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domingo, 22 de junio de 2014

Fatehpur Sikri, Islam y medievo

Tras el paso por la feroz Jaipur, mezcla de ciudad industriosa y preciosa, dejamos Rajastán y nos adentramos en otra provincia interior, la superpoblada Uttar Pradesh, en la que se apiñan la friolera de 200 millones de personas. Muchísimas cosas para ver, pero en este recordatorio de mi viejo blog no me adentraré mucho. Solo será un sobrevuelo.

Nos dirigimos al inevitable Taj Mahal, pero antes hicimos una parada en la ahora decadente Fatehpur Sikri, pero que en otro tiempo fue capital del imperio Mogol y rivalizó con la impresionante Agra.


Fatehpur es uno de esos extraños pastiches que podría estar lo mismo en China, que en Irán, que ser parte de Samarkanda o contener pedacitos de la Alhambra.
Es una ciudad de la que se puede tomar ejemplo y que fue fiel reflejo de la desmesura del poder.
En unas cuantas hectáreas de terreno, los emperadores mongoles edificaron con gran ambición mezquitas, palacios y albergaron a miles de personas, pero sin tener en cuenta que tanta persona, tantos animales y un buen puñado de fuentes debían beber de unos pozos que se agotaron en menos de un siglo.
Sigue siendo lugar de peregrinación y asentamiento, además de parada en el camino de los hoy escasos musulmanes de India, ahora concentrados en unos cuantos puntos del inmenso país, buena parte en Uttar Pradesh.
Este constante movimiento de miles de fieles, unido a la escasa luz eléctrica, unos baños más que precarios y la falta de agua corriente da una imagen del lugar como un salto al medievo en pleno siglo XXI.
Hay puestecillos en los alrededores en los que se vende prácticamente de todo, hasta improvisados talleres de reparación de vehículos. También hay precarios albergues a base de lonas. De hecho la propia y espectacular mezquita sirve de dormitorio y sus alrededores de baño, lo que no le da un grato aroma precisamente.
Lo único bastante controlado es el protocolo con la vestimenta. Cada uno viste como bien puede, pero hay que seguir el protocolo musulmán en cuanto a la ropa, aunque con los hombres se es un poco menos estricto y sino no hay más que verme en la foto que hay bajo estas líneas.


Columnas y falsa bóveda


El patio Parchisi, de donde se supone viene el nombre del popular juego


Impresionante pórtico de inspiración persa

 

Como llegar: Hay transporte diario desde Jaipur y sobre todo de la cercana Agra. Aclarar que no deja en la zona monumental sino en la carretera por lo que se puede uno dar una caminata no muy larga o coger alguno de los populares motocarros.

Mapa aquí

sábado, 14 de junio de 2014

En el desierto del Thar


En el cafetín de Khuri no hacen falta sillas

El Gran Desierto del Thar es un vasto territorio en el que un día alguien dibujó una frontera, tras la traumática separación entre Pakistán e India.

Como todos los desiertos es lugar para dramas, como la partición de pueblos, o para otros no menos terribles, como la primera detonación de una bomba atómica india en 1974, que tuvo lugar en la zona más despoblada de este desierto de más de 800kms de longitud.

El desierto es una de mis pasiones. Es patria de los sin patria, de los pueblos nómadas, uno de los territorios en los que otros sin patria, como yo mismo, que no me siento más orgulloso o menos porque los colores de un documento que me identifica sean unos u otros, nos sentimos bien.



Y allá que fuimos, a cumplir con una tradición personal que debería ser obligatoria a todo viajero, como es dormir al raso, entre la escasa vegetación de acacias y plantas ralas, junto a la localidad de Khuri, un pueblecito en el que hay varios alojamientos económicos, tipo cabaña, otros no tanto y donde se practica el pastoreo de subsistencia y poco más.

Anocheció sobre el duro suelo del Thar, entre el sonido de aves y pequeños mamíferos que empezaban a salir, escarabajitos, polillas... Esa pequeña vida que bulle bajo la arena durante el día abrasador y que sale a la superficie por la noche.

Miles de estrellas acompañaron el sueño y luego un amanecer tras el cual desayunamos en el pueblo, en la pequeña tienda donde el tendero, a sus tiernos 11 años, nos habló de las largas familias de 8 y más hermanos, de su negocio, de la escuela y del futuro. Un té, unas galletas, unos bidis (Cigarrillo típico indio) para las amistades y otra vez camino.

Conversar en aprender, incluso sobre lo más nimio. Como observar a la gente de allí con sus bigotones o sus turbantes, sus dos señas de identidad, o sus pieles curtidas por la dura climatología de un desierto donde se llegan a alcanzar los 52ºC.

Aún con lo duro del clima, en la superpoblada India una zona desértica como esta es un remanso de paz, de silencio tras unas cuantas ciudades estruendosas



Quedan las ganas de volver, quién sabe si algún día, por alguna extraña coincidencia, a conocerlo desde el lado pakistaní.

Cómo llegar: Toma sus buenas horas en bus desde Bikaner, pese a que está relativamente cerca. Una buena opción en Rajastán, donde no circulan trenes en la mayor parte del territorio,  es el taxi compartido que se puede contratar en Jaisalmer, por ejemplo, por unos días para hacer el tour de las principales ciudades.

viernes, 13 de junio de 2014

Adorando a las ratas. Karni Mata, no apto para aprensivos.

- ¿Una taza de té?

Un amable ofrecimiento de un devoto hindú en un templo.
Un ofrecimiento que por una vez declinamos por el lugar en que se hizo: El templo de Karni Mata, consagrado a la adoración de esta diosa, personificada por los miles de ratas que lo habitan.
El lugar es la pequeña ciudad de Deshnok, a unos 40kms de Bikaner (Rajastán).

Karni Mata es una de las diosas relacionadas con Durga, hermana de Visnú que se suele identificar con la Madre Creadora o la Madre Tierra. Una más en la interminable cosmogonía religiosa hindú, en que se agrupan cientos, quizá miles, de dioses menores a los que adorar de las más diversas formas.

 Templo de Karni Mata, Deshnok



Aunque el templo es visitado por algunos turistas, en esta ocasión tuvimos el privilegio de ser los únicos que lo hicimos, escuchando las diferentes leyendas y supersticiones que hay sobre el mismo.

Llegar y toparse con todo el rosario de augurios es una sola cosa: Que si ver una rata blanca garantiza buena suerte para siempre, que es garantía de buena fortuna que una rata te pase sobre los pies, que son la reencarnación de almas en pena...

Probablemente el mito más increíble es que nunca se ha contraído enfermedad alguna a causa de las ratas del templo. Espero disculpen los devotos mi respetuoso escepticismo.

Lo cierto es que la rata se considera una especie de acompañante menor de algunos dioses (A Ganesha se le representa a menudo con una a los pies) y se relaciona con lo cotidiano, con los hogares, donde desde luego al menos en India, suele estar presente o cercana.

Puede ser por ello que el ambiente nos resultó bastante familiar, festivo e incluso transmitía una cierta sensación de jolgorio, frente a la habitual solemnidad que suele acompañar a los lugares de culto.

Igual no es muy buen sitio para dormir...

El templo en sí es valioso. Tiene 600 años, unas impresionantes puertas de plata y todo un mercadillo en torno a la devoción ratil en su puerta. Conveniente lavarse los pies después.

En el templo puedes asistir a rituales donde se comparte comida con las ratas, gente durmiendo plácidamente a revueltas de las mismas e incluso sadhus que comparten techo con los miles de roedores que pululan por cada rincón, bebiendo de cuencos de leche o devorando diversas ofrendas, cuando no devoran los cadáveres de alguna compañera. Esto último puede parecer asqueroso (peor es verlo), pero es una medida higiénica de autorregulación.




Todo India es lugar para no aprensivos, pero el templo de Karni Mata, habida cuenta de que se debe caminar descalzo, va para nota.



Llegar a Deshnok: Hay buses desde Bikaner, de donde dista unos 40kms, pero es más cómodo llegar en taxi compartido, puesto que la visita se puede completar en poco tiempo, a no ser que te quedes a comer.

Para localizarlo en un mapa pincha aquí

jueves, 12 de junio de 2014

Bikaner y Jaisalmer. Vivir como un marajá

El sentido de ser poderoso, de sentirse como tal, no es sólo serlo si no poder demostrarlo en toda la magnitud posible al pueblo llano, y si es con ciudades grandiosas y edificaciones apabullantes mucho mejor.

Es lo que, pienso, llevó a los rajputas, históricas dinastías de gobernantes de Rajastán, a edificar fortalezas inexpugnables por un lado, algo bastante lógico en un pueblo tan extremadamente belicoso como éste, y de una singular belleza, aunque no exentas de cierto toque kitsch, de un algo hortera que combina diwanes dignos de la Alhambra, con salones veresallescos. Todo ello recargado al máximo y decorado con un extraño batiburrillo de muebles, tapices, espejos, lámparas y todo tipo de armas espeluznantes.

También pone los vellos como escarpias introducirse un poco en la cotidianidad guerrera de los rajputas y sus espeluznantes suicidios en masa, que incluía quemar vivas a sus mujeres e hijos si la plaza iba a ser tomada.

Una estupenda introducción a la forma de vida de los rajputas son las ciudades de Bikaner y Jaisalmer, a las que llegamos atravesando el reseco terreno rajastaní, que en ese momento llevaba padeciendo cuatro años de sequía realmente dura, lo que es visto como un serio problema por sus pobladores, que poseen una de las más altas tasas de crecimiento demográfico de la India.
En el Oeste de Rajastán lo habitual es una media superior a los cinco hijos por mujer, llegando en la zona del Thar con frecuencia a 8 ó 10, lo que ayuda, y mucho, en el empobrecimiento general de la economía de la gente de a pie, amén de una de las tasas de analfabetismo más altas de India.


Bikaner es la hermana pequeña de Jaisalmer, al quedar la primera progresivamente despoblada por la escasez de agua. En este sentido su fuerte y palacios son posteriores y mejor conservados que el de Jaisalmer, cuyo casco histórico, por otro lado, es mucho más interesante. Paradójicamente esta hermana pequeña ha crecido mucho más que su predecesora y la ciudad nueva no tiene nada que envidiar al caos de otras ciudades indias.

Del recorrido propiamente turístico poco contaré por lo mucho que hay que contar, seguro habréis oído/leído maravillas y verlo en persona es confimarlo, pero sí se puede recomendar no perderse los mercadillos que se agrupan en torno a las murallas, donde comprar frutas, tomar un té o regatear por unas pulserillas de plata.

Tanto Bikaner como Jaisalmer tienen un toque a Oriente Medio, un algo de Persia, un mucho de Ruta de la Seda y la decadencia de todo el esplendor perdido de los rajás, marajás, maharanís y demás ralea.

Representan además el Rajastán más seco, con un clima más extremo y un calor que seguro padecerán todos los viajeros que, como nosotros, arriben allí en los últimos coletazos del verano, justo antes de la llegada del Monzón. Padecimos unos buenos 45ºC a ratos, lo que hizo un poco penoso el polvoriento recorrido al aire libre.


Palacios en Bikaner

En Jaisalmer, además, se puede establecer un primer contacto con el jainismo, con su peculiar visión religioso-filosófica de la vida en la que mediante una ética radicalmente no violenta y estrictamente vegetariana se pretende no alterar el equilibrio universal.
Un complejo de cuatro templos, en excelente estado de conservación, muestran la cosmogonía jaín al completo con todo lujo de abigarradas esculturas. 
El lingam, animales mitológicos, ofrendas y devotos vestidos de blanco inmaculado. Hay quien dice que los jainistas, o eso nos comentan en un puesto callejero, son gente especialmente acaudalada, pero los fieles de a pie realmente no lo parecen. Típica generalización que se puede aplicar a las castas sacerdotales de cualquier religión.

Interior de un pequeño templo jainista


También en Jaisalmer pudimos disfrutar de una celebración religiosa que incluyó cantos tradicionales de corte religioso y un avezado e imparable bailarín. Entre lo que pude entender, se incluían alabanzas a Hanuman o Krisna.
Justo antes del Monzón son mucho más frecuentes todo tipo de ritos propiciatorios que merecen la pena ser vistos y sentidos.


Havelis en Jaisalmer

Nuestros ojos y nuestros cerebros absorbieron mucha, mucha información, pero el viaje no había hecho sino empezar. Nos esperaban muchas cosas en una región árida de paisaje, pero no de sensaciones.


Desayunar: Tanto en Bikaner como en Jaisalmer no puedes perderte un té en alguno de los puestecillos callejeros bajo las murallas del fuerte.

Comer: En Bikaner, restaurante Amber. Rico, rico. Especialidad en thalis que se rellenan constantemente.

Qué leer: Pasión India, de Javier Moro. La historia de Anita Delgado, la española que terminó casada con el marajá de Kapurtala

miércoles, 11 de junio de 2014

Mandawa, esplendor pasado

La entrada a Rajastán fue tranquila, en una localidad relativamente pequeña, Mandawa, enclavada dentro de la región de Shekhawati, y que merece la pena una visitar, entre otras cosas, para comprobar la triste realidad de cómo una parte del patrimonio indio se está yendo al garete.
Aparte de la atroz miseria en la que vive buena parte de la población, la miseria cultural alcanza también al ingente patrimonio indio.


Shekhawati es una región de pueblecitos y pequeñas ciudades a un paso de Delhi. Se empiezan a ver los primeros camellos, múltiples rebaños de cabras y explotaciones agrícolas muy básicas. El camino a Mandawa no es cómodo y lo hicimos en coche, con el inefable Sanjay de chófer (Luego hablaré de él). El acceso en tren es complicado a esta zona y en bus no es recomendable por lo largo y agotador del trayecto.

Entrando en Mandawa. El de rojo del fondo con gorrita soy yo.


Buena parte del caserío histórico de Mandawa son preciosas havelis, mansiones tradicionales hoy reconvertidas en viviendas de alquiler, decoradas con exquisitas pinturas, celosías, balconadas interiores y columnatas. En la ruta del opio estas mansiones florecieron en otro tiempo, propiedad de ricos comerciantes que se alojaban en las mismas con legiones de criados y suntuosos muebles, pero lamentablemente hoy muchas son sólo una sombra de lo que fueron y parte de ellas se encuentran en ruina inminente.

Cuanto más hacia las afueras de Mandawa avanzas peor es el estado de las havelis, alguna de las cuales se han convertido en improvisado establos en los que las vacas se rascan el lomo contra los delicados frescos de las paredes.




Las havelis pueden verse en prácticamente todo Rajastán, pero este patrimonio es mucho más numeroso en Shekhawati donde circulaban constantemente de Oeste a Este el opio de Afganistán y en dirección contraria la seda china.

La ciudad se puede ver en un día y tiene pocos alojamientos, pero no por ello está carente de interés. De hecho conviene leer un poco más sobre ella y conocer del pasado esplendor de la misma y del proyecto que cito abajo.



Un proyecto solidario: La gente de la Fundación Amigos de Shekhawati están llevando a cabo una interesante labor de protección del patrimonio de la zona.


Dónde comer: En Mandawa os asaltarán “guías” dispuestos a enseñarte las havelis. Si insistes en no querer ir a un restaurante de turistas puedes comer en una vivienda local (Generalmente de su propia familia) por un precio muy económico.

lunes, 9 de junio de 2014

Delhi: humano, demasiado humano.

Quien espere un segundo de respiro ha venido al lugar equivocado.

Delhi se suma a la lista de megápolis asiáticas como Hanoi, Beijing, Teherán o Shanghai, teniendo en común con éstas un tráfico insoportable, una permanente sinfonía de pitidos y ruido y las mareas de gente de todas estas urbes, pero con el añadido de ser mucho más sucia que las anteriores y, por supuesto, con su propio bagaje cultural, en este caso la Incred!ble India, de la que hablan las campañas de publicidad del Ministerio de Turismo Indio.

Porque sí, en efecto, India es increíble y sólo se podría alcanzar a entender mínimamente según nuestros limitados ojos occidentales tras mucho tiempo de asimilación, lectura y convivencia, si es que la convivencia es posible en ciudades como Delhi, la vieja y la nueva. La destruida y reconstruida. La ciudad que vio morir a Gandhi y nacer el sueño de la India independiente y por la que pasaron mongoles, arios, británicos y toda suerte de aventureros cuya patria era el dinero o el saqueo.

Pese a su tamaño, a ser una ciudad que se antoja inabarcable, sus puntos de más interés pueden recorrerse en dos o tres días, habida cuenta de que, salvo forma física extraordinaria y un inaudito sentido de la orientación, será imposible hacerlo a pie.

Pahar Ganj, barrio de alojamientos populares y mercados que nosotros encontramos en una especie de remodelación, con las alcantarillas al aire y derribos que dejaban viviendas al aire y tiraban tiendas con el género dentro, pude ser un buen punto de partida.

Porque este viaje no es sólo de este blogero solitario, como no lo son la inmensa mayoría de las fotos que vereis aquí, sino también de Ana, compañera, amiga e infatigable viajera.


Aprovechen, que nos verán poco.

De Pahar Ganj salimos el primer día en acelerado tour para encontrarnos con la Puerta de la India, el Parlamento y la limpia zona institucional, lugar donde íbamos a comprobar lo que sería una constante durante todo el viaje, que el turismo que va uno encontrando en la temporada baja, época del Monzón, es esencialmente de la propia India. En estos espacios la gente mayormente se saca fotos, merienda, pasea, algo impensable en el resto de Delhi... Para una visita más o menos rápida de esta zona, si queremos añadir lugares un tanto lejanos, es mejor contratar un ricksaw o taxi durante una mañana o bien prepararse para la caminata de tu vida.

Mucho más lejos merece la pena una visita al Templo de Loto, un espacio de la peculiar religión Ba’Hai, un extraño híbrido religioso nacido entre Irán y la actual Israel, que tiene su sede central en Haifa y aquí un espectacular templo con horarios bastante restringidos.


 Templo de Loto, una cosa rara

Una propuesta de caminata:
Para los muy aguerridos, desde Pahar Ganj una propuesta interesante puede ser remontar la insoportable avenida Nehru para difrutar del verdadero ambiente de la ciudad y llegar, previa parada para tomar té en alguno de los chiringuitos de camino en los mercados que se atraviesan, al Museo Gandhi. Un lugar ideal para hacer un poco de mala leche, habida cuenta de la situación actual del país y de sus patentes desigualdades sociales. Con que se aplicaran los puntos propuestos por Gandhi en 1931 ya se obtendría un avance social más que considerable, pero parece que de Gandhi queda este interesante y documentado museo y su lugar de cremación, el Raj Gath, un parque donde relajarse y meditar, en el que están los lugares de cremación de Gandhi, Nehru, Indira Gandhi y sus hijos, todos ellos asesinados por militantes de los diferentes conflictos políticos que agitan, aún hoy en día, el subcontinente.
De la historia reciente de la India podemos dar un salto a su pasado y presente musulmán, con pasar una avenida y caminar unos 500 ms hasta la Jama Masjid, la mezquita más grande de la India, de clara inspiración persa.
¡Ojo! La entrada a la mezquita es gratuita. Se cobran 200 rupias por la cámara, pero no 200 a cada miembro del grupo que entra y si nadie lleva cámara el coste es cero. Pequeña discusión tuvimos por ello. Y no olvidar que es una mezquita, ni shorts, ni hombros al aire, ni similares o también pagaréis por el consabido pareo o mantón, según vuestro nivel de “descoque”.
¿Aún no estáis cansados? Pues nada como acercarse al Fuerte Rojo, a ver ondear la bandera india sobre la puerta principal, símbolo del orgullo patrio y de una de las proclamas nacionalistas: India no lo sería hasta que la enseña del país ondeara encima del bastión del Fuerte Rojo, símbolo un tanto deteriorado del pasado mongol de la ciudad.

Otros lugares que se pueden recorrer en un tiempo más o menos breve, son el templo sikh de Bangla Sahib, con una atención exquisita a los turistas que lo visitan, que incluye folleto gratuito en castellano explicando la peculiar filosofía de esta minoría religiosa originaria de Punjab. Y por supuesto la tumba del emperador mongol Humayun, muestra del momento de máximo esplendor de los mughal en la ciudad. Este pequeño Taj Mahal merece un recorrido tranquilo para disfrutar todos sus rincones.


Pero qué mejor que ir y verlo. Delhi quizá no sea un sitio para grandes goces de los sentidos como otras capitales asiáticas (Desde luego bien poco que ver con Jerusalén, Damasco o Hanoi) de hecho tiene un algo deprimente en su exceso de humanos y en su falta de humanidad.

Que alguien se estrelle y nadie de los cientos de personas que pasen por la calle se inmute, salvo la guiri solidaria que recoge sus llaves caídas y se preocupa por el accidentado, como quien escribe pudo ser testigo, revela a lo mejor que Delhi es, como decía Nietzsche, humano, demasiado humano.


Qué ver en Delhi: Tumba de Humayun, Templo Birla Mandir, Jama Masjid (Mezquita del Viernes), Fuerte Rojo, Museo y gath de Gandhi...

Un lugar donde dormir: Hotel Diamond, Bº de Pahar Ganj diamonddxgh@yahoo.com

Dónde comprar: People Tree http://peopletreeonline.com/. Parte de los beneficios de esta tienda van a proyectos solidarios y todos sus productos son de comercio justo.
Spice Maker (Amit Goel) en Pahar Ganj, un chiringuito de especias que vende té de procedencia ecológica.

Qué leer: City of Djinns de William Dalrymple. En castellano en Ediciones B con el título de Ciudad de Djinns. Un Año en Delhi.