km por pista de tierra, con pedruscos como puños que compensaba por el entorno natural y la vista impresionante de la cordillera del Caúcaso.







La llegada a la cumbre fue estupenda. Aparte de un absurdo control policial, las praderas a 2400m de altura tienen en verano numerosos campamentos de pastores nómadas y es un entorno de torrentes de agua, frescor y paisaje tranquilo.





En la cumbre del puerto de Tskhaskaros

¡Ojo a los perros! Tienen muy malas pulgas.
La bajada fue tan impresionante como la subida. Metiendo freno para no partirme la crisma.
Aunque me quedaba un paso para llegar a Armenia terminé, bastante reventado, acampando en una arboleda cerca del pueblo de Ninotsminda, para dedicar un rato a ajustar la mecánica de mi sufrida bici.

De Bakuriani a Ninotsminda por el puerto de Tskhaskaros

Hasta la frontera con Armenia otro tramo de carretera en obras. Por lo extremo del invierno se aprovecha la temporada de verano para parchear las vías y es fácil encontrar obras en muchos puntos del camino.



Casa tradicional en Ninotsminda

Toda esta zona es llana, muy rural, con muchas praderas y llena de pequeños lagos, alguno de los cuales son espacios protegidos por la presencia de numerosas aves.
Una frontera de lo más tranquilo (el paso de Bavra es el menos frecuentado) y ¡Barev Armenia!


FICHA TÉCNICA


Viaje a Georgia y Armenia en cicloturismo de alforjas
28 de junio al 15 de Julio 2019

Distancia total 1030km
Bicicleta VSFarradManufaktur Deore T-300, Alforjas Ortlieb, Cubiertas Schwalbe Marathon Plus.
Época ideal principios o finales del verano. 
Acampada libre tolerada. Alojamientos muy económicos. 
Coste vuelo con Turkish Airlines (bici incluida): 417€
Gastos durante el viaje: 286€
Llevar dinero en efectivo, en muchos lugares no aceptan tarjetas.
No hay vías ciclables específicas. Recomendable llevar mapa en papel.

jueves, 8 de agosto de 2019

Erevan y Tiflis, dos capitales del Cáucaso


Dos ciudades no son dos países, pero cuando agrupan a más de la mitad de la población de sus estados, bien pueden ser un espejo donde se refleje la realidad social de los mismos.
Es más, a lo mejor hasta en un breve paseo, una mirada atenta y unas pocas conversaciones (si consigues hacerte entender) te puedes dar idea de lo que está sucediendo en Armenia o Georgia.



Narikala, fortaleza de Tiflis

Un paseo, por ejemplo, por la avenida Rustaveli, donde se ubica el parlamento georgiano, en manifestación permanente contra un inestable gobierno que acaba de cambiar de presidente y con un líder de la oposición que ha eludido la cárcel gracias a una fianza millonaria.



Acampada de protesta frente al Parlamento de Georgia

Una mirada incluso breve revela una más que evidente animadversión hacia Rusia y la presencia de una de las vías de negocio del país: el juego.
Porque en Tiflis hay casinos. Muchos y muy variados. Desde el lujo desmedido hasta el cutrerío más infame mezclado con la prostitución.



Uno de los muchísimos casinos que hay en Georgia

O qué decir de una vueltecita por el ordenado centro de Ereván con su aire retro que trae un regusto soviético. No solo por los uniformes de la policía o por sus monumentos (en Georgia los han quitado casi todos) sino por cuestiones mayores como el urbanismo que reproduce fielmente el sistema de anillos y avenidas transversales de Moscú.
Por contra el casco histórico de Tiflis ha conservado el encanto medieval, muy al contrario que muchas otras ciudades de la antigua URSS, que sufrieron demoliciones de edificios singulares a mayor gloria del hormigón.





Tiflis es una ciudad de gran patrimonio arquitectónico en que lo mismo puedes encontrar desvencijados edificios Art decó, incluidos en la lista de patrimonio amenazado de la ciudad, que casas otomanas mejor conservadas que en la propia Turquía o extravagantes edificios del modernismo soviético. Y, como no, sus ejemplos de arquitectura contemporánea, algunos más afortunados que otros, como el puente de la Paz, y otros perfectamente olvidables.



Puente de la Paz

Por supuesto iglesias, de las que tanto Georgia como Armenia están sembradas, aunque para los acostumbrados a las fastuosas construcciones del Sur de Europa estos templos se antojan modestos. También tiene su mezquita, sinagoga y hasta un templo del fuego zoroastriano del siglo V en el barrio de Betlemi, encerrado entre patios de vecinos.



Barrio de Betlemi, Tiflis

El río Kura, en otro tiempo límite de la ciudad, ahora se ha transformado en una suerte de arteria central, bastante contaminada, que sirve para definir una ciudad que ha ido creciendo por los cerros que la rodean. Puedes estar a 300 metros de altura o a 800 sin dejar de pisar calles habitadas.



Vista del río Kura. Iglesia de la Asunción y estatua del rey Vakhtang

Y si algo caracteriza a Tiflis también es un tráfico ensordecedor y caótico que parece querer expulsar al peatón de la calle. El coche es el absoluto protagonista y su ruido acompaña al visitante a cada rincón. Con todo lo que significa en países donde puede circular lo mismo un vetusto Lada de los 80, que un autobús propulsado por bombonas de gas en el techo o un híbrido último modelo.



Uno de los muchos vehículos destartalados que puedes encontrar (y este está casi bien)

Frente a la caótica Tiflis la propuesta de Ereván es la de una ciudad totalmente cartesiana y que ha sabido combinar espacios peatonales, parques, grandes avenidas y un tráfico denso pero que se mueve por cuatro arterias principales.




Ereván desde el Complejo Cascada


También la idea de ciudad más occidental con sus barrios residenciales en el extrarradio y viviendas de alto standing. La comunidad armenia en diáspora es muy grande y, en algunos casos, acaudalada.



Duduk, instrumento tradicional armenio

Ereván es moderna, muy moderna. De hecho, revisando un poco su historia reciente, se descubre una ciudad interesada por las vanguardias y que ha hecho de un espacio de arte contemporáneo uno de sus mayores atractivos turísticos. El llamado Complejo Cascada alberga un parque de esculturas de algunos de los referentes contemporáneos y un espacio expositivo dividido en varias terrazas que trepa por una colina y en su interior alberga el Centro de Arte Cafesjian. Este magnate neoyorquino aprovechó el mamotreto de 300m de altura para llenarlo de sus pasiones personales por el arte de vanguardia y el resultado es muy estimulante.



Complejo Cascada y parque de esculturas, Ereván


Por otro lado, dentro del nacionalismo furibundo del que hacen gala todos los pueblos del Caúcaso, los armenios han construido mucho mejor el relato. Es por ello que han sabido cuidar su herencia histórica más allá de glorias militares y han creado instituciones como el impresionante Matenadaran, uno de los más importantes depósitos de manuscritos del mundo.



Matenadaran

No falta el museo sobre el Genocidio Armenio, en el extrarradio. Y una multitud de pequeñas casas-museo dedicadas a todos los personajes de la cultura armenia, además de la tradicional agrupación de edificios típica de las grandes ciudades rusas: auditorio, teatro, teatro de marionetas y compañía de danza. Todos ellos con temporada estable.



Teatro de la Ópera de Ereván

Pero si prescindimos de la mirada a lo más turístico la compleja política local y hasta la geopolítica, como ya he dicho, se ve por todos los rincones.
A veces hay que mirar al cielo y, a lo mejor, sorprendes un caza ruso de la base de Giumry, situada en el Noroeste armenio. Los rótulos en cirílico también señalan que el aliado ruso está muy presente. Aunque la relación armenia sea más de vasallaje que de alianza.



Manifestación patriótica de colegiales en Ereván


Es en la cesta de la compra donde más se nota el peso del gigante del Norte. Desde las conservas al papel higiénico casi todo viene del poderoso vecino y este patrón se repite en Tiflis. No se puede entender la historia del Transcaúcaso sin la de Rusia y la URSS. Son inseparables.
Pero volviendo a la actulidad, en Georgia se habla de corrupción y del peso de la mafia con la mayor tranquilidad. Es parte del paisaje cotidiano y a lo mejor es por ello que hay cierta añoranza mal disimulada de un personaje como Stalin y su mano dura.



Antiguallas soviéticas en el rastro de Tiflis

Aún así los tiempos de la criminalidad desbocada han pasado y las dos ciudades son ideales para recorrer a pie. Las distancias entre los atractivos turísticos no son muy grandes y ello permite parar en cualquiera de los locales a tomar algo. Puede ser lo mismo vino que cerveza, el omnipresente vodka o los licores locales como la chacha, una especie de orujo georgiano. Si bebes con un local, hacerlo solo una vez es de mala educación, así que prepárate para la segunda copa.



Porque el alcohol va paralelo a la vida, aunque sea un vicio casi exclusivamente masculino. Se bebe mucho y por cualquier motivo y el alcoholismo es una discreta enfermedad social.
Pero mejor seguir caminando. Si las copas te dejan, podrás leer la historia que cuentan las miles de banderitas de la UE que se ven en las calles. En tiempos de Brexit y anti-europeísmo georgianos y armenios quieren ser los más europeos de todos. La UE se deja querer y suelta dinero.



No hay que escatimar ninguna posibilidad de negocio y la geopolítica juega a a favor de países situados en un territorio de fronteras que se parte entre musulmanes y cristianos, chíitas y sunitas, pro-USA y pro-rusos. Y que reparte alianzas o enemistades con Turquía, con Irán o con Ucrania.
Toda esta ensalada política y de intereses atrae una mezcla curiosa de minorías en la que puedes encontrar azeríes, tártaros, iraníes, árabes del Golfo con mujeres enlutadas, rusos y turistas, una minoría que va creciendo.
Para relajarse, no es mala idea una visita a Abanotubani, el barrio de aguas termales de Tiflis o, para fumadores, una pipa de agua en algún local de Ereván. Mejor no decirlo en el lugar, pero los armenios conservan costumbres con paralelismos muy evidentes con Turquía.
Dos ciudades, muchas historias que cuentan el Caúcaso sur y que comparten cierta obsesión por parecerse a Occidente. En un salto de tren puedes conocer las dos, antes de que la globalización las termine de uniformizar.
Mejor ahora que más tarde. En el Caúcaso la historia corre más rápido que las personas.

















jueves, 16 de mayo de 2019

Un recorrido natural y preocupado por el Jalón

Gracias a la gente de arainfo que me publicó este artículo

El río Jalón es el afluente más caudaloso de la margen derecha del Ebro.

Es un río que riega miles de hectáreas de cultivos, que alimenta industrias, que da de beber a poblaciones. Un río muy vivo y muy aprovechado. A veces más que aprovechado explotado hasta la última gota.
En sus orillas crecen proyectos absurdos como el embalse de Mularroya, uno de esos despropósitos en forma de obra hidráulica tan típicos de España, otros de industria ‘sucia’ como la cementera de Morata, pero también es fuente de vida para miles de familias de la agricultura aragonesa.
Y ahora llega a Épila el complejo industrial de Guissona, dispuesto a beber y verter al río.
Un río de ríos, con multitud de cursos que caen en él desde las sierras que atraviesa. Desde caudales constantes como el Jiloca a pequeños barrancos sin nombre.
Este artículo no es una visión fría. Es el resultado de un recorrido ciclista, tranquilo, que salió de la llamada Serranía Celtibérica en la provincia de Soria.
Le llaman la Laponia del Sur, víctima de la despoblación y el abandono institucional. La otra cara de la moneda son los últimos kilómetros del río, hasta casi la entrada de Zaragoza, territorio de fábricas y unifamiliares.
Tradicionalmente el Jalón ha sido aprovechado desde tiempos de los celtíberos. Los romanos construyeron su calzada XXV tomándolo como referencia y en la época moderna ha sido sendero natural entre Aragón y Castilla.
Hace siglos se extraía ya sal de cerca del nacimiento. Vino la minería, la agricultura y ganadería, primero de autosuficiencia, luego feudal, de señoríos y, con la mecanización, la agricultura extensiva y, casi al mismo tiempo, la despoblación.
Para verlo todo, o al menos una parte, una recomendación: coge el tren y remonta el río. Uno de esos trenes regionales como de otro tiempo que todavía cruzan el interior de la península.
Paso lento y un paisaje para tomar con tiempo y un libro. Los lugares en los que para el tren tienen suerte. Muchos otros pueblos languidecen a falta de transporte decente.
Porque el entorno del Jalón se revela como territorio de contrastes. Una flamante autovía junto al cauce comunica Zaragoza y Madrid. También una línea del AVE con sus viaductos, auténticos monstruos de hormigón.
Al lado mismo carreteras secundarias, la antigua N-II, convertida en una pista parcheada y unas vías de ferrocarril con un trazado del XIX.
El río se encañona en sus primeros kilómetros y muestra su patrimonio natural. Varios hitos que se encuentran junto a todo el recorrido hasta Ricla: Buitreras, relieve abrupto, antiguos azudes y molinos en ruinas.
El Jalón es tierra de frutales, pero con ellos vienen los agroquímicos. Aunque la claridad de sus aguas en algunos tramos puede llamar a engaño, los índices de contaminación son altos.
Tampoco es ajeno a la invasión de granjas. Pollos y cerdos se hacen evidentes hasta para la nariz menos sensible. Sus purines se han convertido en un problema y filtrado a los acuíferos. Algunos pueblos, como Cetina, tienen problemas con su agua de boca.
El cauce se esconde en los pliegues del terreno al acercarse a Alhama de Aragón, pueblo balneario con un toque decadente y nos deja en Calatayud tras pasar por la industriosa Ateca. Aquí es la industria la que empieza a beber del río y sus afluentes.

El Jalón a su paso por Alhama de Aragón.
Y desde Calatayud una de esas carreteras perdidas que son una joya para recorrer en bici, la Ronda Campieles, que nos lleva hasta Embid de la Ribera y Sabiñán por un paisaje deshabitado. Ha terminado el invierno, nadie se ha molestado en recoger los caquis que sirven de comida para pájaros. Almendreras y olivares abandonados rodean la carretera.
Avanzando junto al cauce te encuentras con los aportes de agua de varios ríos: Piedra, Manubles, Aranda, Grío… Y pasando Morata las obras del pantano de Mularroya.

Cementera de Morata de Jalón. 
A saber a quién se le ocurrió un despropósito como Mularroya, que puede secar al mismo tiempo el Jalón y el Grío, intentando represar un río con un caudal muy escaso y un estiaje muy fuerte.
Como solución se va a construir un túnel para trasvasar el agua desde el Jalón, obra muy costosa que detraerá caudales y a la que se oponen parte de los habitantes de la zona.
Ironías del regadío: Se acumula agua para regar más, lo que hace que la mayor producción tire los precios y, al final, parte de la producción se queda en el árbol.
Cuando el Jalón se acerca a la llanura es territorio de cultivo extensivo. Los migrantes de varias nacionalidades trabajan en las grandes explotaciones y mantienen las naves donde se congela la fruta para la exportación. Los polígonos frutícolas se suceden. Se escucha hablar en árabe o rumano más que en castellano. El envejecimiento cada vez más acusado de la población local obliga a que acudan nuevas manos a ayudar.
Por el camino se cruzan conejos, muchos, casi una plaga. Parece ser que su introducción artificial en cotos de caza ha hecho que se reproduzcan por miles a falta de depredadores.
También la población humana empieza a crecer ostensiblemente. Muchas naves y la industria necesita agua. Por suerte las carreteras secundarias y los caminos agrícolas evitan el tráfico enloquecido de la zona.
Cualquiera puede ver un segundo impacto ecológico como es la contaminación dispersa por sólidos. Desde envoltorios de todo tipo, cajas, envases, hasta vehículos abandonados.

Vehículo abandonado junto al cauce del Jalón.
Muy cerca del polígono industrial de Épila las ruinas de un antiguo molino recuerdan a otros usos. En los llanos más frutales y cereal, el paisaje combina la fábrica de Opel PSA con el Moncayo al fondo.
Es el bajo Jalón y aquí los polígonos han proliferado y piden más y más agua. Las exigencias de Guissona son claras: necesitan una concesión de agua de al menos 5,5Hm3 anuales. Como un pantano pequeño para ellos solitos. Y el gobierno aragonés ha dicho sí. Eso sin tener en cuenta el vertido que llevará aparejado.
El río se encuentra con el Canal Imperial y la que, para sus tiempos, fue un reto de la ingeniería: la muralla de Grisén, en realidad un acueducto,  construido en 1780 que salva el cauce por encima.
En el recorrido nos cruzamos con el Camino de Santiago del Ebro, con la ruta Cervantina y con cientos de personas que hacen BTT, corren, pasean. Deporte junto a la actividad febril de los cientos de camiones que circulan por Alagón.
La industria se sucede, el tráfico es intenso y Zaragoza ciudad casi llega hasta allí con sus urbanizaciones dormitorio.
La extracción de áridos ensancha el cauce. Graveras en desuso y el paraje de la Virgen del Castellar donde el río se funde en un caudaloso Ebro, junto a la barca de Torres de Berrellén, que ya solo funciona unos días al año.

Desembocadura del Jalón en el Ebro.
En Alhama de Aragón, cerca del Jalón, José Luis Sampedro pasó días tranquilos y nos dejó un libro delicioso: El río que nos lleva. Aunque la historia transcurre en el Tajo, el libro en sí es una metáfora de la vida misma, como lo es cualquier río, símbolo de la cotidianidad.
En este caso el Jalón no puede ser más ilustrativo de la realidad aragonesa: despoblación, agricultura intensiva, granjas factoría pero también pastoreo tradicional. Industria en torno a las cabeceras de comarca, contaminación de las aguas y a veces sobreexplotación.
Río vivido, explotado, pendiente de conocer y, ya de paso, de respetar.

martes, 14 de mayo de 2019

Rodear la Laguna de Gallocanta, mejor en primavera

Si hay un momento para visitar la laguna de Gallocanta, a caballo entre Zaragoza y Teruel, es sin duda cuando miles de grullas acuden a ella a pasar el invierno. Eso sí, prepárate para pasar frío del bueno en ese altiplano inclemente.
Ahora bien, si lo que quieres es rodearla en bicicleta sin duda lo mejor es la primavera.
Existen varios senderos que circundan la laguna casi en su totalidad, salvo un pequeño tramo de carretera que nos lleva hasta Bello. También hay escapes en todo momento que nos permiten volver a la carretera, muy cómoda y poco transitada.
No es necesaria una bici de BTT, ni siquiera suspensión. Nos podemos arreglar con unas ruedas sin mucho taco, aunque no nos servirá una de carretera, desde luego. No hay muchas piedras y tan apenas cuestas, pero si ha llovido el terreno sí que puede volverse problemático.


No asustarse, fue solo un mal momento

Optamos por principios de mayo, con una temperatura diurna agradable por regla general y heladora por la noche, como fue nuestro caso, en que llegó a los -2ºC. Otra vez cicloturismo en familia con nuestra hija que cumplirá 3 años, osea que la ruta es fácil (o no tanto).
Un buen consejo es que estés preparado para cualquier tiempo y cambio de clima. Suele hacer un viento incómodo y el clima en verano es tórrido y en invierno es para valientes. Son frecuentes las tormentas y los cambios bruscos de temperatura.
Un problema es llegar en transporte público. Te puedes acercar en bus hasta Daroca o en el único bus diario que te deja en la parada de empalme de Gallocanta, la siguiente al pueblo de Santed si no tienes problema por cargar la bici en él. Algo más cómodo es tomar el tren hasta Calamocha y desde allí unos 20km de leve cuesta arriba.


Vista parcial de la laguna desde el castillo de Berrueco

Finalmente cargamos las bicis en furgoneta y paramos en el aparcamiento del centro de interpretación junto al pueblo de Gallocanta. Es el mejor punto de partida y se puede hacer en dos sentidos.
En el recorrido en torno a la laguna hay varios pueblos, todos ellos con bares donde tomar un café o comer y se puede comprar pan y algunas cosas básicas. Pero la tienda más cercana está en Used, así que mejor ir pertrechados de lo que haga falta.
Por lo demás el recorrido fue cómodo, prácticamente llano y en él nos encontramos con muchas aves, el mayor patrimonio de Gallocanta. Desde alondras, escribanos o carriceros a, en las mismas aguas de la laguna zarapitos, fochas, ánades y un aguilucho lagunero de caza.



Primavera también es la mejor estación porque es cuando los arroyos y acuíferos de los alrededores están vertiendo a la laguna y es fácil encontrar ranas, cangrejos de río, algunos peces e incluso, con suerte, pequeños mamíferos que acuden a beber. Hay corzos, zorros y jabalíes, aunque no son fáciles de ver. En esta ocasión la bulliciosa presencia de nuestra hija no ayudó a ello.


Paramos en varios de los observatorios de la laguna, todos en excelente estado de conservación.
Es un espacio protegido y es prioritario no molestar a la fauna, así que hay que respetar las indicaciones de prohibido el paso, incluso a pie.
Todo el entorno es también tierra de cereal y ganadería. De hecho los excesos de la agricultura hicieron que Gallocanta estuviera a punto de desaparecer al no recibir aportes de agua de los acuíferos del entorno.
También se encuentran en las orillas los chopos cabeceros, muy típicos del Sur de Aragón, de los que se iban talando sus ramas periódicamente para aprovechamiento desde forraje a vigas de casa.


Chopos cabeceros


Una pequeña crítica es la falta de recogida de basuras. Encontramos muchas papeleras y algunos contenedores a rebosar.


Llegando a Bello comenzó viento de frente y racheado. Desde allí parte una pista que rodea la laguna y que es una opción más larga que tomar la carretera. Eso sí, te perderás los llamados ojos. Pequeños círculos de agua llenos de vida y los carrizales que los rodean.



Se puede seguir por carretera hasta las Cuerlas y de allí tomar de nuevo la pista de tierra que remonta levemente hasta la ermita del Buen Acuerdo, con un merendero, baños (no siempre abiertos) y a cubierto del incómodo vientecillo.
Eso sí, una vez allí es importante seguir la señalización. Hay caminos más cortos, es cierto, pero te conducen primero a una empinadísima cuesta y luego, en temporada de lluvias, a varios pasos inundados, dos de los cuales se pueden sortear con puentes precarios y un tercero que cubre hasta más arriba de la rodilla, con suerte.
No siempre el camino más corto es el más breve.


Hay quien pasa más fácil

Desde este punto ya es un cómodo último kilómetro hasta el pueblo de Gallocanta y su albergue Allucant, un lugar amable que lleva funcionando casi 25 años y que es totalmente recomendable.
En resumen, si no conoces Gallocanta ya es tiempo de hacerlo. Y si ya la conoces, vuelve en primavera y disfruta del paseo.



Ficha técnica


4 de mayo 2019
Distancia total: 34 kms pistas agrícolas, camino y carretera.
Bicicletas VSF Manufaktur Deore T-300 con asiento infantil y Orbea Travel ambas con neumáticos Schwalbe Marathon Plus anti pinchazos.
Transporte: Un bus diario Zaragoza-Molina de Aragón que deja en el cruce de Gallocanta o tren hasta Calamocha (4 al día desde Zaragoza y Teruel, dos desde Valencia)



Fuente: PRAMES