lunes, 11 de enero de 2016

Cicloturismo balcánico. Mostar-Grude 78kms. Parada en Medugorje. Dios es un buen negocio.

Se acabaron tras Mostar los Balcanes fríos y de ríos impetuosos y, al poco de salir de la ciudad, el paisaje se volvió completamente mediterráneo.
A lo largo de la carretera me crucé con familias vendimiando y el terreno se tornó mucho más seco.
También hubo otros cambios. Por lo pronto desaparecieron las mezquitas y sólo encontré iglesias católicas en mi camino: había entrado en la zona croata. Todos los carteles indicativos tenían tachadas las indicaciones en cirílico y los cementerios eran muy similares a los que uno puede encontrarse en la Península Ibérica.
Una muestra más de la división étnica existente en el país: no daba la sensación de existir convivencia entre comunidades. Donde había una iglesia nunca encontraba una mezquita. Junto a un cementerio cristiano, nunca uno musulmán.
Unas cuantas cuestas, un calor intenso y me planté en lo que para mí es un auténtico esperpento de lo que debe ser la espiritualidad, pero para muchas personas es un lugar de devoción: Medugorje, lugar de supuestas apariciones de la Virgen María.



Medugorje era, hasta el momento de las apariciones, un pueblito en mitad de la antigua Yugoslavia. Un puñado de casas dedicadas al cereal, la vid y el pastoreo.
Desde entonces se ha edificado todo un emporio dedicado al boyante negocio de Dios. En el negocio se incluye desde un tramo de autopista que penetra en Bosnia-Hercegovina desde Croacia para llegar hasta la localidad, hoteles de todo tipo, cafeterías, tiendas, restaurantes...
También se ha construido un inmenso complejo mariano que incluye un auditorio al aire libre para miles de personas y una gran iglesia, además de unas instalaciones muy peculiares como un confesionódromo con 50 espacios para confesarse en diferentes idiomas.



Pero la atracción estrella, a la que acudí por supuesto, es el lugar de las apariciones en sí: el monte Podbrdo. Una temible cuesta llena de pedruscos puntiagudos que muchas personas hacen descalzas en medio de un sincero fervor, flanqueada de varios pasos de Via Crucis y que concluye en una cruz donde la gente se arrodilla a rezar y pedir favores a la Virgen.


No dudo que habrá a quien inspire todo el ambiente, pero a mí se me antojó un punto entre lo grotesco y lo fanático. Demasiada dosis de catolicismo en mi infancia me ha conducido a este escepticismo.

Comí por un precio muy razonable, eso sí, departí amablemente con unas ancianitas irlandesas (había decenas de católicos de la Green Eire) y tomé de nuevo la bici con un sol inclemente, aunque la carretera resultó muy tranquila y poco transitada. Así sería hasta la frontera croata.
Y en una jornada tan llena de religiosidad no encontré alojamiento, pero unas personas me indicaron amablemente dónde plantar mi tienda junto a una iglesia, con baños y agua corriente.
No faltan los buenos samaritanos con el cicloturismo.








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